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La Paz, Bolivia -
Meridiano - Fernando Molina
Absurdo Potosí
- 03/03/2011
Los curadores de la exposición
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hacen hincapié en el papel político del arte. Según ellos, el arte colonial sirvió para legitimar la brutalidad española sobre las colonias; el arte actual, a las “élites de la globalización”. Pues bien, entonces ¿cuál es el contenido político de
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?
La tesis de los curadores es que hay una continuidad y una homología entre la explotación colonial y la que se produce en el capitalismo actual. Por ejemplo, invitan al visitante a observar grabados de las Reducciones Jesuíticas sobre las torturas del infierno y luego afirman, citando a una autoridad del calibre de Naomí Klein (¡!), que “el terror y el ajuste estructural, la parálisis de la resistencia contra la política social, a través del miedo, son parte hasta hoy del programa neoliberal”.
¿Qué puede significar esto? Pues una sola cosa: que no ha habido progreso moral en los últimos 500 años y por eso, como dice uno de los auspiciadores de la exposición, Manuel Borja, director del Museo Reina Sofía, “el arte puede ser fácilmente cómplice de un nuevo esclavismo global”. Nótese el adjetivo: “cómplice”. Y el adverbio: “fácilmente”.
Ahora bien, esto implicaría que el proyecto ilustrado, iniciado en Europa pero adoptado en todo el mundo, y señaladamente entre nosotros los americanos, esto es, la postulación del hombre como un sujeto universal de derecho, ha fracasado. O peor, significaría que, según cree Borja, siempre fue una trama de justificación de Europa y de manipulación colonialista. Por eso una de las secciones de la exposición de la que hablamos se llama, atención, “Existen los derechos humanos para tener derechos sobre los humanos”. ¿Ingenioso? ¿O frívolo?
Borja pone su erudición al servicio de esa visión pesimista de la historia: “La cultura no es el lugar independiente y privilegiado de las ideas; no sólo refleja una estructura de poder sino que es el poder por el que se lucha”. Un excelente ejemplo de esa actitud derrotista, de la razón que abandona a su suerte a la razón, que Julien Benda llamó “la traición de los intelectuales”.
Si la cultura no es independiente, ¿cómo se explica
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? ¿Y el museo que Borja dirige? ¿O el trabajo del propio Borja? ¿A qué poder responde, qué poder busca? ¿Por qué este director no renuncia a su elevada posición, por coherencia con lo que dice, si no es porque cree que la cultura, que las ideas, pueden gozar de cierta libertad?
El caso de los curadores alemanes resulta más burdo. Su desconocimiento del hecho hispanoamericano es patético. Dicen que no quisieron mezclar su exposición con la celebración de los bicentenarios, porque la lucha independentista sólo emancipó a las burguesías americanas. ¿Burguesías americanas a principios del siglo XIX?, se preguntará el lector. Pues eso dicen ellos, se los juro. Estos señores usan el concepto marxista “acumulación originaria” como les da la gana y esto los lleva a suponer que la Colonia fue clara y totalmente capitalista. Parece que para ellos esos grabados sobre los tormentos del infierno se compusieron para meter a los indios miedo de los patronos hacendados y mineros, y no de los pecados y el demonio'
Como suele decirse, la ignorancia es atrevida.
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es una buena razón para no ser eurocentrista. No por el contenido antieuropeo de la exposición, sino porque al salir de allí uno comprende que tonterías y absurdos de costos faraónicos pueden hacerse también, impunemente, en Madrid o Berlín.
Fernando Molina es escritor y periodista.
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