Luis Salazar/Página Siete
Ricardo Calderón sostiene su máscara de pepino como la primera vez, hace casi 30 años .
“Fruto de amores fugaces y culpables de aquellos que nacen al ritmo febril de los danzones y al amparo del incógnito, el pepino es depositado una noche cualquiera en los umbrales de la ciudad, envuelto en los pañales humildes de su disfraz. Sólo tiene como nombre pepino, carece de apellido. No hay mensaje que lo recomiende a la piedad ... ”, reza una de las frases del libro
“Quiero que me entierren con mi traje de pepino”
Humberto Viscarra es uno de los miembros más antiguos de la fraternidad Morenos Kollas. Es uno de los pepinos más alegres y traviesos que se haya visto en este grupo. Hoy la artrosis lo ha obligado a jubilarse del oficio de pepino.
Ha colgado el traje y la máscara y eso aún lo entristece. Para él, un pepino debe seguir bailando en el carnaval hasta que los pies no aguanten y mientras dice eso los ojos se le humedecen un poco.
“Cuánto no quisiera seguir bailando, muchos de nuestros socios han fallecido, pero hay que ser pepino hasta el final. Ya he pedido expresamente que me entierren con mi disfraz de pepino para que siga bailando en el cielo, ahí me reuniré con los otros y armaremos una comparsa, esperemos que sea en el cielo y no en el horno”, dice bromeando.
El “chorizo”, que existió antes de la “matasuegra”, fue cambiado por un bastón, pero la memoria de los bailes y las travesuras reviven cada vez que se pone a recordar.