Liborio, el torero
Era el torero que hacía delirar al público paceño en el Acho, un destartalado anfiteatro del que apenas queda memoria, según Alfredo Guillén.
Salía siempre airoso de su espectáculo dominguero, aunque no pocas veces el toro le propinaba su correspondiente cornada. Liborio se ponía derecho, limpio de polvo y rasguños y decía: “que siga la faena”.
Su celebridad no sólo fue por su gracia torera, se debió también a que tenía cercenadas ambas orejas, de ahí proviene su apodo. “A la gente se le dio por llamar Liborio a todo mortal que tuviera de menos uno o los dos apéndices auriculares”, describe el investigador.
La Challa
Tendera setentona, bigotuda y cascarrabias. Su tienda estaba cerca del seminario donde estudiaban los hijos de la “flor y nata de La Paz”, quienes se encargaban de perturbar su vida.
Los colegiales le gritaban Challa, “que en buenas cuentas no significa ni chicha ni limonada”, señala Guillén, y luego escapaban del lugar.
La hacían salir una y otra vez, hasta que diera rienda suelta a su enojo al verlos reír a metros del lugar. Acompañaba sus insultos lanzándoles lo que su mano encontraba: manzanas, alfeñiques, bizcochos y otros productos de su tienda. Eso era lo que esperaban los seminaristas todos los días al salir de clases.
El pongo
Campesino y siervo del señor hacendado, el pongo trabajaba en la residencia del patrón. Junto a su lluch’u y faja, su figura sencilla y humilde es recordada como el sirviente sin paga que hacía de todo.
Desapareció después de la Revolución de 1952, cuando se eliminó el pongueaje.
Según explica Édgar Arandia, “era un ‘hacetodo’ que servía en el campo y la ciudad. Cuando esto fue eliminado, los que quedaron en la ciudad se volvieron artesanos o k’epiris”. Alcides Arguedas escribió: “un pongo es un ser más parecido al hombre, es casi una persona, pero pocas veces hace el oficio de tal, generalmente es una cosa”.
El Maiquina
Se dice que era algo así como un portero del Hospicio San José, en lo que hoy es el Tambo Quirquincho, porque siempre estaba en la puerta. Su nombre era Calixto y sufría una parálisis de la cintura para abajo. Gracias a que se apoyaba en dos piedras que sostenía en las manos, podía desplazarse por las calles.
Era temido por los niños, que lo veían como un monstruo. Su singular aspecto lo hizo protagonista de una historia. Siendo soldado de Mariano Melgarejo, durante la revolución -escribió Alfredo Guillén-, “La Paz perpetuamente alzada contra aquel tirano, contra todos los tiranos, se batía en barricadas”. Fue en uno de esos enfrentamientos que el Maiquina recibió un balazo que le causó la parálisis.
Pinto Limachi
Pinto Limachi, que llevaba un parche en el ojo, era un borrachín empedernido. Su arma más respetable era su lengua, por eso tenía el oficio adecuado a su talante locuacidad: era cobrador, pero de última instancia.
Todo caso “clavado” en tema de deudas iba a parar a sus manos. Quien se ponía a su alcance pasaba un rato muy malo. Increpaba al deudor delante de un nutrido público, en la calle o la plaza, y lo vapuleaba con insultos y gritos.
Conseguido el pago, entraba en la primera bodega para refrescar su secante garguero.
En los primeros años de esta ciudad, los indígenas llamados cañiris hacían este trabajo y otros domésticos para los españoles.
Adrianita
Emperifollada como ninguna, esta dama se paseaba por la calle Comercio arreglada con un color bermellón en sus mejillas que, al igual que todo su rostro, estaban cubiertas de cientos de arrugas.
Su exagerado arreglo la convirtió en un personaje que era atractivo para propios y extraños. Ella creía que estaba en plena juventud, a pesar de tener sólo dos dientes y vellos en el mentón. Al paso de sus tacones y junto a su quitasol, se decía que en sus mejores épocas fue hermosa y pianista. Los hombres la piropeaban por su belleza y ella respondía con gracia.
Aunque mucha gente se burlaba de su arreglo y decían que estaba algo desquiciada, Alfredo Guillén creía que era ella quien se burlaba de todos los demás con su imagen.