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La Paz, Bolivia -
La solidaridad y el apoyo se tradujo en una multitudinaria movilización
La Paz dio una bienvenida histórica a la marcha indígena del TIPNIS
llegada
Luego de 65 días, arribaron al centro político de La Paz los marchistas indígenas.
Richard Sánchez / La Paz - 20/10/2011
Ximena Paredes / Página siete
Así recibió La Paz a los marchistas del TIPNIS en una jornada de confraternidad.
Miles de paceños salieron ayer a las calles, en una jornada histórica, a dar una bienvenida apoteósica a los marchistas del TIPNIS.
El día amaneció con cielo limpio en Urujara, donde acamparon por última vez, a 12 kilómetros del objetivo, la plaza Murillo. El desayuno llegó de decenas de vecinos que llevaron termos con café, leche y mates de coca y manzanilla; por su parte, la Alcaldía sirvió ají de fideo (que se acabó en un santiamén).
En el campamento se preparó api, té y sultana. Los panes se multiplicaban, como también las frituras que repartían voluntarios.
A siete horas del objetivo
Mientras sonaba la música de las diferentes tamboritas instaladas alrededor, los marchistas recogieron sus carpas y guardaron todas sus pertenencias en bultos que luego serían transportados por vehículos de sus respectivos centros indígenas. Los mayores abrigaban a los niños y un viento gélido soplaba desde la Cumbre, el punto más alto y difícil que tuvieron que sortear en 65 días de marcha. Ayer, el último esfuerzo les pasó factura: 16 personas (incluidos ochos niños) fueron hospitalizados debido a la falta de oxígeno, a 4.600 metros sobre el nivel del mar.
A las 7:30, y divididos en dos columnas, partió la marcha, desordenada, alegre, ruidosa, esperanzada y con mucha fuerza y orgullo. Ya habían experimentado hasta esas horas la solidaridad y el apoyo de la ciudadanía, pero no sabían con certeza cómo sería la recepción. En la madrugada, lo único que querían los marchistas era llegar al corazón de La Paz y ojalá ingresar a la plaza Murillo.
“Al fin hemos llegado. Nos han bloqueado, fíjese usted, nos han reprimido, nos han maniatado, nos han golpeado, nos han llevado sin rumbo en buses policiales y hoy al fin llegamos. Pero no nos vamos sin que Evo prometa proteger el TIPNIS”, comentó Rosa Soto, de la comunidad Santa Teresa, Central TIPNIS.
Le bastó a Rosa avanzar un kilómetro para que los vecinos se asomaran tímidamente por sus ventanas y de a poco salgan para entregar sándwiches y refrescos caseros que habían preparado.
Otros llegaron en autos lujosos para dejarles panes embolsados, de esos que venden en los supermercados, junto a dulces y botellitas de gaseosas.
Dos ambulancias que encabezaban la marcha y que habían auxiliado a un par de mujeres de a poco se iba llenando del cariño de la población.
Rosa Soto imaginaba que las siete horas que le restaba por caminar serían especiales, pero nunca que toda una ciudad se volcaría a homenajearla. Lloró en varios tramos del trayecto.
Solidaridad y apoyo
En Villa El Carmen, los niños de la escuela Irene Nava cedieron su desayuno escolar a los movilizados y las caseras del mercado de la zona les dieron verduras, frutas y alimento seco para la alimentación de los días venideros. Esta escena se repitió en las afueras de los mercados de Villa Fátima, de la avenida Camacho y del mercado Lanza. Era la solidaridad viva de los paceños y paceñas, y en especial de los más pobres.
El tránsito vehicular colapsó, pero a diferencia de las habituales caras largas de los choferes, éstos hacían sonar sus bocinas en señal de apoyo.
A cada paso, los vecinos salieron de sus casas, instalaron turriles para regalar agua a los indígenas, sacaron de su cocina cualquier alimento que pudiera servir, instalaron altoparlantes en las ventanas con música alegre, pintaron carteles improvisados, hicieron ondear banderas, regalaron juguetes, bailaron con los tambores de los afrobolivianos. Mientras tanto, centenas, primero, y luego miles, se sumaron a la marcha. Así, muchachas de universidades privadas, albañiles de construcciones cercanas, oficinistas, ex dirigentes políticos, mujeres activistas, amas de casa y jubilados escoltaron a los caminantes de tierras bajas.
Durante toda la mañana la marcha detuvo las actividades de la ciudad. Alumnos y profesores de las escuelas cercanas a la avenida por donde transcurrió la marcha abandonaron las aulas para aplaudirlos.
La banda musical del colegio Ave María interpretó sus mejores canciones al paso de los marchistas, los trabajadores de diferentes empresas -como los de Monopol- desplegaron sus pancartas para rendirles tributo. Los alrededores de la plaza Villarroel y el carril de bajada de la avenida Busch, como suele suceder, se convirtieron en venas por las que circulaba la fiesta; pero también la rabia: “Yo voté por este Gobierno, apoyo el proceso de cambio, pero que hayan reprimido a los indígenas es imperdonable. Y a mí no me paga nadie”, gritaba Javier Lema, un vecino miraflorino de 59 años, en clara alusión a la marcha de apoyo a la que convocó el Gobierno hace una semana en esa misma zona.
No hubo transmisión en vivo y directo para la TV estatal desde un helicóptero, pero el interés por la movilización de ayer superó todas las expectativas.
Eran miles. Quizás más de 50.000. En ese momento, el ministro Iván Canelas informó que los marchistas podrían ingresar a plaza Murillo. Detenerlos hubiera ocasionado la mayor batalla campal con fuerzas policiales de las que se tenga memoria. La Policía se replegó y el carro lanza-aguas Neptuno fue retirado.
Todos dicen ser TIPNIS
A esta altura, los medios describían a la marcha como histórica, considerando que pocas veces se había visto tal cantidad de gente en una manifestación cívico-política. Fue una inédita muestra de apoyo, una cohesionada actuación ciudadana.
Rosa Soto y sus 2.000 compañeros están a punto de llegar a plaza Murillo, tras 65 días de marcha, después de haber sufrido agresiones verbales del Gobierno y haber sido reprimidos brutalmente. El recorrido de 547 kilómetros, que se inició en Trinidad el 15 de agosto, a una altitud de 150 metros, estaba cerca de terminar.
Cuando pasa frente al Palacio Legislativo, aunque ella no lo sabe, la retaguardia está 20 cuadras más atrás y se han sumado escolares, estudiantes universitarios (el Gobierno denunció que los catedráticos habían amenazado con “bajarles nota” si no iban a la marcha), integrantes de movimientos anarquistas, maestros sindicalizados, activistas del medio ambiente, vecinos alteños y uno que otro reconocido intelectual.
Rosa y el resto de la marcha pasó sin problemas por la plaza Murillo y luego se dirigió a San Francisco. Tantas emociones serán difíciles de procesar y asimilar.
Fotos: Wara Vargas y Luis Salazar / Página Siete
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