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La Paz, Bolivia -
Fadrique Iglesias Mendizábal
Nuestras atletas, nuestros modelos
- 06/11/2011
La semana pasada, tras la actuación del equipo boliviano en Guadalajara, México, se ha igualado la mejor participación nacional en unos Juegos Deportivos Panamericanos con dos medallas de bronce, llegando a un total de cinco medallas en el conteo histórico.
De estas medallas, las dos primeras (Arancibia en 1992 y Martínez en 2003) tuvieron una marcada presencia masculina. No obstante, esta tendencia ha cambiado y a partir de eso han sido las mujeres las que se han puesto firmes en la cosecha: ese mismo 2003 la pareja femenina Núñez/Santos consiguió una, y este 2011 primero María José Vargas (racquet individual) y luego ella misma junto con Carola Loma y Jenny Daza (racquet equipo Bolivia) completaron la participación más exitosa de un equipo femenino.
Siempre se puede ser más crítico y mirar con recelo la baja posición boliviana en el medallero, no obstante hay que ponderar la dificultad de lograr una presea en un evento que es prioridad nacional para más de 40 países y que se celebra cada cuatro años. Si hiciéramos un índice estadístico sintético que mida y agrupe variables como PIB per cápita, tamaño poblacional y -sobre todo- dólares invertidos por cada habitante en desarrollo deportivo (desde el sector público y también desde el privado), veríamos que actuaciones como las de estas chicas no son triunfos simples, sino más bien casi épicos.
El desarrollo deportivo se puede medir desde muchos ángulos y considerando muchas variables. El de las medallas es el más visible pero no el único y, probablemente, ni siquiera el más importante. Sí se puede destacar su incidencia como modelo positivo de conducta, principalmente en una sociedad como la nuestra, en la que los más mediáticos modelos de conducta son cantantes, futbolistas y líderes sindicales, categorías de marcado peso masculino, culturalmente hablando.
El desarrollo deportivo además puede incidir positivamente en temas trascendentes: salud por razones obvias; en la participación, liderazgo y empoderamiento, lo que se puede reflejar en un futuro en la participación política; y en una mayor cantidad de años de escolaridad, con su muy probable corolario en la participación en la fuerza laboral.
Los temas aquí descritos tienen una amplia coincidencia con algunas de las variables que ha observado el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en su informe presentado esta semana en referencia al año 2011, llamado “Sostenibilidad y equidad: Un mejor futuro para todos”. En él se introduce un nuevo indicador, el Índice de Desigualdad de Género (Seth, 2009), que busca reflejar la desventaja de la mujer en tres dimensiones: salud reproductiva, empoderamiento y mercado laboral, mostrando la pérdida en desarrollo humano debido a la desigualdad comparando los logros de mujeres y hombres en dichas dimensiones.
Llama la atención poderosamente que, asumiendo una lógica atención del Gobierno en puntos críticos como salud y educación, el deporte viene siendo un complemento ideal para la mejora en la igualdad de género que haga, en nuestro caso, de Bolivia una sociedad más justa. Bolivia se ubica en la lista comparativa de desigualdad de género del PNUD en el puesto 88, mejor que nuestra ubicación en cuanto al ranking de desarrollo humano en el puesto 108.
Quizás ha llegado el momento de reconstruir nuestro paradigma de la valerosa cochabambina con un poquito de la activista Manuela Gandarillas, un tanto de la poeta Adela Zamudio y otro poquito de la ex atleta Julia Iriarte, y esa dosis de inclinación por los emprendimientos que naturalmente tiene la mujer boliviana, con perspectivas alentadoras.
Fadrique Iglesias Mendizábal fue atleta olímpico por Bolivia.
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