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La Paz, Bolivia -
Bajo la sombra del olivo Ilya Fortún
Hacia una victoria pírrica
- 04/07/2012
El frío, el hambre y la indolencia del Gobierno amenazan con asfixiar definitivamente a los marchistas del TIPNIS, que libran lo que podría ser su última batalla en las calles del centro paceño. Las condiciones climáticas no son las mismas que las de la marcha del año pasado; la crudeza de este invierno, sin precedentes por lo menos en lo que se refiere a la sensación térmica, se ha convertido en un nuevo enemigo de peso para la columna de la marcha que arribó a nuestra ciudad.
Si los paceños andamos quejándonos del frío y de tener que lidiar con los resfríos en la comodidad de nuestras casas, cuesta imaginar cómo la están pasando los marchistas las noches en carpas en medio de la calle o en el coliseo de la universidad. Al parecer una mayoría ya llegaron con la salud quebrantada, y por mucho que cuenten con cierta asistencia médica, lidiar con una gripe o con una complicación mayor en estas condiciones es algo terrible.
La comida es otro factor naturalmente determinante; la marcha afrontó problemas de abastecimiento desde su inicio, lo que quiere decir que hombres, mujeres y niños pasaron hambre durante más de 60 días de caminata antes de llegar. Como era de esperarse, la solidaridad de la ciudadanía paceña se mostró nuevamente cuando la marcha llegó, y se siguieron recibiendo muestras de apoyo en los días posteriores. Pero como también suele ocurrir, los gestos concretos tienden a diluirse con el paso de los días.
Luego de la euforia del arribo y del acompañamiento multitudinario, para la gran mayoría de los paceños, el ajetreo de la vida cotidiana continúa implacablemente, y probablemente encontrar la ocasión para mantener la solidaridad se hace más complicado. La epopeya y el destino de los marchistas pasa a convertirse así en un hecho noticioso más, en medio de una coyuntura premeditadamente complejizada.
El Gobierno entiende muy bien estas condiciones y juega con ellas en su implacable estrategia para construir la célebre e infame carretera, contra viento y manera y, “nos guste o no nos guste”; nada parece detener su obsesiva determinación, agravada por un irresistible deseo de venganza contra la dirigencia de la marcha. No nos engañemos, detrás de los compromisos políticos inquebrantables con los interesados en la carretera, también se siente un velo de revancha política contra quienes les infringieron una sonora derrota el año pasado.
El desmesurado esfuerzo por dividir, desprestigiar y castigar a los indígenas tiene tufo a resentimiento y
vendetta
hacia quienes han cometido el peor de los pecados: no dejarse comprar con la infinita billetera del Gobierno prebendal. Ese ensañamiento, que cada día sobrepasa un nuevo límite de perversidad, cinismo y desprecio, está dirigido a esa reducida y “poco combativa” población que, en la lucha por sus principios, desenmascaró el verdadero talante del Gobierno, avergonzándolos ante el país y el mundo.
Eso, en la retorcida lógica del poder, no tiene perdón y debe ser motivo de escarmiento, sin reparar en daños y consecuencias. Lo que la ceguera del abuso de poder no les permite ver ahora, es que, aunque logren aplastar por las malas a los marchistas, esto quedará registrado en la memoria colectiva como un episodio despreciable y se convertirá en el símbolo de la impostura, la descomposición y la decadencia del régimen de Evo Morales; lo que hoy para ellos aparenta ser una victoria sobre esos pocos contestones, será el estigma que marcará, más temprano que tarde, el agotamiento del Gobierno y su salida por la puerta de atrás.
Ilya Fortún es comunicador social
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