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La Paz, Bolivia -
Cotidianidad y conflictividad
La distracción de la coyuntura y del conflicto permanente
El
autor explica cómo problemas estructurales se profundizan, mientras los ojos de todo el mundo se concentran en las marchas y bloqueos del día a día.
- 04/05/2012
Abecor
Otra vez estamos todos metidos en la coyuntura, absortos en la conflictividad social y en el ejercicio prospectivo que ya se ha convertido en el único deporte nacional en el que todos los bolivianos coincidimos.
Unos desde el terreno profesional, y otros desde lo amateur, quien más y quien menos, desplegamos todas nuestras capacidades y talentos para el pronóstico cotidiano del despelote político y sectorial, empleando toda nuestra energía en predecir escenarios, posicionamientos, tácticas y estrategias de los múltiples actores en conflicto.
Si bien puede ser cierto que la actual coyuntura, marcada por el TIPNIS, la novena marcha indígena, la candente conflictividad sectorial y la posibilidad de que la marcha concentre tensiones, veo muy difícil que se pueda reeditar un fenómeno equivalente al de la marcha del año pasado.
La empatía de las clases medias con los indígenas marchistas fue en su momento muy espontánea y no tuvo como telón de fondo escenarios tan trabajados y complejizados como los actuales.
Por otro lado, los conflictos sectoriales en curso son dispersos, no tienen una expresión política claramente definida, y menos aún la necesaria articulación que les dé forma y proyección.
Tengo la impresión de que se le ha otorgado, desde diversos sectores, demasiado peso a una movilización y a un conflicto de principios, pero también de intereses, esperando que de allí surjan las sorpresas deseadas.
Para que la esperada catarsis ocurra nuevamente, tendría que darse alguna enorme torpeza en la administración del conflicto, que ocasionara, por ejemplo, un enfrentamiento entre civiles, con derramamiento de sangre.
Tampoco creo que esto sea muy probable desde un Gobierno que recuperó parte de su cintura política; pero claro, nunca se puede desechar tal posibilidad, sobre todo cuando existen antecedentes tan frescos.
Las apuestas van desde las posiciones más ingenuas y “optimistas” que creen que esta vez se puede tumbar al Gobierno, pasando por los más moderados que se las juegan por un revés que debilite significativamente al Ejecutivo, poniendo en riesgo sus posibilidades para la reelección.
Yo estoy entre los que cree que guerra avisada no mata moros, y que en este fango muchos no tienen la espalda para nadar, otros se ahogarán, y saldrá mejor parado el inventor del barro, es decir el Gobierno.
La realidad nos indica que es en la hiperconflictividad, muchas veces generada desde adentro, en donde el Ejecutivo se encuentra más cómodo y más a gusto.
Generalmente le va bien en el conflicto porque a final de cuentas es el único con la capacidad de controlar los factores duros de poder que garantizan el statu quo; “los fierros” en orden, las élites económicas (tradicionales y nuevas) están más que satisfechas y la base dura de apoyo social todavía es muy fuerte.
Cualquiera fuera el desenlace de este nuevo conflicto, lo que preocupa realmente es que los actores políticos, los analistas, los medios, las organizaciones sociales, los intelectuales y, por ende, la ciudadanía en general, estamos siendo patéticamente funcionales al juego del Gobierno.
Desde la estrechez de la especulación coyuntural, o desde la lectura intelectualizada y teórica del proceso constituyente, el resultado en ambos casos es que nos estamos perdiendo en el intento por desentrañar una realidad enlodada por la práctica y el pragmatismo político.
Esta permanente distracción no nos está permitiendo concentrarnos en el fondo de lo que realmente puede estar ocurriendo; un desajuste social entre clases empoderadas y ascendentes que reflejan bonanzas nunca antes vistas, y grandes masas de asalariados que no han sido invitados a la fiesta y que deben subsistir en crecientes condiciones de precariedad.
Además, una economía que acumula condiciones hiperinflacionarias; un modelo capitalista con un libre mercado cada vez más salvaje; un vacío estatal paradójicamente repleto de leyes que nadie conoce ni comprende; en suma, un país en el que la simbología política ha cambiado, pero en el que persisten, o peor aún, se acrecientan inequidades y desigualdades.
El conflicto y el desborde permanentes, azuzados por el régimen, a veces bajo control y otras veces en la improvisación táctica, camuflan de forma muy eficiente la ausencia de gestión y la acumulación de problemas irresueltos en temas de altísima sensibilidad económica (hidrocarburos, endeudamiento interno, déficit fiscal, uso de reservas internacionales, etc.).
En el bullicio de la confrontación, lo único que avanza viento en popa es la acumulación hegemónica de poder, la conformación de pactos y alianzas tácitas del Gobierno con poderes económicos y regionales, otrora opositores, y la popularidad del Presidente, que maneja con gran pericia los apoyos y los miedos que lo convierten en figura imprescindible.
Así vamos, de tumbo en tumbo, bailando todos con la música que pone el Gobierno.
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