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Domingo 26 de Marzo | 22:51 hs

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Minuto 90

Nadar hasta la orilla: motivos de un campeón

Álvaro Loayza Desde Barcelona

"Atlético de Aviación, que pasó, un siglo de horas de vuelo, dos años en el retrete tras un doblete rozando el cielo, volando hasta la buhardilla, llorando por los rincones, bajando a la alcantarilla, acariciando balones, infartando en la ribera del Manzanares los corazones”.
Joaquín Sabina, Himno del Centenario del Atlético de Madrid
El Atlético de Madrid, o Aleti, como mejor se lo conoce en España, desde siempre ha llevado el apelativo de "el pupas”, lo cual podríamos traducir como "el kencha”, sin obviar los matices locales que cada una de las palabras abraza. Al pupas le tocaba rivalizar contra Real Madrid y Barcelona, los dos gigantes que habían tiranizado la Liga española, impidiendo que en los últimos 10 años nadie, salvo ellos, pudiera probar un bocado de la gloria.
 El guía de los atléticos no era otro que el Cholo Simeone, emblema colchonero desde hace lustros, cuando con un gol suyo se obtuvo la Liga de aquel memorable doblete de 1995/96 (la última vez que el Aleti se había coronado campeón de Liga). Simeone, como futbolista y ahora como entrenador, siempre ha compartido una consanguinidad total con el espíritu atlético, descrita a cabalidad por esa arenga incluida en el himno del club "porque luchan como hermanos, defendiendo sus colores, en un juego noble y sano, derrochando coraje y corazón” (quizás sin olvidar una que otra patadita de más, toda esta letra de canción muy en consonancia con otro equipo rojiblanco que le tocó dirigir y al que también encaramó a la gloria contra todas las apuestas, Estudiantes de la Plata).
El Atlético de Madrid de Simeone ya había dado dos campanazos: en su primera temporada cuando llegó a salvar al equipo de un momento muy apremiante y terminó como campeón de la Europa League ante el Bilbao; mientras el siguiente año (mayo 2013) rompió el embrujo de los merengues, derrotando en la final de la Copa del Rey al Real Madrid en el mismísimo Santiago Bernabéu, rompiendo una desgraciada racha de 25 partidos sin que el Aleti le gane a su eterno rival. La afición enloqueció.
Sin su talismán Falcao (vendido al Mónaco), la campaña se presentaba con un mesurado optimismo, sobre todo por volver a jugar la Champions, pero cuando el Cholo fue interrogado en agosto (al inicio de la Liga) sobre las posibilidades de derrotar a los tiburones fue categórico: "No, absolutamente no. El Madrid y el Barça juegan una Liga diferente. Éste es un campeonato aburrido. Habrá que esperar a otros repartos televisivos porque ahora la Liga es sólo de dos”.
Con el transcurrir de los partidos el Atlético aparecía domingo a domingo encaramado entre los punteros, con la humildad de nunca saberse favorito y entendiendo que salir campeón era una utopía que tarde o temprano se iba a descalabrar. El razonar esto no era descabellado, ya que hay verdades numéricas demasiado obvias; el presupuesto que maneja el Real Madrid es de 507 millones de euros, el de FC Barcelona 457 millones de euros contra 146 millones de euros de Atlético de Madrid. Esto,  traducido a fútbol es la posibilidad casi ilimitada de contar con el mejor talento y la mayor calidad de futbolistas sobre el orbe de la Tierra, ergo Messi, Cristiano, Iniesta, Bale, Neymar, Sergio Ramos, Xavi, Casillas (en el banco), y un etcétera larguísimo; en el caso del Aleti, la necesidad de vender a Falcao.
 Cuando Willy Cavallero, el excelente arquero del Málaga, paró de forma milagrosa remates de Villa y de Adrián en la penúltima jornada de Liga, cualquiera de esos disparos de convertirse en gol habría hecho campeón al Aleti en el Vicente Calderón, su insigne reducto a las orilla del madrileño río Manzanares. Pero la fortuna le fue adversa y su hinchada quedó con un amargo nudo en la garganta.
 La identidad del Aleti y de su afición se erige en ser un equipo esencialmente sufridor, para el cual nada está hecho a la medida de lo fácil  y cuando todo parece estar servido, acaecen las fatalidades. De ahí que aprovechando el coraje y el humor de su afición, que se hayan destacado durante los años fabulosas campañas mediáticas llenas de imaginación, risas y sobre todo autoparodia, lideradas por aquella en la que un niño de 10 años después de cavilar y reflexionar largamente le pregunta a su padre "Papá, ¿por qué somos del Aleti?” a lo que el padre después de cavilar y reflexionar largamente no es capaz de responder. El sentimiento atlético se esconde en los meandros de lo  incomprensible, de lo irracional, pero de ahí surge su orgullo y su furor, aunque siempre en clave de que lo peor puede ocurrir a la vuelta de la esquina.
Perder semejante oportunidad de ganar la Liga en casa  sacaba a relucir  los fantasmas de una historia plagada de perversos espectros, y tocaba definir "la final” en el Camp Nou ante el mega-Barça. La ilusión de los atléticos era incólume, pero siempre existía la sensación de ahogarse en la orilla, y que una temporada de ensueño que le había colocado en la final de Liga y de Champions podía quedar como una bonita anécdota y otra de las múltiples historias de derrota en los anales de la historia colchonera. La primera media hora fue un reflejo de lo que podría entenderse como el sempiterno kencherío que se cierne sobre el Atlético de Madrid, lesión de su máxima figura, Diego Costa; cinco minutos después, Arda Turan, el talentoso del equipo también sale lesionado y para colmo de los augurios más nefastos, el Barça sin merecerlo, asesta un daga envenenada con el golazo de Alexis Sánchez. Todo parecía servido para otra inolvidable jornada de debacle.
No fue así, el espíritu indómito que el Cholo Simeone  había sembrado en el alma de sus guerreros se sobrepuso a la adversidad y empezó a encajonar a un timorato Barça contra su arco.
Así terminó el primer tiempo. El segundo se inició tal cual había terminado el otro, con el Aleti avasallando con fuerza, temperamento y físico al rival;  Villa tuvo dos, no fueron. Pero aprovechando su corpulencia y dominio de los aires (no por nada también se llamó como el Atlético de Aviación), Godín impactó con una brutal violencia un centro quirúrgico de Koke y así como un mago que larga un hechizo que ahuyenta a los fantasmas y espectros, el alma rojiblanca se sintió hirviendo de pasión y de regocijo por lo que hacían y venían haciendo los suyos desde que empezó la temporada.
Ante el pitazo final el Aleti había hilvanado una gesta inmensa del fútbol actual, había derrotado a los opulentos tiranos del fútbol español, y con un tercio de sus recursos, amplificados por el sacrificio, la valentía, la concentración, la  insaciable ansia de gloria y la épica del equipo que se sabe más chico, conquistó lo que a todas las luces parecía inalcanzable.
Conquistó incluso sus propios miedos y desterró en una gloriosa y soleada tarde de Barcelona a su alter ego de pupas. Así se erigen el Cholo y sus titanes, como aquellos intrusos, que en el mundo de los millonarios, con otros ingredientes pueden nadar brazada a brazada hasta la orilla, salir del mar ufanos, y gritar gozosos junto a su magnífica afición: Campeones, campeones, olé, olé, olé.
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