La Paz, Bolivia

Lunes 24 de Julio | 10:45 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
El Parlante

Una sonada condecoración

Una sonada condecoración
Sergio Calero


No se entonó el himno nacional, no estuvieron las primeras autoridades del país ni el cuerpo diplomático habitué de estos actos, tampoco figuras emblemáticas del arte y la cultura, no hubo un desesperado movimiento de prensa, de hecho pocos periódicos publicaron la noticia y el brindis no salió en los suplementos de caretada social. No duró mucho, no se dieron los extensos discursos de ocasión, no hubo masiva concurrencia ni una cena elegante pasada la ceremonia. El hecho es que estos eventos de reconocimiento habitualmente reservados a embajadores de paso, a políticos retirados, a militares pacíficos, a profesionales con diplomas y a patriotas centenarios, tuvo una excepción el pasado jueves 31 de octubre, cuando en una sencilla ceremonia se entregó la máxima condecoración del Estado boliviano, el Cóndor de los Andes en el grado de Caballero, al maestro más sencillo de la música boliviana: a Ernesto Cavour.
Quienes se han interesado por el folklore boliviano, por su historia, por su evolución, por su lucha saben que resulta imposible no referirse a Cavour. La historia del charango, aquí y allá, no puede escribirse sin citar su nombre, porque incluso esa historia ya nos la ha contado él en uno de sus libros, en varios temas musicales y, claro, en su museo de instrumentos.
Quienes valoran la música nacional saben que el aporte de Ernesto no cabe en una medalla (aunque siempre viene bien colocarla en el pecho del que la merece), porque lo hecho y andado por el maestro en décadas y décadas tiene la virtud de la constancia, del trabajo esmerado, de la creación honesta, doble mérito si se hace tanto sin pedir nada a cambio.
Hace ya muchos años Ernesto Cavour escribió su nombre entre los músicos imprescindibles del país al cultivar el folklore boliviano en un medio que despreciaba lo propio, en exaltar las virtudes de un instrumento fascinante y también nacional, el charango, rindiéndole honor a principios de los 60 con la instalación de un museo, iniciativa que Ernesto llevó adelante a sus 22 años.
Como miembro de Los Jairas, junto a Gilvert Favre, Julio Godoy y Yayo Jofré, Ernesto abrió un nuevo capítulo y determinante de la creación musical boliviana y la ratificó inventando el "neofolklore con el inolvidable trío que armó con Alfredo Domínguez y el Gringo, en dos discos que la injusticia no ha permitido reeditarlos en discos compactos.
Cabe resaltar que Cavour no cayó vencido a la seducción europea y fue el único miembro de los Jairas que retornó al país para continuar con la misión de producción y formación que se habían propuesto como grupo. Pero el exilio en su propio país no lo ha hecho un desconocido en el mundo, al menos no en el del charango, que ya se toca hasta en el Asia y donde su nombre y sus temas son piezas de rigor para todo aquel que desee empuñar las 10 cuerdas. El charango lo ha llevado por todo el planeta, llegando a participar incluso en la creación de una banda sonora para un filme japonés.
Medio centenar de discos, veintitantos CD, libros, el museo, son parte de la actividad musical que Ernesto ha llevado adelante desde que volvió en los 70.  Y, claro, ha sido uno de los más fervientes estudiosos y promotores de la valoración del charango. Sin embargo, nunca ha pedido rédito por ello y nunca ha usado lo producido para llenar una cuenta bancaria; si algo caracteriza a Ernesto es una sencillez a prueba de fuego. Ante los más furibundos elogios y homenajes, y de hecho ante la mismísima condecoración, el maestro sigue siendo el mismo amiguero de la Chijini, sin corbata, a pie y acompañado por su charango.
Y en esta época poblada de inútiles tributos musicales es sorprendente y notable que haya surgido un grupo de tributo, Antología Jairas, que sólo días antes de la condecoración en la Casa de la Cultura haya revivido temas del histórico cuarteto.
Quizá porque la valoración la decide el tiempo, quizá porque las obras siguen en pie y reclaman, quizá porque su nombre resulta imprescindible, es que los homenajes a Ernesto se han hecho inevitables.
No hubo gran bulla mediática ni alfombra roja, pero el hecho es que pocas veces una condecoración ha sido tan justa y como ninguna tan sonada como la ofrecida a Ernesto Cavour, pero no por la banda municipal y los himnos de ocasión, ni por un bullanguero grupo folklórico, sino por un charango solista que sonó alegre en la Cancillería. ¡Felicidades Maestro!, bien merecido lo tiene y aunque no parezca, tenga seguridad de que aquí se le quiere y se le agradece.
2
0
Comentarios

También te puede interesar: