Contante y sonante

Tintas y tinteros

“‘Lo que se ve se anota’ se dice y en el caso de las pieles así pasa. Las cicatrices, las arrugas, los lunares, los tatuajes, las manchas y otras marcas terminan siendo como las cosas de una casa: señales, indicios, historia, al fin”.
sábado, 13 de enero de 2018 · 00:04

Óscar García


¿Cómo hace una página en blanco cuando está de luto? Es la pregunta que ronda en la cabeza del humano que camina en la avenida flanqueada por una arboleda estática ante la ausencia de viento.

La página en blanco puede ser a veces un ángel consentido, un pájaro recién nacido a la espera de su gusano inaugural pero también y en algún caso, al mismo tiempo, una perversa presencia esperando su presa, un torbellino con hambre de casa de campo. La página en blanco tiene parientes y los parientes también mueren.


Así como en una página en blanco nacen los seres y adquieren de a poco manchas y palabras, señas, dibujos, líneas, códigos, arrugas, roturas, dobleces. Una lágrima, un pedazo de estiércol, la sabia savia de un árbol nuevo, la semilla de una planta fumatoria. Así los seres, tanto los osos como las hormigas y los humanos escriben la vida en el cuerpo y desarrollan desde el instinto las formas que moldearán luego sus relaciones con el mundo. Los humanos hablan y escriben pero también mienten.

Empeñan la palabra y la despiden a un acantilado como si se tratara de un misil apurado y suicida.

Odian y tienen sed de venganza, desean la muerte de otros humanos. Piensan en hacer mal y con premeditación y cálculo acomodan en algún lugar de la cabeza todas las posibilidades para aprovechar el brazo ajeno y el llanto ajeno.


Los humanos, a diferencia de otros seres, dicen que aman y el amor a cada rato se enfrenta con las ruinas de un edificio colosal construido sobre los huesos de una historia contada a medias, sobre la cruz, sobre el pescado, sobre la madera viva del cajón de los abuelos. Los humanos aprendieron a cazar y se hizo la hamburguesa, encendieron el fuego y el napalm iluminó los bosques húmedos de Vietman. Inventó el canto atendiendo a los sonidos del mundo. Quizás el canto lo inventó el primer pájaro como la necesidad de comunicar su atracción por una pájara, cautivo de su plumaje insólito y bello. Lo que hizo el humano es imitar. De ahí nacieron los cantos y los aviones, los vestidos y las formas de la arquitectura. La página en la que los humanos se escriben está llena de copias y de recreaciones, y de manchas indelebles y de traiciones, de muertes sin querer y de errores que ciertamente tienen un envoltorio de buena voluntad.


“Lo que se ve se anota” se dice y en el caso de las pieles así pasa. Las cicatrices, las arrugas, los lunares, los tatuajes, las manchas y otras marcas terminan siendo como las cosas de una casa: señales, indicios, historia, al fin. Así como puedes saber de una persona a través de sus libros de cabecera, o la inexistencia de ellos, puedes saber de una persona con la lectura de las escrituras de su piel. En ellas el sufrimiento y el júbilo están diseñadas certeramente como fractales en perpetuo movimiento. La sonrisa y el ceño fruncido con el tiempo harán su trabajo de escritura. También las mentiras, el desparpajo y el odio lo harán. Es más fácil leer en las señales de las gentes sus dolores y sus desalmadas acciones que mirar en la transparencia de los actos buenos y de las buenas maneras de vivir. De hecho, vivir bien debiera ser un concepto que nace de la desaparición del odio, no de su desarrollo. Pero así es, así se lee, así se leerá en las pieles, en las miradas, en las huellas de los pasos apurados en la huida.


De todas las escrituras la más misteriosa y la más compleja es la que cada quien desarrolla para adentro, aquella que ni con adivinaciones ni con diván ni con las más precisas cartas del tarot ni con monedas del I Ching se decodificará si uno no quiere. Son las escrituras crípticas que hacen a cada quien un único ejemplar. Quizás rasgos comunes hay muchos. Están los envidiosos, los cabrones, los buenos tipos, las chismosas, las madres teresas. Están los idiotas, los nerds, los narcos, los cocaleros protegidos, los imperialistas. Están las chicas fashion, los de medio pelo, las madres abnegadas.

Rasgos comunes hay muchos. Sin embargo cada quien es una página distinta y distante, en blanco al despertar.


Una página como el humano, llora cuando está de luto, que no es precisamente estar de negro. Es el dolor. El dolor que causa una mentira, o el poder desmesurado y otras tantas muertes.