Desaparecidas

Valeria Vaca Martínez, la herida que no cicatriza

La joven madre desapareció el 30 de marzo de 2014, su padre capturó a un sospechoso sin ayuda de la Policía, que luego fue liberado bajo fianza.
Valeria Vaca Martínez, la herida que no cicatriza
Antonio Vaca muestra la fotografía de su hija. No pierde la esperanza de encontrarla. Foto:Diego Mondaca
jueves, 08 de febrero de 2018 · 01:00

Alejandra Pau / Santa Cruz


Soy la llaga que no sana en la existencia de mi padre. Él ha participado en el “jocheo” de toros en ferias desde que era niño, su cuerpo tiene marcadas  cicatrices que casi le cuestan la vida, pero yo soy una herida en carne viva. Mi nombre es Valeria Vaca Martínez y desaparecí el 30 de marzo de 2014, tenía 18 años.

La última vez que vi a mi hija tenía dos años y medio. Ella era mi motivación para estudiar -por aquel entonces cursaba el octavo de primaria en una unidad educativa de Montero- y es la principal razón por la que no desaparecería de la noche a la mañana. No la abandonaría, mi familia está convencida de eso.

Según consta en la denuncia presentada ante la Policía, la última vez que hablé con mis padres por teléfono eran las 10:00 del domingo 30 de marzo, la lluvia y la humedad no daban tregua. 


Ellos estaban con mi hija en Santa Rosa del Sara (municipio de Sara). Pregunté si mi pequeña necesitaba algo, dije que les daría encuentro  por la tarde. Nunca llegué y cuando me llamaron  el celular ya estaba apagado.

Mi padre, Antonio Vaca Arteaga, es un hombre cuyo transitar por la vida fue el de presentarse de feria en feria para desafiar a la muerte vestido de torero y enfrentar cualquier cornamenta. 


Sentado en mi cuarto, que hoy hace un poco las veces de depósito,  su mirada queda ausente en dirección al viejo televisor, absorto en el silencio de un lugar que ya no habito. 


“Fui siempre callado y creo que mi carácter fue muy suave”, se dice a sí mismo. Apenas se está recuperando de las heridas que sufrió el año pasado, casi muere después de la embestida de un toro en Oruro.

Recuerda que cuando retornaron a mi casa en Montero, al día siguiente, no me encontraron. La última vez que me vio un vecino fue cuando “salía de casa con un bolsito” alrededor de mediodía de aquel domingo. 


Otros, contaron que me vieron el sábado en la fiesta del aniversario de mi barrio, Villa Virginia. El 2 de mayo la denuncia, fue aceptada como rapto pero sin sospechosos. La incertidumbre y la angustia se convirtieron en constantes.

“Papi, estoy secuestrada” le dije una semana después de que me contestó la llamada, antes de que la comunicación se corte, la pena lo sobrepasó. A través del extracto de llamadas de su teléfono móvil, mi padre averiguó el nombre del propietario de la línea telefónica a través de la que hice la llamada. Los meses pasaron y las investigaciones no avanzaron.

Mi familia averiguó en qué mesa votaba ese hombre en las elecciones municipales, mi padre  lo capturó y lo llevó a la Policía. Él declaró que me “tenía como esposa” en Peta Grande (municipio de San Pedro), pero cuando las autoridades fueron a buscarme a su casa, no me encontraron.

El detenido cambió entonces su declaración y dijo que “nunca me había visto”, estuvo más de un año en cárcel y  salió después de pagar fianza. Hoy nadie sabe dónde está. Mi papá tiene un documento que señala que fue declarado en rebeldía, pero sospecha de otro hombre, que fue llamado a declarar y no se cansa de repetir  que la Policía no le cree. En su sencillez, no puede comprender por qué dejaron libre al hombre que  atrapó sin su ayuda.

Ha decidido dejar el “jocheo” porque no puede curarse del todo, además “la pena y la impotencia no ayudan”. Antes de colgar el traje de torero,   recorría las ferias del país con mi fotografía y un CD, en el que aparezco participando de un “jocheo”,  siempre buscando  datos sobre mi paradero.  


Pidió ayuda a los medios de comunicación y a abogados, pero como provengo de una familia pobre nadie hace nada para encontrarme. “Nadie más entiende ese vacío” que dejé.

Mi madre cree que ya no estoy con vida, una sensación compartida por muchos. Mi padre se aferra al día en que regrese para “vivir la vida, que después de todo es linda”, aunque yo sea la embestida más brutal a la que le haya puesto el cuerpo. Mi hija tiene cinco años, en noviembre del 2017 se graduó de kinder. En el acto estuvo mi mamá, mientras que  yo soy ausencia.  

Sobre el consentimiento de la víctima  


El Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas, especialmente mujeres y niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, es conocido como el Protocolo de Palermo.  


Este define qué se entiende por “trata de personas a la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación. Esa explotación incluirá, como mínimo, la explotación de la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre o la extracción de órganos”. 


En ese marco el Protocolo de Palermo estipula que el consentimiento dado por la víctima de la trata de personas a toda forma de explotación intencional, descrita por la mencionada definición  no se tendrá en cuenta cuando se haya recurrido a cualquiera de los medios enunciados.