Departamento de Santa Cruz

Ana: Si no me casaba con ese señor, me moría de hambre

Para salir de la pobreza, se pactan uniones ilegales de adultos con menores de edad. Hay varias denuncias y pocas condenas.
jueves, 08 de marzo de 2018 · 01:00

Liliana Carrillo V. / Santa Cruz


“Si no me juntaba con ese señor me hubiera muerto de hambre; no teníamos qué comer ni yo ni mis hermanos”. Así, sin rodeos, Ana L. explica por qué antes de cumplir 13 años tuvo que convivir con un hombre de 46, que podría ser su abuelo. 


Ahora está en un hogar en la ciudad de Santa Cruz. Ha dejado la casucha en la que vivía “aunque más paraba en la calle”. Ahora no ve a su madre intoxicada de alcohol, ya no la espera durante horas al lado de la puerta, hasta que, a fuerza del dolor de panza, tenga que salir a buscar algo que puedan comer sus hermanos, de seis y ocho años.


Cuando iba a pedir ayuda a sus vecinos, conoció a aquel hombre mayor. Vivía cerca a su casa y le regalaba comida. Poco después, la niña fue a vivir con él con la anuencia de su madre. Alguien presentó la denuncia ante la Policía. Ana fue remitida a la Defensoría y después al albergue. 


Ana nunca sospechó que aquel señor que le regalaba comida cometía los delitos de estupro y violación y que ella era la víctima. “No es malo”, dice.


Hogar para sanar


Al albergue Nazaria Ignacia, a cargo de la congregación religiosa del mismo nombre, llegan niñas víctimas de abuso sexual, físico y psicológico. Son remitidas por la Defensoría  de la Gobernación o por los Servicios Legales Integrales Municipales. “Vienen de familias disfuncionales, algunas han sido rescatadas de las calles. Están lastimadas”, comenta la hermana Isabel, miembro de la congregación.


 La vieja casona del casco viejo  donde durante décadas funcionó el hospicio se cae a pedazos a causa de una mala construcción vecina y sus muchos años. Un pasillo oscuro; al fondo, una puerta pesada; a la izquierda, un escaparate similar al de las boutiques donde en lugar de maniquíes está una estatua de Cristo cargando la cruz, con flores de plástico raídas a sus pies.  


La casa está casi deshabitada por riesgo de desplome. “Las niñas internas han sido trasladadas a otra propiedad, más lejos”, comenta la hermana Isabel. No lleva ni hábito ni tocado y, potosina como es, sufre por las altas temperaturas cruceñas. Un jardín claro, con árboles coposos y un mural con la imagen de la beata Nazaria contrastan con la entrada pero no disimulan los alambres de púas sobre los muros.


“La mayoría de las pequeñas han sido víctimas de abuso sexual por parte de alguno de sus familiares.

Son niñitas de hasta 13 años pero algunas han tenido que convivir  con hombres como sus parejas.

 Aquí las cuidamos, tienen ayuda psicológica, aprenden oficios; no les falta un plato de comida y atención”, cuenta la  responsable del hogar.


La Casa de la Mujer


En  la Defensoría de la Niñez no hay cifras  de cuántas uniones de hecho de menores de edad con adultos se registran en el departamento de Santa Cruz. Lo cierto es que hay más casos  en las comunidades del área rural. 


“No se puede estigmatizar pero a medida que te alejas de la ciudad hay menos información, más miedo y más pobreza. La niña necesita vínculos que le permitan crear vínculos seguridad y esta necesidad es aprovechada por los hombres. Ellas nunca pueden ser responsabilizadas; son víctimas, analiza Miriam Suárez, directora de la Casa de la Mujer de Santa Cruz.


Se define como una asociación sin fines de lucro y funciona desde hace 28 años en un chalet de dos plantas,  con árboles frutales en los jardines. A la Casa de la Mujer de Santa Cruz llegan diariamente decenas de personas en busca de asesoramiento y ayuda psicológica y jurídica en casos de violencia.


 “Me estoy separando de mi marido; mucho me pega. Ya no puedo más”, comenta Luisa mientras espera su turno en la consulta jurídica. Tiene 18 años y dos hijos, de uno y tres años.


 “Me embaracé a los 15, mi pareja  tiene mi misma edad. Estábamos en el mismo curso. Nos hicieron casar y yo ya no he estudiado nada. Ahora  ya no  puedo  aguantar tanto abuso; quiero que pase pensión a sus hijos”, añade.


Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), Santa Cruz Ocupa el tercer lugar nacional en número de embarazos adolescentes. El   40% del total de gestantes en ese departamento son adolescentes.


 “La mayor cantidad de embarazos de menores están  en las áreas con menores recursos de donde las niñas huyen para escapar de la pobreza y la violencia. Pero también en los colegios privados con familias estables”, comenta Suárez.


 En caso de estupro o violación a menores, el aborto es impune, según establece la sentencia constitucional 206/2014, aprobada en  febrero de 2014  por el Tribunal Constitucional Plurinacional.

Esa norma establece como  causales legales para interrumpir un embarazo:  si es producto de  violación, incesto o estupro o si pone en riesgo la vida de la madre.  


María, “esposa” del Capitán


Cuando María, de 13 años, llegó desde su comunidad al hospital público cruceño por complicación en su parto, los médicos presentaron denuncia ante  la Defensoría. Hechas las averiguaciones, se estableció que el padre del bebé era  el capitán grande, máxima autoridad del pueblo. Pasaba de los 50 años y convivía con la pequeña de 13 desde hacia varios meses. 


La familia de la menor sabía de esta situación. La conocía también toda la población pero se veía como algo normal, porque él mantenía a la pequeña que se encargaba de las tareas domésticas.


“La niña lloraba y pedía que no lo lleven a la cárcel porque  él era su marido. Ella vivía un supuesto enamoramiento, a raíz de una dependencia económica y emocional que crea el adulto respecto al infante”, explica la abogada de la Casa de la Mujer, Paola García Villagómez. 


Cuando ya se iba a detener al hombre por cargos de estupro y violación, los miembros de la comunidad  –incluidos los padres de la niña– avalaron  la unión del Capitán con la menor y anunciaron protestas. De la noche a la mañana, María y su hijo recién nacido desaparecieron del hospital.


“En delitos sexuales no se aplica la justicia por usos y costumbres. No obstante hay otros factores en juego, como la pobreza de la familia de la víctima o la distancia que separa a las comunidades de  los juzgados. Por esos en muchos casos los padres de las niñas vejadas prefieren arreglar y transar con los violadores. Así se normaliza el delito de estupro con concubinatos de adultos con infantes que van en contra de los derechos de las menores”, recalca la abogada.
 
 Regalos para Vania


Al argumento de “usos y costumbres” recurrió Elías V. para obtener su libertad en 2016 después de haber sido detenido acusado  de “violación agravada a infante”. El hombre, de 32 años, convivía con una niña de 13. 


A esa edad, Vania  dio a luz en el hospital público cruceño. Personal del nosocomio presentó denuncia del caso y se inició la investigación. Según el reporte policial publicado, la niña estaba convencida de que se había casado y que “así eran todos los matrimonios”. 


Durante la investigación, la víctima  declaró que Elías le daba regalos y ayudaba económicamente a su familia. Así la fue conquistando. La embarazó contra su voluntad y se la llevó a vivir consigo. Los padres de Vania lo aceptaron como yerno. 


La familia, migrante de una comunidad lejana, vivía en condiciones precarias y agradecía los regalos del hombre que se llevó a su niña.


“Las chicas están muy expuestas y no sólo por las condiciones económicas, sino por la violencia en los hogares y la descomposición en las familias. Por eso huyen y es cuando creen que encuentran a un ‘salvador’”, señala Suárez.


Recalca que en esa situación  la niña es siempre la víctima que debe ser protegida: “La niña siente que ese adulto le está resolviendo problemas que tiene que ver con el hambre , nada funciona si no está bien el estómago. Son menores que deben ser protegidas en todas las circunstancias”.


 Más casos


 De acuerdo con los registros de la Casa de la Mujer, hay muchos más casos de convivencia forzada de niñas con personas adultas que no salen a luz. “Lamentablemente están normalizados y nadie los denuncia”, dice García.


Recientemente, se atendió del caso de una menor de 14 años que convivía con un hombre de 40, que había sido pareja de su madre. “Botaron a la mamá de la casa. La niña quería tomar su lugar y casi sentía que estaba jugando a la casita, cuando en realidad era víctima de abuso”, relata la abogada.


  “Las niñitas necesitan amor y  también necesitan atender sus necesidades básica de subsistencia: comida, techo. Si no tienen a nadie y encuentran un hombre que les ofrece ayuda, ellas se aferran a él. Y es que son apenas unas niñas, que deben ser protegidas”, comenta la hermana Isabel del hogar Nazaria Ignacia.
  
 

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