Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza

En 1990 este pueblo encabezó la primera marcha indígena rumbo a La Paz en defensa de su territorio: 33 días de caminata, desde la Amazonia hasta el altiplano. Hace dos semanas regresaron a La Paz en busca de ayuda.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Hernán Eato, Celina Quirindendu, Vera Lacái, Olinda Richá, Pedro Pepe, Tomás Picuaso, Ernesto Noé y Hernán Eato los sirionó que marcharon en 1991 estuvieron en La Paz pidiendo ayuda. Foto:Alexis Dimarco / Página Siete
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Hernán Eato, Celina Quirindendu, Vera Lacái, Olinda Richá, Pedro Pepe, Tomás Picuaso, Ernesto Noé y Hernán Eato los sirionó que marcharon en 1991 estuvieron en La Paz pidiendo ayuda. Foto:Alexis Dimarco / Página Siete
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Pedro Pepe, sirionó que marchó en 1990.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Las mujeres caminaron con sus hijos.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Celina Quirindendu era adolescente en 1990.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Hugo Dicarere tenía 13 años en 1990.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Foto:Archivo / Página Siete La marcha indígena de 1990 arribando a la cumbre de la ciudad de La Paz.
Los valientes sirionós que marcharon en 1990 todavía viven en la pobreza
Paz Zamora firmando los decretos que reconocieron el derecho al territorio de los indígenas. Foto:Archivo / Página Siete
miércoles, 31 de enero de 2018 · 00:04

Ivone Juárez /  La Paz


Celina Quirindendu, Vera Lacái, Olinda Richá, Pedro Pepe, Tomás Picuaso, Ernesto Noé (hijo), Hernán Eato, Hugo Dicarere son los nombres de estos indígenas  sirionós que tal vez no queden inscritos en la historia de Bolivia por separado, pero que junto a los de otros cientos de  indígenas  grabaron un importante capítulo en la vida de nuestro país: el inicio de la defensa de los derechos de los pueblos indígenas.


 En 1990 encabezaron la  primera  marcha indígena: 33 días de caminata, desde la Amazonia hasta el altiplano, en busca de un Estado que los reconociera y les garantizara el derecho al territorio que habitaban. 


Hasta ayer, junto a 70 familias de su pueblo, Ibiato, Beni,  estuvieron nuevamente en la ciudad de La Paz, en el coliseo de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), donde, esta vez,  buscaron refugio después de haber huido de las lluvias que cada año, en esta época, anegan sus tierras. 


Los indígenas que estuvieron en la caminata tienen hoy  entre los 50 y 60 años. Algunos marcharon siendo  niños, como  Ernesto Noé  hijo, que entonces tenía nueve años, y caminó durante  los 33 días junto a su fallecido padre, el profesor Ernesto Noé, que llevó a la caminata a sus estudiantes.  

Pedro Pepe,  sirionó que marchó en 1990.


Vera Lacái y Celina Quirindendu también eran casi niñas cuando marcharon. Cuentan el tiempo que pasó desde su proeza en la cantidad de años que tienen sus hijos. “Mi hijo ya tiene 22 años, yo tenía 16 años”, dice Vera.


Pocos los reconocieron. Seguro porque cuando se conversa con ellos no se jactan de que su pueblo encabezó semejante movilización histórica, denominada la Marcha por  el Territorio y la Dignidad.

También –puede ser–  porque en cuanto  ven una cara nueva entre ellos, se acercan para darle la mano  y un gran beso en la mejilla… y cuando se despiden, regalan un abrazo tan apretado, como si fueran un amigo de toda la vida del  que sienten su partida. 


Así son los  valientes sirionós que en 1990 vencieron la naturaleza, armados con flechas y su determinación,  para llegar  hasta La Paz y  ser escuchados por el Gobierno de entonces, el de Jaime Paz Zamora.

Las mujeres  caminaron con sus hijos.


En estos días que estuvieron nuevamente en La Paz nos contaron su experiencia. Algunos todavía conmovidos,  porque 38 años después de la marcha su pueblo sigue viviendo en condiciones de gran vulnerabilidad por los servicios de salud y educación insuficientes.  

“Venimos acá porque sabemos que nuestros hermanos de La Paz siempre nos ayudan, son los que más nos ayudan, como en 1990, cuando llegamos con la marcha. Ahora la inundación se llevó todo, nuestras plantaciones  y nuestros animalitos”, dice   Pedro Pepe, un sirionó de más de 65 años. 


“Ya estoy viejo, pero me acuerdo de esa marcha, fue por nuestro territorio, los ganaderos nos estaban cercando”, añade el hombre que entonces tenía algo más de 20 años. Partió armado de sus flechas y cargando un maletín.


La lucha no fue sólo para los sirionós, sino para los otros pueblos indígenas que estaban “marginados”, afirma Hugo Dicarere que tiene 41 años. En 1990 tenía 13 y  marchó con su padre Aroldo Dicarere. “Estábamos marginados por los ganaderos que estaban en nuestro territorio. La marcha permitió el saneamiento de las tierras de todos los pueblos indígenas, tanto del Parque Isiboro Sécure y del pueblo sirionó”, dice.

Celina Quirindendu era adolescente en  1990.


Recuerda que tres meses antes de ese 15 de agosto de 1990, cuando la marcha salió de Trinidad, Beni, su pueblo se reunió en una gran asamblea  y decidió caminar hasta la sede de Gobierno.

Viajaron tres semanas, por agua y tierra, hasta llegar al territorio sirionó, donde se realizó la asamblea.  
“Fuimos por río y caminamos. Casi una  semana hasta  San Ignacio de Moxos, otra semana hasta San Lorenzo de Moxos y otra semana hasta Ibiato, donde se decretó hacer la marcha el 15 de agosto.

Todos los pueblos indígenas habían decidido marchar”, recuerda.


Rememora a los indígenas que en ese entonces encabezaron la movilización: el profesor Ernesto Noé, Tomás Ticuaso, Marcial Fabricano, Antonio Coseruna, entre otros. 


“Nos organizamos y pensamos si era posible llegar a La Paz y nos dijimos: ‘Nada es imposible. Si salimos, Bolivia entera se va a enterar de nuestro problema’”, cuenta mientras la voz se le entrecorta y los ojos se les humedecen. “Fue duro, pero lo logramos”, añade. 

Hugo Dicarere  tenía 13 años en 1990.


  No contaban con víveres, pero estaban seguros de que en el “camino recibirían ayuda”. Y fue así.

“La gente fue solidaria y nos dieron víveres. Nos ayudaron harto, sobre todo en La Paz”, afirma Dicarere.


Y el 15 de agosto de 1990, después de las  09:00, partieron desde las puertas de la Catedral de Trinidad, Beni. “La mayor parte del pueblo de  Ibiato marchó, hasta el profesor Hernán Eato, un sirionó que en paz descanse, marchó con sus estudiantes”, dice Pedro Pepe. “Fueron 30 días hasta llegar a La Paz, en medio de lluvia, frío, por terrenos difíciles. Muchos ya fallecieron pero yo sigo vivo recordando esa lucha”, añade.


Su compañero Hugo Dicarere recuerda los intentos del Gobierno de Jaime Paz Zamora por detener la marcha. “Lanzó un decreto pero no era suficiente, nosotros queríamos que se nos garantice nuestro derecho a la tierra, y lo conseguimos”, cuenta.


Ambos rememoran  que en plena caminata una de sus compañeras dio a luz a una niña a la que llamaron Dignidad. “Ella vive en el territorio sirionó, tiene 38 años, y nos recuerda nuestra lucha”, afirma Dicarere.

Foto:Archivo / Página Siete
 


La Marcha por  el Territorio y la Dignidad entró a La Paz el 17 de septiembre. Ocho días después, Paz Zamora firmó tres decretos por los que se reconoció los territorios indígenas a favor de los pueblos sirionó, moxeño, chimán, yuracaré, weynayek y movima. “Sobre el Isiboro Securé, que desde 1965 era parque nacional, se conformó el  Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Securé (TIPNIS) con las etnias yuracaré, mojeño y chimán.  Sobre el Ibiato, cerca de Trinidad, el territorio sirionó.  Y sobre las orillas del Pilcomayo, al lado de Villamontes, el territorio weenhayek”, escribió el expresidente en un artículo de opinión en agosto de 2017.  
 

Un pueblo que quiere copar su espacio para no ser avasallado
 
El pueblo sirionó es un pueblo indígena que se encuentra en el departamento de Beni. Actualmente cuenta con aproximadamente 300 familias.


Su economía es de subsistencia y se basa en el cultivo de alimentos, como la yuca, el plátano, maíz, coco y otros.


 “Cultivamos sólo para nosotros, no podemos más”, dice Pedro Pepe, uno de los mayores de los sirionós.

Foto:Archivo / Página Siete


El pueblo también vive de la ganadería, de  la recolección de alimentos,   pesca y caza. Para desarrollar la primera actividad necesitan contar con un módulo ganadero, dice Hugo Dicarere, representante de los sirionós. Ese módulo les permitirá también frenar el avasallamiento de algunos ganaderos.  “Queremos copar nuestro espacio con un módulo ganadero, en nuestro lugar de pastoreo. Los ganaderos dicen que no lo ocupamos”, afirma.


  Pero estos indígenas también demandan la construcción de una carretera que les permita conectar su territorio y que los servicios de salud  y educación con los que cuentan se amplíen. “Necesitamos medicamentos”, añade Pepe.


El rector de la UMSA, Waldo Albarracín, que asesoró al pueblo indígena en los años 90, resalta el “valor,  humildad  y respeto por los demás que profesan los sirionós.


  Al referirse a la marcha indígena de   1990, remarca:  “Entonces en Bolivia sólo se hablaba de aymaras, quechuas y guaraníes, no se hablada de los más de 30 pueblos indígenas que existen en el país, hoy algunos en riesgo de extinción”.

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