A los pies de la sociedad

Más de 3.500 personas trabajan como lustrabotas en la ciudad La Paz. Algunos todavía son niños o adolescentes otros tienen más de 40 años de experiencia. Todos luchan con la discriminación.
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A los pies de la sociedad
Después del trabajo, un lustrabotas se quita su pasamontañas en la ciudad de La Paz. Foto: Ruth Overbeck de Sumi héroes del Brillo ©Federico Esto
A los pies de la sociedad
Ruth Overbeck de Sumi con una familia de lustrabotas.
A los pies de la sociedad
A trabajar: Un lustrabotas deja su casa en la mañana.
miércoles, 14 de febrero de 2018 · 00:00

  Lukas Praller* /  La Paz 

David es  tímido, habla con voz baja y casi no se entiende  qué  dice. El cafecito que pidió hace 15 minutos no lo ha tocado ni una vez. En lugar de ello repasa entre murmullos su vida, añadiéndole anécdota tras anécdota. Habla despacio y parece  sorprendido de que alguien esté interesado en su historia. 

David Alejandro Mamani Quispe sólo tiene 23 años. Pero no sería una mentira decir que este hombre ha experimentado mucho más que la mayoría de las personas de su edad. Cuando tenía cinco años, su mamá falleció. Tres años después, murió su papá. Desde entonces David trabaja en la calle, diez horas al día sentando en el suelo, lustrando calzados y tapándose su cara con un  pasamontañas por temor de ser reconocido por sus amigos o por sus compañeros albañiles, su segundo trabajo. 

La historia de David lamentablemente no es  particular en La Paz. En total, más de 3.500 personas trabajan como lustrabotas en la ciudad; algunos todavía son niños, otros  tienen más de 40 años en el oficio  y conocen de sobra la discriminación que tienen que experimentar cada día. 

“Es como el trabajo más bajo de la sociedad boliviana”, explica el fotógrafo Federico Estol de la BBC Mundo.

Óscar Rocabado, sociólogo boliviano, analiza también esa temática. Según él, los lustrabotas son los únicos trabajadores callejeros que se tapan la cara. Se cubren para evitar ser discriminados, porque hay un estigma social que considera a este trabajo como de baja calidad. 

“Algunos dicen bromeando que lo hacen por el olor de los pies, pero yo creo que es básicamente por el estigma social. Ellos mismos lo reconocen”, dice Rocabado a BBC Mundo.  

“Hay un estigma social”

David sabe de sobra de lo que está hablando Rocabado. “Me dijeron que soy un simple lustrabotas,  insultaron a mi familia con malas palabras. De esta manera nos discriminan”, cuenta. 

Antes estaba  afiliado a la Organización Maravilla, una asociación de lustrabotas ubicada en  Sopocachi, una zona  en el centro de la ciudad. Allí tenía un puesto fijo en la plaza Avaroa. Normalmente  te puedes afiliar a una asociación y tener un puesto fijo, explica David.

 “Pero como fui a trabajar de albañil, me perdí casi un año. Después volví y fui a mi puesto, pero ya otro lo estaba ocupando. Me han quitado el puesto por abandonar el lugar”, explica. 

Por eso, David empezó a trabajar como ambulante, un modelo de trabajo que es  popular entre jóvenes que no quieren afiliarse a ninguna asociación. A diferencia de un asociado, un ambulante no tiene que pagar la patente oficial de la Alcaldía que le permite tener un puesto fijo y también recibir apoyo gremial. 

Aunque nunca quiso perder su puesto fijo,  David  ahora es uno de los lustras independientes  y deambula cubriendo su rostro por la avenida Camacho, en el centro paceño, hasta Sopocachi, el territorio de Maravilla. La única asociación en la que participa ahora  es Vamos Juntos, una ONG de apoyo social y educativo a los lustrabotas que existe desde el año 2000.

 Vamos Juntos

 La organización, fundada por la alemana Ruth Overbeck de Sumi, tiene como objetivo mejorar la situación de vida de los lustrabotas, brindándoles apoyo en  salud, educación y asesoramiento legal. Además, quiere promover, fortalecer y defender los derechos de estos trabajadores. 

 “Hice mi voluntariado en 1997 y 1998 en la ciudad de La Paz, trabajando con niños lustracalzados”, comenta Overbeck de Sumi al explicar el nacimiento de  la ONG que creó.

 “En este tiempo he visto que ellos necesitaban  mucho apoyo. Fue así que he propuesto realizar  un trabajo con las y los lustracalzados de todas las edades para mejorar su situación de vida en lo que sea posible”, cuenta.   Desde entonces, la ONG trabaja con los lustrabotas ofreciendo varias becas en las áreas de educación, ámbito legal y ayuda social.

“Creemos que es muy importante la parte educativa porque si una persona se va a preparar y estudiar, un día puede elegir una carrera y tener una profesión; lo  que lleva a un mejoramiento de su calidad de vida. Por ello tenemos la beca de estudio”, expone Magaly Carol Apaza Vargas,  trabajadora social de Vamos Juntos.

“También tenemos la beca estudiantil para los hijos de los lustrabotas que están en la secundaria. Muchas veces estos muchachos y muchachas se quedan frustrados por falta de medios  y abandonan sus estudios. Por eso damos un bono para que estos jóvenes no dejen el colegio”. añade.

 Además, existen  apoyos en el área social, como la beca de familia destinada a satisfacer la alimentación básica o el centro de rehabilitación que incluye sesiones de ayuda psicológica para quienes las necesiten.

 “Te dan materiales escolares para tus estudios, te dan zapatos, ropita, todo. Solo tienes que asistir a los talleres”, se entusiasma David. Sin embargo, para él la ventaja más grande es otra: “Es que nos hacen ahorrar dinero y el día que queremos lo recogemos. Podemos sacarlo en cualquier rato, de lunes a sábado. Esto es muy importante, por ejemplo, en los días que llueve, porque no hay trabajo”, explica.  

“La gente ya  utiliza tenis”

En su trabajo diario, los lustrabotas deben afrontar una serie de factores externos que perjudican  su trabajo. A saber: el clima, el día, el horario y el lugar donde se encuentren. 

“Si está lloviendo”, dice Magaly Apaza, “obviamente no vas a ganar nada. En contraparte, hay días en los que se puede ganar mucho más, por ejemplo los lunes en la mañana cuando todos salen, es el primer día de trabajo y los chicos van a la escuela.  El fin de semana  no hay mucha gente y  por supuesto, es peor. Son estos factores que siempre influyen en el ingreso de los lustras”.

 Otra tendencia que tiene un efecto negativo en el ingreso de los lustrabotas son los clientes mismos. “Los lustras  me comentaron que el trabajo ya no es igual que antes; porque  la gente ya utiliza tenis”, refiere Apaza. 

 Y es verdad. La gran mayoría de la población  utiliza zapatos que son de tela y no necesitan ser lustrados. “También es otra cosa que tenemos que pensar”, advierte la trabajadora social y se enfoca en otra  problemática: la situación de los adultos mayores que lustran. 

 “¿Te imaginas un adulto mayor que trabaja en la lluvia y que debe salir a las seis de la mañana? Esta persona en comparación a un joven o adolescente va a trabajar  mucho menos. Además, la gente muchas veces no quiere que una persona de la tercera edad le lustre porque piensa que va a tardar más. Así un adulto mayor que está en el Prado gana solo 10 o 15 bolivianos al día”. 

 Aparte de esos problemas, persiste la mentada discriminación.

“Hablando con el grupo de lustracalzados se puede notar que muchos de ellos están traumados por las diferentes formas de discriminación que han vivido”, expone Overbeck de Sumi. 

Según ella, a los lustras  les cuesta hablar de sus experiencias y muchos actúan; es decir asumen un rol en el que no son ellos mismos en un  100%, también por el miedo de ser reconocidos. 

Hoy los lustracalzados reivindican su trabajo con una serie de actividades, entre ellas el  tour social “Con otros zapatos” por la ciudad de La Paz, donde los lustrabotas son los guías de los turistas. Es un paso para  crear un diálogo directo con bolivianos y extranjeros que derribe prejuicios.  

¿Pasamontañas? No siempre fue así

El uso del pasamontaña tiene su inicio en los años ochenta cuando se estableció una competencia entre los lustrabotas con sus cajones y los lustrabotas silloneros, que están organizados desde el año 1908 en un sindicato. 

Los primeros lustrabotas silloneros trabajaban en la plaza Murillo y tenían el contacto directo con las autoridades estatales lustrándoles sus zapatos, es así que su labor  era reconocida por la Alcaldía y bien visto también por la sociedad. 

Con el tiempo, desde la Plaza Murillo se repartieron hacia otros sectores de la ciudad. En su mejor época el sindicato contaba con alrededor de 200 personas, actualmente son solamente unos 50 los  afiliados. 

Hasta los años ochenta no existía una competencia en esta área de trabajo.  “Pero por el neoliberalismo y el conjunto de disposiciones económicas contenidas en el DS 21060 se provocaban profundos cambios en la  sociedad boliviana -narra Overbeck de Sumi- El desempleo y la migración a las ciudades crearon el sector informal que apareció masivamente”. 

Es justo en este periodo cuando por primera vez salieron niños y adolescentes con sus cajas de lustrar para hacer la competencia a los silloneros. Ellos solamente cobraban la mitad del precio por su trabajo  y para no ser reconocidos por los silloneros se cubrieron el  rostro. “Éste fue el inicio del uso de los pasamontañas”, dice Overbeck de Sumi. 

 Hoy en día, el uso se ha vuelto una práctica común y frecuente para quienes se dedican a lustrar calzados. “Así encontramos que más del 70% de los lustrabotas utilizan pasamontañas para cubrirse el rostro al momento de trabajar”, informa la fundadora de la ONG  Vamos Juntos.

El uso del pasamontañas, sin embargo, actualmente no se debe a la presencia de los silloneros, sino más bien al prejuicio de grandes sectores de la sociedad que todavía tiene el prejuicio de que los jóvenes lustrabotas son  cleferos, drogadictos o ladrones. 

“En los primeros años del oficio, muchos de los jóvenes lustrabotas tenían  características típicas de población de calle: la clefa y el consumo excesivo del alcohol para sobrevivir el frío en las noches a  3.600 metros  de altura  y aguantar el hambre y el cansancio”, explica Overbeck. 

Este prejuicio se mantiene hasta hoy en día, aunque el porcentaje de lustrabotas que viven en las calles es muy pequeño.  Por lo tanto, la tarea de Vamos Juntos no sólo trata las áreas educativa y social, sino también ver el contexto sociocultural e incluir a los lustrabotas en la sociedad. 

“Los lustrabotas son personas jóvenes que  están estudiando, que  se están esforzando, que están trabajando como cualquier ciudadano”, recalca Apaza. 

Para combatir prejuicios, la  ONG Vamos Juntos  empezó a repartir volantes para mostrar cómo y quiénes son los lustrabotas, y que lustrar es un trabajo digno y honrado que vale lo mismo que cualquier otro. 

“No  podemos minimizar a los lustrabotas, no tendríamos que verlos desde arriba. Somos iguales”, subraya la directora de la institución que -adelanta- continuará con su trabajo con este sector.

 “La política  no hace casi nada para mejorar la situación”

Desde 2013 Vamos Juntos organiza el tour social “Con otros zapatos” por la ciudad de La Paz, donde los lustrabotas son los guías  no solamente a extranjeros sino también a los paceños. El emprendimiento busca además  romper estereotipos.  

Overbeck de Sumi desearía más apoyo del Gobierno para los lustrabotas “La política en sí no hace casi nada en mejorar la situación y la imagen de los lustracalzados, por la política no se mejoró la situación de ellos de ninguna manera”, evalúa.

Si bien es cierto que la implementación de un Día de los lustracalzados fue un símbolo  que reconoce su trabajo;  para Overbeck   no es suficiente. “Hay unos programas que los benefician  como a toda la población, pero no hay nada que les ayuda directamente. Hay una propuesta de ley para los lustracalzados, pero hay que  preguntarse si ese es el rumbo para mejorar su situación o si no es más bien otra forma de discriminación positiva que los marca como un grupo específico”.

En otras áreas, sin embargo, se registraron  éxitos. Según datos de la organización ha disminuido el número de niños lustrabotas, muchos trabajan  solamente en las vacaciones.  

A diferencia de hace unos años, hoy muchos niños terminan  la secundaria y no dejan sus estudios para trabajar. Según  acentúa Overbeck de Sumi: “por la conciencia y responsabilidad de los padres hacia sus hijos. 

Otra mejora se registra en el tema de documentos oficiales. Hace unos años, muchos lustrabotas no contaban con un certificado de nacimiento o una cédula de identidad. “Fue realmente una lucha contra la burocracia”, recuerda. Pero, al final, los esfuerzos valieron la pena: actualmente casi todos los participantes en el programa de Vamos Juntos  cuentan con sus documentos. 

Pero son las historias personales de superación las que más alientan.  “Cuando una persona me dice ‘Magaly, he logrado esto’ o ‘He terminado mi rehabilitación, ahora estoy bien’, esto es lo que más feliz me hace -confiesa  Apaza- Estas situaciones me han motivado  a seguir”. 

 El momento en que David escucha esto, sonríe. “A Magaly  no le gusta que tome. Yo tomaba antes también, pero ya no.  Aquí te cuidan por eso la organización es como una segunda familia para mí”., dice y admite que aún su sector precisa mejorar.   “Tal vez un  20% ha cambiado. Pero lo negativo sigue. Sin embargo, si hacemos un esfuerzo más, creo que lo podemos lograr”, dice.

*Lukas Praller es voluntario de la Deutsche Welle Akademie en la Fundación para el Periodismo.