Volver al nihon teien (jardín japonés) de los ancestros

En los jardines, las piedras pequeñas representaban los barcos del tesoro, la suerte y la prosperidad. Estaban colocadas apuntando hacia la isla de los inmortales, donde los espíritus reclamaban sus tesoros y volvían de regreso a casa.
jueves, 12 de julio de 2018 · 00:04

María Vania Solares Maymura /  Japón

El invierno escarchaba hasta las últimas rocas del jardín japonés. Quizás en la milenaria isla Hokkaido, de clima siberiano y cortos veranos, la nieve lo resguardaba para venideras cosechas, pero cerca del cielo todavía estaba presente en la memoria aquella imagen del primer jardín con árboles de hojas caduca, color esmeralda, arces y raíces que enfilaban en la tierra  como venas sobresalientes entre montículos cubiertos de césped húmedo en florecimiento. 

El Templo  de Fushimi Inari,   en la  afueras de Kioto.

El paisaje  apresaba un estanque de agua transparente y un camino de troncos casi flotantes, enterrados en la profundidad de helechos y musgos. Los peces koi de mis años de infancia se convertían, sobre el agua tibia, en una llovizna dorada, retozando en busca de una bocanada de aire, justo cuando las blancas gaviotas se distraían en el reflejo del río.  

Mujeres  japonesas  con vestimentas antiguas.

Las estaciones pasaban evocando ese pequeño parque cetrino y entonces supe que la primera conexión que tuve con mis raíces orientales  fue justamente ese pedazo de edén nipón que me transportó en sueños al continente asiático. No había flores de cerezos en primavera, ni bosques de bambú en la lejanía, pero en ese espacio silvestre paceño  dominaba un ambiente mediterráneo de paz que me acercaba a la isla de mi abuelo japonés Junkichi.  

Las islas de grullas y tortugas

Crucé incontablemente la senda de los troncos de madera sobre el manantial para imaginar que al otro lado podría encontrar la  horai-jima, esa representación de la isla inalcanzable de los inmortales. Fue allí donde más de un siglo partieron los estoicos inmigrantes cruzando en buques cargueros el océano Pacífico, bajo aquella engañamundo de la luna persiguiendo tierra firme y un destino de fortuna.  

La delegación  latinoamericana  en el foro.

Cientos de familias japonesas los despidieron, lanzando ofrendas de flores de cerezo en el mar y cultivando en los reducidos espacios de hogar, jardines japoneses zen, para conservar en aquellos rincones de las piedras más altas,  tsuru-jima o islas de las grullas y las kame-jima o las islas de las tortugas, los recuerdos de los días y las noches también longevas iluminadas por los faroles de papel en las celebraciones populares.  

 

En los jardines, las piedras pequeñas representaban los barcos del tesoro, la suerte y la prosperidad. Estaban colocadas apuntando hacia la isla de los inmortales, donde los espíritus reclamaban sus tesoros y volvían de regreso a casa. Pero no todos poseían, en esos jardines, las mágicas cascadas. En estos confines de la tierra, alguien sugirió inscribir en una leyenda milenaria que una cascada, aunque sea pequeña, era la puerta del dragón. Según narra la mitología, cualquier carpa –una especie que apenas puede saltar– que logre escalar la cascada se convertirá inmediatamente en dragón y surcará los cielos. 

Habían pasado más de tres décadas de la última vez que soñé con el jardín japonés. El dragón dejó la puerta abierta y finalmente mis ancestros me llevaron a contemplar en esos amaneceres orientales de este verano la explosión del sol naciente. 

El foro para formar líderes de la comunidad Nikkei

Hace menos de dos meses, las embajadas de Japón en diez países latinoamericanos remitieron invitaciones dirigidas a descendientes para representar y exponer en un foro internacional para formar líderes de la Comunidad Nikkei, sus preocupaciones, realidades, aspiraciones y retos. El Gobierno japonés  manifestó su firme decisión de fortalecer los vínculos con la región y construir con esta nueva historia  un jardín en florecimiento.

 El Ministerio de Asuntos Exteriores y JICA invitaron este año a 15 representantes de América Latina (Brasil, México, Argentina, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Venezuela, Uruguay, Cuba y República Dominicana), quienes debatieron junto a jóvenes japoneses la situación de la Comunidad Nikkei, asentando como gran desafío la construcción de una red que permita fortalecer la integración de los descendientes con mira al desarrollo y sus pueblos.   

Parte del templo  flotante de Miyajima.

Esta delegación latinoamericana de Nikkeis intercambió, durante más de 10 días, puntos de vista con políticos, diputados, altas autoridades del Gobierno de Japón y representantes de JICA. Los funcionarios expresaron un marcado interés por vigorizar las relaciones de la Comunidad Nikkei en nuestros países y apoyar al establecimiento de un puente entre Japón  y América Latina y el Caribe, a través de las nuevas generaciones.     

En un fragmento del documento oficial del foro, que se realizó el 29 de junio, se destaca que “para desarrollar aún más la Comunidad Nikkei de la región y transmitirla a la siguiente generación, es importante fortalecer la colaboración con nuestros países y regenerar las agrupaciones pertinentes a través de los programas de visita a Japón (…) un sistema de apoyo a la formación de recursos humanos que lo vincule con sus países, para que en el futuro sirva de puente entre Japón y su región  en la difusión de la cultura, el idioma, la gastronomía, la educación, los métodos de gestión empresarial, la medicina y el bienestar, y eventos como los festivales japoneses y sus redes. (…) Además se requieren políticas que despierten el interés de Japón, destinadas a las generaciones jóvenes y los no Nikkei”. 

Momumento  a las víctimas de Hiroshima.

Un pedazo de cielo

Descendientes como yo, que sin estar vinculados formalmente a la cultura japonesa  somos herederos de un legado humano tan auténtico y rico que constituye nuestra carga genética  y personal. Durante casi 10 días compartí con isseis (japoneses puros), sanseis (nietos) y nikkeis,  una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Recé en cuatro templos por los espíritus de mis ancestros, me estremeció por completo estar al frente de los monumentos de los miles de víctimas de Hiroshima y conmovió mi alma el testimonio de una de las víctimas que sobrevivió a la bomba nuclear el 6 de agosto de 1945; fotografié todas las puestas de sol que pude en Miyajima, disfruté de la ceremonia del té en Kioto, viajé kilómetros en tren bala y me quedé con la sencilla imagen de la princesa Kiko Kawashima y del príncipe  Fumihito, quienes nos recibieron más allá de los rigurosos protocolos  en un hogar lleno de calidez humana y naturalidad. 

Al final del viaje, fue justamente la persona que me recibió en el aeropuerto Narita de Tokio, el 23 de junio, quien me despidió con un obsequio para los días venideros: “Tener un jardín japonés en la casa es adueñarse de un pedazo de cielo”, me dijo en el oído. La menuda y campante guía Keiko Udo  añadió que representa al cosmos o es equivalente al mar, repleto de cuerpos celestes, islas. 

Hoy de retorno, mi jardín japonés con los cinco elementos de la naturaleza (fuego, agua, tierra, aire y espíritu) ya es parte de un legado familiar.

 

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