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Reconocimiento a Ernesto Cavour

Un retrato del maestro del charango a propósito de su reciente distinción con el Cóndor de los Andes.

Reconocimiento a Ernesto Cavour
Cuando un Estado sabe distinguir en vida a un artista cuyo trabajo contribuyó al engrandecimiento de la cultura, los ciudadanos nos regocijamos y aplaudimos las buenas decisiones.
Por eso, el hecho de que este año se haya conferido el Cóndor de los Andes, en el grado de Caballero, a Ernesto Cavour  nos llena de orgullo y satisfacción, porque se trata de un artista que, con esfuerzo y talento, se ganó un merecido sitial como compositor, maestro y eximio intérprete del charango, un instrumento que tuvo su origen en la Villa Imperial de Potosí y que hoy constituye un símbolo de la identidad nacional.
Cabe recordar que Ernesto Cavour, además de haber formado parte del legendario grupo folklórico Los Jairas, que paseó nuestra música por varios países de América y Europa, creó el primer Museo del Charango en La Paz, en 1962, y nunca dejó de ser un innovador de este instrumento de 10 cuerdas que, una vez construido con amor entre los materiales y las herramientas de su taller, adquiere la singular voz del altiplano al contacto con sus manos, cuyos dedos son capaces de arrancarle un ramillete de melodías que penetran hasta lo más recóndito del alma.
De manera que el justo reconocimiento a Cavour es también un reconocimiento a uno de los instrumentos que mejor representa a la música autóctona de Bolivia.
El charango es criatura de la vihuela española, llegada a la América Morena en manos de los conquistadores durante el siglo XVI, tras el apogeo de las minas de plata en el afamado Cerro Rico de Potosí, donde los caballeros de capa y espada, los trúhanes, bohemios y trovadores ofrecían serenatas nocturnas a las mujeres de noble alcurnia.
Al pasar el tiempo, como un aventurero fracasado en su búsqueda de fama y fortuna, la vihuela fue abandonada a su suerte, hasta que cayó en manos de los mestizos e indígenas, quienes no dudaron en transformarla en charango a fuerza de vestirla y revestirla, como dice  Cavour, "con maderas logradas de cajones de municiones que llegaban a las minas de Potosí, o de latas de alcohol, y por qué no de tutumas sabor a chicha y desengaños”.
Luego adquirió una personalidad particular, tanto en la forma como en el sonido, y se convirtió en la expresión cultural más auténtica del sentimiento nativo.
Así algunos no lo creen ni lo acepten, la cuna del charango está en el altiplano boliviano, donde su voz sopla como el viento entre la paja brava y sus melodías se desgranan como cantutas entre las peñas de la cordillera andina.
No es extraño que un charanguito bien construido sea una verdadera obra de arte y un instrumento que, al pulsar sus cuerdas de tripa, metal o plástico, emite un sonido manantial, tan puro y armonioso que no hay voz en el mundo que lo iguale.
Un charanguista como Cavour, que se entrega a su oficio dando rienda suelta a su imaginación, procura que este objeto de cinco cuerdas dobles, caja abovedada y silueta femenina sea más sonoro que el mandolín, la tiorba, la balalaika y otros instrumentos que lo envidian por su variedad y sonoridad.
Como si fuera poco, desde los años 30, el maestro Mauro Núñez, inspirado en los cordófonos de cámara barrocos y sobre la base de cuatro tamaños de cordófonos tradicionales bolivianos, dio nacimiento a toda una familia de charangos: soprano, tenor, barítono, bajo...
Un charanguista como Cavour, en su afán de conservar la tradición folklórica y la sabiduría ancestral, trabaja con materiales adecuados, hasta que el instrumento, pasito a paso, va tomando forma entre sus manos, con peculiaridades propias que le imprime el artista, como en los charangos "khirkis”, cuyas cajas de resonancia están hechas con el caparazón del quirquincho, de ese animalito hirsuto que da su vida por el arte y la música.
No es casual que el poeta Óscar Alfaro lo redima en sus versos: "Cuando murió Don Quirquincho/ le legó su cuerpo y alma/ como prueba de cariño/ al indio de nuestra raza/ Él lo recogió en sus manos/ y le dio nueva vida/ en un cuerpo de charango/ y un alma de melodía...”.
Cavour sabe que este instrumento, atravesado por cuerdas de lado a lado, no es madera muerta, sino madera palpitante, por eso lo cuida más que a su vida, envolviéndolo en un aguayo, abrigándolo debajo del poncho o dejándolo en el estuche de cuero, no sólo para evitar que se malogre o se destemple, sino también para evitar que se enamore de otro dueño.
Ernesto Cavour sabe que dominar un charango es más difícil que domar un potro salvaje. Y, en sus momentos de desasosiego, le dice: "Cuántos pensarán que te dominan, sin sospechar que tú nos dominas a nosotros”.
En algunas de sus fotografías de mocedad, Cavour posa con sombrero, poncho y bufanda al cuello, trasluciendo un donaire de quien domina los secretos de su bello y singular instrumento, que luce impecable sobre su pecho, la caja de resonancia prieta bajo el antebrazo derecho y el diapasón suspendido por la mano.
De la conversación entre sus dedos y las cuerdas nacen huayños, khaluyos, carnavalitos, cuecas, trotes, bailecitos, ch’utunquis, pasacalles y un sinfín de dulces melodías que sólo este gigante de la música boliviana es capaz de arrancar de la boca del charango, siguiendo las pautas del maestro Mauro Núñez.
Con este mismo instrumento que le canta a la vida, a la muerte, al amor y al desamor, Ernesto Cavour imita los ruidos de la naturaleza y las voces de los animales. No es raro que su charango, afinado con oído de gato, emita el trino de los pájaros, el rebuzno de los asnos, el balido de las ovejas, el mugido de las vacas, el rugido de los leones, el relincho de los caballos, el pito de la locomotora, la sirena del barco, el silbido del viento y, a pedido de boca, hasta el gemido de la mujer amada.   
Algunas veces, al ver a sus compatriotas desparramados por el mundo ancho y ajeno, derrama lágrimas al compás de su charango; otras veces, dispuesto a poner de manifiesto su espíritu crítico, actúa en escenarios donde su charango traduce el clamor popular.
Durante las épocas más sombrías del país, su presencia no pasaba inadvertida, ni siquiera cuando las asambleas desembocaban en el caos. Así ocurrió alguna vez, ni bien apareció en el escenario, donde las rechiflas estallaban apagando el discurso incendiario de los oradores, la multitud quedó suspendida en el silencio, como impactada por su presencia.
Cavour no dijo esta boca es mía, pero con el charango en las manos, como el árbitro con el pito en la boca, puso fin a la chacota y le devolvió al silencio lo que es del silencio.

Este gurú de la música andina, que aprendió a conversar con el charango a los 12 años y se ubicó con autoridad natural en la cumbre de los mejores ejecutores de instrumentos de cuerda, jamás dejará de sorprendernos con su sensibilidad y profesionalismo, pues no sólo es capaz de convertir en música todo lo que toca, sino también capaz de demostrar que un artista puede dar la vida por el arte, ofreciendo su corazón convertido en dulces y armoniosas melodías.

  Víctor Montoya
 Escritor

 "Cavour sabe que este instrumento, atravesado por cuerdas de lado a lado, no es madera muerta, sino madera palpitante”.

 

 

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