Mary Maymura, la eternidad

Mi madre había conquistado un gran pedazo de mundo y ahora conquistaba, con el mismo tesón y amor, el cielo entero.
viernes, 31 de julio de 2015 · 10:21:00 a.m.
Vania Solares Maymura

periodista

Aunque octubre, lleno de la calidez de los aplausos del público japonés, no había llegado como lo soñaba, cerró los ojos con el apacible reposo de su cuerpo y la paz del alma después de empeñarse con firmeza en esa larga cruzada de años, homenajeando el heroísmo de su hermano Freddy Maymura Hurtado, descendiente de japonés y guerrillero que luchó con el Che Guevara.

Hace sólo ocho meses, un equipo de filmación de japoneses, dirigidos por el laureado director nipón de cine Junji Sakamoto, había llegado a nuestro país para escuchar el relato de mi madre, Mary Maymura Hurtado, sobre la historia de mi tío Freddy y la investigación de años que ella había trazado, desde su muerte en 1967, para lograr difundir e inmortalizar los ideales revolucionarias de su hermano, como ejemplo para proyectar una sociedad más justa. 
No dejaba de imaginarse los días de festejos que vendrían por el estreno en Tokyo, Japón, de la película en base al libro El Samurai de la Revolución, escrito por ella hace nueve años y traducido en tres idiomas;  victoria que sólo la voluntad, constancia y esfuerzo lograron. 
Con la historia ya plantada en el libro, además de una revista con tiras cómicas niponas o historietas llamadas manga (dedicada a la vida de mi tío Freddy y publicada el año pasado), los cineastas emprendieron una gran travesía por todos los lugares donde vivió el guerrillero, especialmente en Cuba, donde, como estudiante de la Facultad de Medicina Victoria Girón, de La Habana, reafirmó su posición ideológica. 

Recuerdos que eternizan
Mi madre estaba segura de que su corazón no la traicionaría, que sus rebeldes y recurrentes taquicardias harían una tregua en su pecho para dejarla viajar por 30 horas sentada en el avión, y ver reproducir las anheladas escenas de la vida de mi tío y de la familia en el idioma japonés. Pero los recuerdos y sus palabras se eternizaron con la muerte, y era seguro que el invierno congelaría para siempre el último sueño del samurái.
Con la primera aurora del inicio del invierno, casi todas las aves de la ciudad comenzaron a emigrar como nubes de alas por todos los confines posibles de la tierra. A mediados de mayo quedaron como guardianas celosas de los árboles ya despojados de hojas por el otoño paceño. Los gorriones de las alas jaspeadas  aparecían como sembrados, uno tras otro, en el jardín de mi mamá, junto a los gladiolos, que ni con las últimas nevadas que cubrían las montañas coposamente  se dañaron, más bien se rehicieron como otro milagro níveo de delicados cartuchos llenos de escarcha celestial. 
La mañana del 25 de junio, mirando desde la ventana por donde atravesaban fucilazos de sol que la acariciaban, ella estaba sentada en el sillón, de espaldas a las criaturas del cielo que la glorificaban en un pedazo cubierto de hojarasca húmeda. Caían sus rasgados párpados sellando para siempre esos ojos color miel que durante 77 años habían contemplado alboradas blancas, auroras, ponientes y noches azabaches de infinito hado y estrella. 
Había fertilizado y abonado hace tiempo ese pedazo de vergel lleno de gladiolos, rosas y pinos enanos; con los gorriones, libélulas y candelillas de la estación empeñándose por sembrar y recrear en las faldas del cerro, cerquita del cielo, cerquita de Dios. Eran los recuerdos también  de esas campiñas tórridas, tapizadas por la floresta de las tierras bajas de Beni, donde había nacido.

El olor de los árboles
de tamarindo
En una casa blanca de una sola planta, en la calle La Paz de Trinidad, nació el 14 de marzo de 1938, en una habitación iluminada por la luz matutina e inundada por el olor de los árboles de tamarindo de la retaguardia del patio de tierra.
Fue la primera de los cinco hermanos. Hija de Rosa Hurtado Suárez y Junkichi Antonio Maymura Ojara. Su padre, de nacionalidad japonesa y posteriormente también boliviana, participó en la primera inmigración japonesa a nuestro país cuando apenas tenía 20 años, de hecho,  se había embarcado en un puerto de la isla nipona con destino a Perú, en una epopeya inigualable, sin poder pronunciar ni una sola palabra en castellano para iniciar una nueva vida en otro continente.
Días antes de la partida de mi madre, sentada en los pies de su cama, me había contado conmovida que su padre, el abuelo que no conocí, se presentó en un sueño escribiendo una larga carta, con una hermosa letra y en español. La interrumpí para preguntarle cómo logró aprender el idioma y moviendo los hombros hacia arriba me contestó que desde niña lo escuchaba con gran fluidez y era admirable las horas que se dedicaba a escribir para perfeccionar su letra y su gramática.
¿Y el final del sueño? -le pregunté inquieta-. "Ya no era un sueño”, me dijo. "Era una realidad. Al final sentí en mi hombro derecho la calidez de su mano”. 

El samurai de la revolución
Los recuerdos de su padre y su madre, de sus hermanos Antonio, Ángel, Freddy y Rosa, soldados a los años felices de picardías, juegos y travesuras en un simple patio convertido en un imborrable paraíso casi celestial, estaban tejidos a una vida de ama de casa, de una madre de tiempo completo  en la crianza de cuatro hijos y los sueños postergados hasta el año 2006. 
Ese año fue de arranque histórico y aunque sus tareas no cesaban ni un solo minuto, más de 20 años de haber escrito el borrador sobre la biografía de su hermano guerrillero Freddy, terminaron con el gran resultado de la primera publicación de El Samurai de la Revolución, con la editorial boliviana Edobol.  
Su esfuerzo y voluntad poco después logró que una de las editoriales más grandes de Japón se interesara en reeditar la biografía de mi tío y traducirlo al idioma. En menos de un año, otra de las enormes y reconocidas editoriales de Brasil, Record, reeditó el libro de mi mamá en portugués, aportando a abrir otro camino para los autores bolivianos y al creciente interés de los lectores. Mi madre había conquistado un gran pedazo de mundo y ahora conquistaba, con el mismo tesón y amor, el cielo entero.