Letra 7

Del arte y sus escarceos políticos

A veces la política se ha concebido como una actividad estética y algunos políticos se han creído artistas. Éstos suelen guardar relaciones muy disímiles con el poder. Una reflexión sobre estos diversos fenómenos.
domingo, 08 de octubre de 2017 · 00:00
Enrique Fernández García Ensayista

En uno de sus alegatos dirigidos a quienes lo juzgaban, Sócrates cuestionó a los atenienses que no valoraban la vida reflexiva. 

No bastaba con perseguir la satisfacción de necesidades materiales, afrontando aquellas urgencias que impone el cuerpo, así como las frivolidades del espíritu. Ocuparse sólo de dichos menesteres equivalía a desaprovechar tontamente nuestras facultades. 

Porque, conforme a la generosa pedagogía socrática, los seres humanos estaban en condiciones de distanciarse del error, advirtiendo la facilidad con que muchos se confunden y proclaman necedades. De este modo, verbigracia, un militar podía estar seguro de saber qué significaba ser valiente; no obstante, al conversar con Sócrates, siendo impactado por elementales contraejemplos e interrogantes, notaba su ignorancia. 

Pero, aun cuando este descubrimiento de las equivocaciones propias resulte bastante remunerativo, la filosofía socrática nos ofrece aún más bondades.

Además del acercamiento a lo verdadero, el insigne filósofo nos ofrecía el contacto con la belleza.
 
El valor que concedía a la contemplación estética no era menor; al contrario, pensaba que todo individuo la necesitaba para ser feliz. 

Desde luego, las personas podían toparse con expresiones de lo hermoso en diferentes circunstancias e igualmente respecto a diversos objetos. 

No pensemos en la previsible conexión de lo hermoso con el amor, sino en la más sorprendente con la política. Es que, en varias oportunidades, los hombres han encontrado bello el ejercicio del poder. 

Siguiendo esta línea, simples actores, humildes peones o envanecidos protagonistas nos enseñan una realidad de la cual no conviene olvidarse.

Cuando la política es bella

En 1936, Walter Benjamin publicó La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Es un ensayo que, desde una perspectiva cultural, procura la exposición crítica de algunos aspectos fundamentales del fascismo. 

Con todo, hay allí una idea que se destaca con claridad: la estetización de la política. En efecto, si analizamos varios regímenes, dentro o fuera de Occidente, hallaremos este fenómeno. 

Según el razonamiento de Benjamin, lo que provoca valoraciones estéticas de carácter positivo son los recursos del poder asociados con la fuerza. Las armas, los tanques, el arsenal nuclear, lejos de llamar a la repulsa, generan fruición. Esta es la razón que justifica la existencia de paradas militares y otras pomposidades ridículas. Los símbolos partidarios sirven asimismo para ello. La indumentaria oficial tampoco se deja al azar. Recordemos que las SS tuvieron como diseñador a Hugo Boss, nada menos. Aportó también a este propósito Leni  Riefenstahl, cineasta que trabajó para inmortalizar en el celuloide películas recargadas sobre los desvaríos del nacionalsocialismo.
 
El objetivo era no dejar espacio a otra clase de opiniones y estéticas.

Artistas al mando del Estado

Como es sabido, Platón propugnó una monarquía que estuviese al mando de un filósofo-rey.
 
Posteriormente, con Marco Aurelio, emperador y estoico, un experimento así pareció materializarse; aunque, por variados factores, sin mostrar las perfecciones que Platón había pensado. 

No se discute que un individuo meditativo e ilustrado pueda regir los destinos de una sociedad, tomando las decisiones primordiales en torno a sus problemas. El punto es que, pese a su lucidez, gobernantes de tal índole pueden equivocarse como los demás.

Sin embargo, esto no debería emplearse como argumento para desdeñar la capacidad racional, encumbrando otros medios, como hicieron quienes entendieron la política como una labor adecuada para los artistas. Un sujeto como Goebbels la definió como "arte plástica del Estado”. 

Los líderes tenían, por consiguiente, la misión de forjar una obra maestra, utilizando a los ciudadanos como material tan moldeable cuanto descartable. Se aspiraba a crear un hombre nuevo, una comunidad sublime; empero, los resultados nunca fueron buenos. 

Nadie niega que, en cierto grado, el dibujante Adolf Hitler o un aficionado a la escritura como Mussolini, entre otros casos destacados por Juan José Sebreli, se hayan sentido artistas. Lo negativo es que, en lugar de brindarnos belleza, depararon muestras palpables del horror. Si tenían alguna sensibilidad, ésta era como la de Lenin, quien se conmovía cuando escuchaba a Beethoven, mas no tenía inconvenientes en planificar la liquidación del adversario. (Y tal vez su aparente creatividad sea útil para explicar la originalidad de algunos vejámenes).

Variantes del compromiso estético

No hay una sola relación entre los artistas y el poder. Por un lado, tenemos una especie de servidumbre que, sin oponer resistencia, contribuye al embellecimiento del régimen. No hablamos aquí de amenazas, persecuciones ni exilios: el aporte al sistema se realiza con gusto, sea por ignorancia, candidez u oportunismo.

Encontramos asimismo a los que, por una vituperable inocencia, son optimistas ante quienes deberían inspirarles desasosiego. Además, están quienes aprovechan cualquier circunstancia para subastar su talento, aunque sea muy exiguo. En este último caso, lo que menos interesa es el respeto de principios. Al respecto, evoco las transacciones entre los Rockefeller y el anticapitalista Diego Rivera. Salvo que la suya haya sido una curiosa estrategia de ataque al Imperio, este connotado muralista no resulta muy coherente.

Por supuesto, cabe reivindicar la existencia de personas que asumen posiciones distintas en el campo del arte. Sus posturas no denotan desdén ni pereza por conocer. Tampoco incurren en el absurdo de ilusionarse tras tener contacto con la demagogia. Jamás están a la caza de musas autoritarias, ya que sus concepciones estéticas no varían según la ideología del cliente. Para ellos, las artes no tienen por qué adecuarse al ejercicio del poder, menos aún si éste es contrario a la libertad, valor sin cuya vigencia ninguna gran obra sería posible.