Opinión

Gramsci, el robo de una palabra

Una crítica a las categorías gramscianas y su uso por parte del actual proceso.
Gramsci, el robo de una palabra
Antonio Gramsci, teórico marxista
domingo, 08 de octubre de 2017 · 01:00
Jorge Bolaños Gamarra Ensayista
 
Invocar el nombre de Gramsci equivale a invocar el poder legitimador de su palabra. 

La obra del marxista italiano constituye uno de los primeros intentos de aumentar el caudal de legitimidad del marxismo a través de la revisión. Los Cuadernos de la cárcel están atravesados por cierta incipiente necesidad de desembarazarse de los malestares de la Revolución Soviética.

Gramsci es uno de los muchos interpretadores de Lenin. El padre de la Revolución rusa habla a través de uno de sus herederos con palabras que no son suyas. Interpretar un autor equivale a robar sus palabras. En el texto, las referencias son máscaras. Citar al maestro equivale a adornarse con su nombre. El pensamiento político es particularmente susceptible a esto. 

Gramsci trata de convertir a Lenin en uno de los mejores representantes del maquiavelismo, del pensamiento de Maquiavelo entendido como pensamiento democrático. Él veía al revolucionario ruso como un ejecutor de la idea de que la política moderna consiste en acercar al pueblo a la esfera del poder. 

Influencia sobre el actual proceso

La concepción del Estado y poder de Gramsci es muy influyente en la política contemporánea. Esto es particularmente cierto para la llamada Revolución democrática y cultural. El Estado integral, la hegemonía, el empate catastrófico y la voluntad común general son expresiones que forman parte de su lenguaje cotidiano.

No son pocos los intelectuales y políticos que dicen compartir la convicción de que el estado integral gramsciano es un objetivo político legítimo y lo entienden como un estado social ideal en el que Estado y sociedad se funden a través de la trasferencia de funciones, dando lugar al comunitarismo. 

Citar a Gramsci es una moda intelectual. Distorsionar a Gramsci es un vicio intelectual. 

La persecución del Estado integral es un objetivo mal planteado. La experiencia fascista en Italia y populista en América Latina demuestra que todo intento de asimilar pueblo y Estado desemboca en el paternalismo, el autoritarismo y la dominación corporativa. Gramsci era demasiado espontaneísta, confiaba demasiado en la voluntad humana, como para que sea posible convertir sus ideas en fórmulas de reproducción del poder. 

Sin embargo, Gramsci también es autor del robo de una palabra. Maquiavelo habla en lenguaje leninista a través suyo. Identificar la figura del príncipe con el partido revolucionario es un error doctrinal. El príncipe piensa el poder como un objeto de posesión. En teoría, el partido revolucionario debería pensar el poder no como un fin, sino como una máquina que hay que desarmar.  

Hegemonía

La hegemonía gramsciana es una herramienta de doble filo en términos democráticos. Al considerar que es posible crear un liderazgo moral capaz de imponerse sobre las bases materiales de la sociedad, Gramsci quiso ratificar la necesidad de abrir la puerta a la participación del volgo en la política. Sin embargo, al mismo tiempo abrió la posibilidad de legitimar el uso del consenso y la coerción como instrumentos de preservación del poder al servicio del conservadurismo. 

La fijación con la hegemonía y su trasformación en un objetivo político en sí mismo desemboca  en la violencia estatal y el uso de la educación y la cultura como relaciones de sometimiento.

El hecho de que las rupturas histórico-políticas siempre dan como resultado situaciones de inestabilidad estatal, hace que el intento de crear hegemonía de forma intencional tenga que usar el consenso y la coerción no como mecanismos de emancipación, sino como mecanismos de retención del poder. 

El "deber ser” ideal de la hegemonía es un privilegio de Estados fuertes, Estados populares, que en el presente existen sólo como hipótesis. 

En tanto formas de acción política, la coerción y el consenso no son separables de forma definitiva.
 
Existe entre ambos una relación de indecibilidad. ¿Quién decide dónde termina el consenso y comienza la coerción? Si ambos buscan la imposición de una determinada concepción ideológica del mundo, ¿de qué forma ayudan a la democratización de la sociedad sin lograr exactamente lo contrario? 

Donde hay gobierno, hay un grupo gobernante y uno gobernado. La hegemonía convertida en objetivo político mediante la idealización del Estado integral es incapaz de cambiar esto. 

Entre un gobierno que gobierna para seguir gobernando y una sociedad que persigue la democracia como medio de emancipación, no es posible una relación de igualdad. 

Maquiavelo

El "bloque histórico” es un concepto que se basa en la idea de que cualquier movimiento civil es capaz de crear hegemonía mediante la alianza de diferentes organizaciones sociales. Esta idea es criticable. 

Gramsci pensaba que la Revolución francesa logró realizarse gracias a que los jacobinos actuaron como un eje de alianzas populares. Esta interpretación no sólo es antihistórica, sino que está reñida con la teoría marxista. Muchos la denominan "voluntarista”. 

Creer que el partido político es un intermediario necesario para la unión orgánica de las clases sociales conduce al paternalismo. 

La idea de que otra izquierda es posible está desgastada (¿es eso realmente lo que necesitamos?). Los ideólogos de la Revolución democrática y cultural trataron de reinventar la política de la izquierda boliviana acudiendo a autores como Gramsci, Bourdieu, René Zavaleta, entre otros. No obstante, el resultado es idéntico al problema. No hay más democracia, ni en un sentido radical ni mucho menos en un sentido liberal.

El concepto de hegemonía no es un cheque en blanco para justificar la imposición del consentimiento en aras de la trasformación social; esto no sólo es autoritario, sino antimarxista.

Desde un punto de vista histórico, en Bolivia, la Revolución democrática y cultural constituye una interrupción del proceso de democratización de la sociedad, porque sus impulsores usan la democracia para atentar contra la democracia so pretexto de la hegemonía.