La Paz, Bolivia

Miércoles 18 de Octubre | 17:53 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Ensayo

Kazuo Ishiguro: artista de la nostalgia

Una presentación del recién anunciado Premio Nobel de Literatura, quien nació en Japón pero escribe en inglés. El escritor, que ya era considerado uno de los más importantes artistas de la actualidad, trabaja sobre todo con la evocación melancólica del pasado, de lo que pudo ser, pero no fue.

Kazuo Ishiguro: artista de la nostalgia

Fernando Molina

 Aunque el nuevo Premio Nobel de Literatura KazuoIshiguro escribe en inglés, su obra no deja duda sobre sus raíces japonesas. 

Ishiguro tiene similar capacidad que otros grandes artistas asiáticos para transmitir grandes emociones a través de trazos delicados; de las expresiones contenidas, discretas, de personajes muy nítidos, de un sólido realismo. 

"Una trama mínima, pausada, en la que no aguardamos con tensión grandes acontecimientos, y que, sin embargo, nos obliga a seguir leyendo”, dice la argentina Marta Caparros de la primera novela de Ishiguro,  Pálida luz en las colinas, que trata de la vida de una mujer en Nagasaki después de la bomba, o, mejor, de las evocaciones de esta mujer, que se halla en Inglaterra, de lo que fue su vida en Nagasaki mucho tiempo antes, cuando estaba embarazada de una hija que acaba de suicidarse.

" Evoca”: tal es la clave. Esta novela, como la mayor parte de la literatura de Ishiguro trabaja con la nostalgia del pasado, en tanto nostalgia por las expectativas y las posibilidades que teníamos en un momento de nuestra vida, pero que no se concretaron o que devinieron en desenlaces poco asociables a ellas. Así es: el pasado nos remuerde con las pequeñas fauces de los contrastes entre lo que entonces teníamos (la posibilidad) y nuestra indiferencia frente a ello, nuestra incapacidad de apreciarlo. Lo que es una aporía, porque la valoración de las potencialidades no puede ser simultánea a ellas, solo puede hacerse a posteriori. Igualmente pensamos que no es así, que entonces teníamos algo que ahora ya no, y eso nos llena de una tristeza suave, pero dolorosa.
 
Esa tristeza que denominamos "nostalgia”.

Lo mismo que la protagonista de su libro, la familia de Ishiguro nació en Nagasaki y se exilió en Gran Bretaña, donde el escritor creció, formándose por completo en un ambiente anglosajón. Con IanMcEwan, Martin Amis y Julian Barnes forma el "dreamteam” de la literatura británica. Con su selección, la Academia Nobel ha querido distinguir otra vez a un artista de este idioma, luego de la pifiada premiación de Bob Dylan el año pasado. Como si los suecos quisieran reconciliarse con los que sintieron más ofendidos con su anterior decisión, que probablemente fueron los miembros del establishment literario anglófono. 

Ishiguro pertenece al establishment, sí, pero por los mejores motivos: existe un verdadero consenso entre la academia, los gremios (escritores y editores) y los lectores en torno a su enorme calidad.

"Un artista del mundo flotante”

La siguiente novela de Ishiguro fue  Un artista del mundo flotante, un título que tiene doble sentido.
 
Refiere primero a la profesión del protagonista, un pintor que en su juventud estuvo involucrado en
 la disciplina de la "pintura flotante”, que por un lado es una técnica de grabado en madera y, por el otro, un estilo centrado en la tarea característicamente oriental de retratar la belleza y la armonía, descubrirlas en las cosas y llevarlas a láminas en las que éstas parecen flotar.

Segundo, el "mundo flotante” al que se refiere el título es el del Japón de los años 50, que cambia aceleradamente por el trauma de la derrota bélica. El protagonista de la novela, un viejo, considera que esta derrota ha sido en parte su responsabilidad, como la de la mayor parte de su generación, que se vio involucrada de una u otra manera en el imperialismo japonés.

Para evitar que la culpa suya impida la felicidad de su hija, que en ese momento se encuentra en negociaciones de matrimonio con una familia que sin duda investigará su pasado, el pintor decide visitar a sus viejos amigos y conocidos, a fin de pedirles discreción. Al hacerlo evoca el tiempo de su juventud, es decir, el tiempo de gran arrogancia que desembocaría en la guerra, pero también el tiempo en el que había unos valores, unos ritos (como el que él mismo cumple en ese momento, el de casar a su hija a base de una "estrategia de imagen”) y un orden que no le resulta posible ver desaparecer sin dolor. Él no puede compartir la actitud de las nuevas generaciones, que se niegan a respetar el pasado. Está estancado en un punto intermedio.

Ha dicho un crítico que en esta obra debe prestarse atención a "los diálogos, donde siempre se dice más de lo que se dice, donde los significados connotados sobrepasan con mucho la importancia de lo que explícitamente se expone”.

Podemos ver una vez más que el gran tema de Ishiguro es la rememoración y la nostalgia, con todo su poder para fijar la belleza del pasado y simultáneamente impregnar el presente de tristeza, lo mismo que la "pintura flotante” en la que los japoneses son maestros.

Ishiguro es él mismo un maestro para crear mundos flotantes -tan delicados y ambiguos como preciosos- con palabras serenas y pequeños trazos.

"Lo que resta del día”

Pero fue la tercera novela de Ishiguro (y su estupenda adaptación cinematográfica) la que le mereció la consagración internacional. Se llama  Lo que resta del día  y el que en este caso evoca es un típico mayordomo inglés, Stevens, mientras va en coche a casa de una antigua ama de llaves, Mrs. Kenton, supuestamente con la intención de recontratarla para la mansión en la que ambos trabajaron en el pasado. 

La evocación reconstruye ese tiempo de trabajo conjunto para el anterior propietario de la mansión, un lord con simpatías nazis que trataba de ayudar a Alemania antes de la guerra. A través de las pequeñas infidencias y de las decisiones domésticas que recuerda Stevens  vamos imaginando el mundo "detrás de bambalinas” de la clase alta británica, donde pesan las viejas tradiciones de servilismo pulcro y leal, pero también hay espacio para alocarse, incumplir las reglas o simplemente enamorarse, seguir una carrera, vivir. No para Stevens, sin embargo, que parece totalmente entregado al cumplimiento de su deber, el cual considera con ideología anticuada el articulador de su personalidad y del sentido de su vida. 

A causa de esta entrega absoluta al deber, Stevens es incapaz de reconocer que está enamorado de Mrs. Kenton y no ha podido decirle una palabra, ya que hubiera sido "inapropiado”, dejando que se marchara y contrajera matrimonio con otro. Incluso es incapaz de reconocer, años después, en la contemporaneidad de la novela, que en realidad no va a visitar a Mrs. Keaton porque piense que la necesita como colaboradora, sino porque se ha enterado de que ella estaba separada de su marido y entonces quizá la relación entre ambos... Como es lógico, esta inconsciencia inducida por sus prejuicios condena al personaje una inmovilidad desesperante y asegurará que nada cambie en su vida.

La maestría de esta obra, seguramente una de las mayores del siglo XX, reside en su capacidad para hacernos reflexionar sobre lo que, ya dijimos varias veces, es el gran tema de Ishiguro, la nostalgia, el remordimiento por lo que desperdiciamos en el pasado, a través de un hombre que en realidad no se plantea el dilema, es decir, conscientemente, pero lo vive con intensidad, así sea de esta manera totalmente contenida. Lo que nos recuerda la "aneke” griega, la necesidad que se impone contra el bienestar, el destino trágico. 

Es justamente porque Stevens no puede darse cuenta de lo que pudo haber sido su vida si obraba de otra manera (o al menos porque no quiere asumirlo conscientemente), que nosotros pensamos en ello con tanta claridad. ¿Cuántas veces hemos dejado pasar la oportunidad? ¿Cuántas veces hemos tomado decisiones que cambiaron por completo el rumbo de nuestras vidas, sin las cuales estaríamos en otros sitios, en otras condiciones, en otros brazos?

El efecto se refuerza por el hecho de que Mrs. Keaton, que también está enamorada del mayordomo, se lo sugiere pero tampoco es capaz de hacérselo saber. Ella se ocupa más de sí misma, está menos alienada por el "oficio” y por el papel que se asigna a las clases sociales en Inglaterra (asignación que lleva a Stevens a derivar su orgullo personal de su condición de sirviente de lujo de los ricos), pero también se halla limitada por una fuerza externa tradicional, la patriarcal, que le impide hablar claro con un hombre que, sin duda, hubiera aceptado lo que ella tenía para decirle. En fin, el desencuentro de los dos obedece a una cadena de vacíos y yerros y azares como la que constituye todas las biografías, cuando alguien las rememora con suficiente conocimiento.

Los críticos han aclamado la prosa minuciosa y tranquila con la que Ishiguro construye una novela de tal calado, que uno termina de leer con la seguridad de haber estado en contacto con la vida misma y, simultáneamente, con un conjunto de dilemas existenciales.

Lo que resta del día: La presentación de Stevens

"Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda por la cabeza. La haré yo solo, en el cómodo Ford de míster Farraday. Según la he planeado, me permitirá llegar hasta el oeste del país a través de los más bellos paisajes de Inglaterra y seguramente me mantendrá alejado de Darlington Hall durante al menos cinco o seis días. Debo decir que la idea se me ocurrió a raíz de una sugerencia de lo más amable de míster Farraday, hace casi dos semanas, una tarde en que estaba en la biblioteca quitando el polvo de los retratos.
 
Según recuerdo, me encontraba en lo alto de la escalera limpiando el retrato del vizconde de Wetherby cuando mi patrón entró en la biblioteca llevando unos libros, 
Al parecer con la intención de devolverlos a sus estantes. Al verme, aprovechó la ocasión para decirme que acababa de ultimar sus planes para hacer un viaje a los Estados Unidos de cinco semanas entre los meses de agosto y septiembre. Seguidamente, dejó los libros en su mesa, se sentó en la chaise-longue y, estirando las piernas, me dijo mirándome a los ojos: 

-Como comprenderá, Stevens, no voy a exigirle que se quede usted encerrado en esta casa todo el tiempo que yo esté fuera. He pensado que podría coger el coche y pasar unos días fuera. Creo que un descanso no le iría nada mal. 

Al hacerme esta sugerencia tan repentinamente, no supe qué responder. Recuerdo que le agradecí su amabilidad, pero es bastante probable que sólo dijera vaguedades, ya que mi patrón prosiguió: 

-Le hablo en serio, Stevens. Creo sinceramente que debería tomarse un descanso. Yo pagaré la gasolina. Ustedes los mayordomos siempre están encerrados en mansiones como ésta al servicio de los demás. ¿Cómo se las arreglan para conocer las bellezas que encierra su país? 

No era la primera vez que mi patrón me formulaba esta pregunta. Se trata de una cuestión que, sin duda, le preocupa profundamente. En esta ocasión, allá en lo alto de la escalera, la respuesta que se me ocurrió fue que todos los que nos dedicamos a esta profesión, aunque no viésemos el país, entendiendo por ver el conocer el paisaje y visitar rincones pintorescos, en realidad "veíamos” Inglaterra más que la gran mayoría, empleados como estábamos en casas donde se reunían las damas y los caballeros más importantes del país. Evidentemente, para expresar estos pensamientos habría tenido que dirigir a mister Farraday un discurso más bien pedante, y por este motivo me contenté con decirle: 

-Señor, considero que durante todos estos años, sin salir de esta casa, he tenido el privilegio de ver lo mejor de Inglaterra.”



 

4
0

También te puede interesar: