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Letra 7

Quien mucho muerde poco traga

“Se puede afirmar que si una película es, en metáfora, muy parecida a un árbol, entonces Las malcogidas es un arbusto tupido”.

Quien mucho muerde poco traga
Daniel Averanga Montiel Escritor

Mientras veía Las malcogidas (D. Arancibia, 2017), no podía evitar pensar en ¿Quién mató a la llamita blanca? (R. Bellot, 2006) y Sena Quina: La inmortalidad del cangrejo (P. Agazzi, 2005); quizá porque las tres películas intentaban construir un humor digno de recordarse. 

Pero, esperen, estas comparaciones no son de contenido, porque Las malcogidas intenta, a su modo, una apertura temática (amor de familia, reivindicación LGBT, cuestionamiento al amor romántico) en una caótica construcción llena de capas y capas de temas trasversales que en ciertos momentos no logran resolverse de manera lógica, o si lo logran, lo hacen apresuradamente.

La obra también me hizo pensar en la mítica Good Bye Lenin! (W. Becker, 2003) y la serie de televisión Aida (N. García, 2005-2014).

Claro que cuando una película está bien construida no te la pasas extrañando a otras películas mientras la estás viendo. Una vez que sales de la sala de proyección dices: "¡Caracho! Pues esto me ha hecho recuerdo a esta película, y...”.

Cosa distinta ocurre cuando la película es difícil de analizar en todas sus capas y, aunque ha sido hecha con amor, lo que debiera ser un punto a favor, termina transformándose, quizá por eso mismo, de un producto ambicioso en otro pretencioso.

Las malcogidas presenta a tres personas llamadas Carmen (uno, el hermano trans, es Karmen), y una temática que si bien es invisible, se percibe desde el principio y acompaña, como el cadáver pudriéndose sobre la espalda del que lo lleva, al inevitable final: la búsqueda de la felicidad. 

Ese conflicto se dispersa de pronto en las situaciones casi calcadas de series de televisión como la mencionada Aida, y de escenas que recuerdan (perdón) al Diario de Bridget Jones.

No me malinterpreten: la felicidad nunca se nombra en la película, pero está ahí: Karmen lucha por ser aceptada -así, con a en el final-; Carmen, la "mayor” (pero a mí me pareció la más juvenil del trío) lucha por olvidar que nunca ha gozado de un orgasmo, y la última Carmen (quien sinceramente hace el esfuerzo para verse gorda, patética, inofensiva) lucha contra la tradición familiar carente de placer, contra su cuerpo, contra el poder machista falocéntrico impositor, y hasta contra la individualización de su personaje, pues en ciertos momentos parece que habla por todas las mujeres con sobrepeso que tienen por vecinos a tipos que parecen hermanitos del Alejandro Delius.

La historia

Una referencia más: la película me hizo suspirar por el recuerdo de El ladrón de bicicletas (V. de Sica, 1948). ¿Y por qué vinculo una película tan dramática como esta última con una comedia "escandalosa”? Por la "historia”. 

Vittorio de Sica contrató a seis guionistas para El ladrón de bicicletas, y después de despedir a cinco, se quedó con el que menos lo cuestionaba; en cierto momento De Sica le dijo: "El guión no importa al final, lo que sí interesa es la historia; si la historia no funciona, ni un guión escrito por Víctor Hugo en este tiempo hubiera podido funcionar”.

En todas las referencias que he mencionado en este artículo, el trabajo de los guionistas se apoyó en la construcción de la historia, y cada historia estaba centrada en un punto: hablar del capitalismo más ácido y perverso visto desde una familia de la clase media (Good Bye Lenin!), el intento por sobrevivir a una inversión para ganarse el amor de una pareja (Sena Quina: la inmortalidad del cangrejo), el accionar de dos malhechores que bien pueden ser superhéroes dentro de su propia y caótica realidad (¿Quién mató a la llamita blanca?), o  la necesidad de una bicicleta en el cotidiano de una persona (El ladrón de bicicletas)... La cosa no está en morder más de lo que se puede tragar y Las malcogidas intenta "tragar” un sinfín de temáticas que al final se sienten dispersas (¿hay un historia central?). Se puede afirmar que si una película es, en metáfora, muy parecida a un árbol, entonces Las malcogidas es un arbusto tupido.

Se trata de una "comedia de escalera” en la cual se reemplaza la realidad de los protagonistas por una escalera de un edificio sin ascensor, y en donde todos los vecinos se cruzan constantemente y dialogan sobre sus realidades, sus preocupaciones y sus sueños truncos...  Pero fue diseñada solamente para ese circulito de gente que se sentirá identificada con los personajes y dirá: "Así es mi realidad, también lo quiero al Saxoman y me tomo en la Chopería y también me he sentido gordo y atraído por un imposible”. 

Dos actuaciones sobresalen en esta construcción "victimista” y "valiente”, la de Bernardo Arancibia como Karmen y la de Marta  Monzón, como la abuela.

En suma, una comedia hecha con amor y con esfuerzo, pero en la que el guión hace lo que puede (y falla) con una historia "malpensada” y "biencogida por los cabellos”, que bien podría haber servido para un capítulo de Aida o los primeros veinte (no, quince) minutos de ¿Quién mató a la llamita blanca?, pero no da para una película entera.

Esperemos que dentro de siete años (la diferencia entre su primera película y esta) Arancibia logre sacar algo que no me haga extrañar a mejores producciones, mejor que este esfuerzo lleno de corazón y vacío de orgasmos.

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