Opinión

Autopsia del fraude

Un paseo por los barrios bajos de la actualidad. Opiniones sobre los casos de corrupción que agitan la opinión estos días, inclusive el muy reciente de los Paradise papers.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 03:00:00 a.m.
Jorge Patiño Sarcinelli Escritor

De tres de los usos tradicionales del dinero: gasto, ahorro y robo (en sus muchas variantes), el último es el que normalmente captura periódicamente la atención de prensa y público. Estamos ahora en uno de esos periodos de gran atención noticiosa sobre fechorías confesadas y alegadas con dineros propios y ajenos. 

Estábamos recién saliendo del caso Pay Diamond –ya bajo los cuidados de la ASFI– y del affaire de los Panama papers –todavía en investigación en el Congreso– cuando estalla la bomba del desfalco en el Banco Unión y, llovido sobre mojado, estos días se difunde un nuevo caso de grandes dineros de famosos inversionistas en paraísos fiscales: el llamado caso de los Paradise papers.

A pesar de que todos estos episodios tienen en común el dinero como materia del delito real o sospechado, hay confusiones y precisiones importantes que, sin querer subestimar la educación financiera de periodistas y lectores, me parece que valen la pena revisar para poder seguirlos analizando correctamente y para que la noticia informe en lugar de confundir. 

El Banco Unión

Aunque hay una confesión de parte que parece haber sido generosa –tal vez demasiado locuaz para ser completamente creíble–, el episodio del desfalco en el Banco Unión y la secuencia de delitos cometidos no han sido del todo aclarados. A cada día crece la cadena de presuntos culpables y presos. "Irán toditos a la cárcel”  ha dicho el Vice.  Como uno de los implicados es un yatiri, anticipamos una cacería de brujos. 

Se sabe, o yo al menos creo haber entendido, que se han sustraído 37 millones de bolivianos de las bóvedas del banco vía una agencia en Batallas. Circulan versiones que dicen que no todo ese dinero era realmente del banco, y que parte estaba ahí siendo apenas guardada, como quien deja bienes en un almacén. Si no era del banco, ¿a quién pertenecía? Alguien ha mencionado un hueco en el banco de seis millones. ¿Es esa la parte del banco?

Se ha criticado al exministro Arce por haber dicho que el monto del desfalco era relativamente menor (u otras palabras a ese efecto). Me parece que Arce se refería a que es menor en relación al patrimonio del banco, pero se puede hacer otra comparación relevante: si un banco tan mal administrado (como éste parece ser) se equivoca en la otorgación de créditos en 10% del monto prestado –lo que no parece mucho– el hueco en el banco sería de unas 10 veces mayor al desfalco de Pari.

Es decir, Arce tendría nomás razón. Habrá que ver. Los créditos fantasma ya han comenzado a aparecer y la investigación a fondo de este caso pondrá a prueba la independencia de la entidad supervisora que depende en última instancia de la misma persona que controla el banco. 

Paraísos offshore

Cada vez que aparece una lista de personas que tienen alguna relación con los llamados paraísos offshore, parece que se trata de una lista de mafiosos que deben dar explicaciones por el origen de su dinero. De hecho, cuando se ve el detalle de las revelaciones, muchos de ellos tienen esas cuentas afuera porque tienen algo que ocultar; para muchos la palabra offshore ya es sinónimo de delito. 

Sin embargo, es importante distinguir entre el origen del dinero, el vehículo donde se lo guarda y el destino del dinero. Por ejemplo, una persona podría ganar recursos legítimamente y pagar impuestos en su país sobre estas ganancias, pero transferir esos dineros a una empresa en otro lugar, un paraíso fiscal, digamos. Esa empresa offshore podría a su vez invertir el dinero en cualquier otro lugar: típicamente no es en el paraíso mismo. Incluso hay personas que prefieren tener propiedades en su propio país a nombre de empresas en el exterior. Nada de esto implica delito necesariamente.

Dos aspectos principalmente molestan al público en general con relación a estos paraísos: la opacidad de la propiedad y la reducción o evasión de impuestos. La necesidad de opacidad puede que sea legítima en algunos casos, pero en la mayoría se trata de personas que no quieren que se sepa que tienen esos dineros por miedo a extorsiones, porque el dinero es mal habido, o porque está siendo mal utilizado.

Supongamos, por ejemplo, que un grupo de funcionarios está por recibir una cuantiosa comisión que le corresponde por una contratación directa. ¿Qué le dicen al chino que pregunta dónde manda? Lo más fácil es darle la cuenta de la empresa Flor de Corruptos S. A. basada en uno de esos paraísos y cuyos socios nadie conoce, desde donde hacen lo que quieren; idealmente de manera discreta.

Pero no olvidemos que ése es sólo uno de los casos posibles. Es también posible que el dinero haya sido bien habido y haya pagado impuestos, pero necesita ser usado para fines contrarios a la noble causa que defiende el dueño en público. En ese caso, la opacidad también es útil. Sin embargo, opacidad y deseo de anonimato no son lo mismo que evasión o fraude, aunque puedan servir para ocultarlos. Es decir, en cada caso hay que ver si hay delito y de qué tipo se trata.

Otros carnavales

Trampas y fraudes cometidos para beneficiarse del dinero ajeno son noticia de tanto en tanto. El más reciente caso sonado es el de Pay Diamond en el que, hasta donde se puede saber, ciertos individuos ofrecían oportunidades de inversión en proyectos fabulosos con magníficas rentabilidades. Como sucede en estos esquemas demasiado buenos para ser verdaderos es que nunca lo son. Lo trágico es que siempre hay inocentes que se creen el cuento y pierden ahorros de una vida en el intento.

Como éste hubo muchos. FINSA en Bolivia y el caso Madoff en Estados Unidos vienen a la memoria. Incluso hay quienes alegan que algunos bancos –todos los bancos dicen los más cínicos- son formas de robo organizado, y esto refleja la enorme suspicacia que existe cuando hay personas que se enriquecen con el dinero ajeno cediendo a la tentación de hacerlo inescrupulosa o abusivamente. 

La creatividad de la gente para inventar esquemas, la falta de escrúpulos de los muchos pícaros de este mundo y la inocencia e ignorancia de la gente son una combinación maravillosa para que florezcan estos esquemas con consecuencias dramáticas para los afectados. 

La filosofía ultra liberal, según la cual las leyes del mercado deberían bastar –"Es cuestión de que la gente aprenda y no caerá más”– no funciona; está visto. La única respuesta razonable es que se difunda información veraz y completa y que la vigilancia efectuada por una entidad estatal sea eficaz, independiente y creíble; aspectos que serán puestos a prueba en el caso del Banco Unión y otros en el futuro.