Letra 7

Dos decenas de percepciones sobre el Che

Presentación del libro El Che. Miradas personales publicado hace poco por Plural.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Robert Brockmann  Escritor

 

 

Debemos comenzar admitiendo que todos, admiradores y detractores, le seguiremos contando sobre el Che a nuestros nietos. El Che es uno de los dos personajes universales que dejaron huella en nuestra historia –en diferente medida y distancia–, el otro es Ernst Röhm. 

En el mundo occidental, se dice que todas las personas de aquella generación con la suficiente edad recuerdan dónde estaban cuando se enteraron que John Kennedy había sido asesinado. En nuestro caso, la generación que tiene la suficiente edad se acuerda dónde estaba cuando se enteró de la muerte del Che. 

El libro que se presenta hoy, El Che. Miradas personales, es un corte transversal y transgeneracional de percepciones acerca del personaje. 

Alfonso Gumucio da el tono al conjunto de la obra al decir que todos tenemos algo que ver con el Che Guevara. Todos influenciados, todos tocados, generacionalmente, en mayor o menor manera, por el Che. Somos generaciones que vivieron durante su gesta. Todavía viven muchos de sus contemporáneos. 

En la obra, todos, o la mayoría, en algún momento comparamos a Guevara con Cristo. Carlos Mesa y Verónica Ormachea tocan lo crístico de Guevara y su cuasi transformación en figura religiosa –y a su profeta-mártir, Néstor Paz–.

Sobre aquellos que lo transformaron en un sucedáneo de religión, Inés Gonzáles Salas nos ilustra con un relato orwelliano ficticio, pero que podría ser real: unas reliquias del Che –que ni siquiera son auténticas– son veneradas y provocan aumentos en la producción de los pueblos cubanos donde son exhibidas, mientras sus exaltadores desprecian la religión. La obra de Gonzalo Lema también versa sobre la obsesión por reliquias de la guerrilla, en clave de novela negra.  

Amalia Decker atestigua que en esa generación no fueron pocos los que llegaron a creer con celo inquisitorial en esa religión, pero que la inmensa mayoría abandonaron esa Iglesia, por el fracaso de la visión y porque la realidad es porfiada y el mundo no está gobernado por ineptos Fulgencios. 

Otros, nunca creímos. Wilmer Urrelo, desde su libertad libérrima, dice que el Che Guevara nunca le impresionó, que "hombre nuevo, mis huevos” y que, a la primera pretensión de autoritarismo, le hubiera dicho "andá a ordenarle pendejadas a tu madre, gaucho”. 

Para Alfonso Gumucio, el Che está tan omnipresente, de maneras tan superficiales, que ha sido completamente vaciado de contenido. Aquellos que visten poleras del Che, aquellos que tienen el celebérrimo póster del Che en sus paredes, apenas si han leído algo o saben algo del guerrillero argentino cubano.

El Che se ha ganado a su grey mediante su imagen heroico-romántica y mediante la repetición ad nauseam de frases sensibleras como aquello de "Hay que endurecerse, pero sin perder la ternura”. 

Pero la memoria selectiva de su feligresía olvida adrede frases como ésta: el Che también dijo que "Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro”.

Para los bolivianos, el Che está todavía demasiado cercano en el tiempo. La mayoría de nosotros todavía lo considera un santo o un asesino. Todavía falta que el tiempo asiente el poso de su verdadero significado. Ello, probablemente, no sucederá en el tiempo en el que alguno de nosotros todavía estemos vivos.