Letra 7

La maldición de Troya

Un delicioso ensayo sobre una guerra (real y ficticia) que el pueblo griego designó como fuente de su orgullo, identidad y religión nacionales.
La maldición de Troya
Reconstrucción de Troya.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Óscar E. Jordán Arandia Escritor

Primero, era un mito, una leyenda, un lugar imaginario. Los descubrimientos arqueológicos, poco a poco, revelaron que la ciudad de Troya sí existió y, por lo tanto, los sucesos que se narran en La Ilíada y la Odisea ocurrieron de verdad, tal vez, no como los cuenta Homero… o tal vez sí.

En todo caso, para los griegos de la época de Homero acordarse de los infortunios que sufrieron los aqueos a causa de sus propias "locuras” durante la guerra de Troya les enseña que los mortales, con sus acciones desenfrenadas, se ganan la maldición de los dioses.

La guerra de Troya fue retratada por Homero en la  Ilíada y la  Odisea  no sólo de una forma poética sino como relatos constitutivos de la formación cultural de todo el pueblo griego y de casi toda sociedad letrada de su época. 

Ambas obras abordan en su espíritu enseñanzas en torno a lo acontecido en esa guerra memorable y dan cuenta de la importancia que en ese entonces se daba a la forma de actuar, de vivir, morir y matar siempre en función a la fama, el honor y la gloria. 

Algunos datos históricos

Hasta el siglo XVII, los historiógrafos de los antiguos griegos pensaban que los hechos de la guerra de Troya que Homero relató habían tenido lugar entre los siglos XIII y XII a. C. Aún no se tiene pruebas fehacientes que ese suceso haya ocurrido de verdad. Se trata de un conflicto bélico en el que se enfrentaron los ejércitos aqueos contra la ciudad de Troya (también llamada Ilión, ubicada en Asia Menor) y sus aliados.

Las suposiciones respecto a la fecha y ubicación de esta guerra se convirtieron en evidencias históricas en 1870, cuando el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann excavó la colina de Hisarlik, donde creía que estaba la ciudad de Troya, y halló los restos de la antigua ciudad de Nueva Ilión, bajo la cual halló otras ruinas, y debajo de éstas, otras más. Ahora se sabe que Troya estuvo habitada desde principios del III milenio a. C. y el sitio arqueológico de Troya –declarado en 1998 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco– está en la actual provincia turca de Çanakkale, junto al estrecho de los Dardanelos (Helesponto) y ocupa una posición estratégica en el acceso al Mar Negro.

Lo que no se sabe a ciencia cierta aún es la veracidad de la guerra narrada por Homero. Los que piensan que los poemas épicos de la guerra de Troya derivan de algún conflicto real fechan éste entre 1300 a. C. y el 1100 a. C. Sin embargo, la Marmor Parium o Crónica de Paros –una tabla encontrada en la isla griega de Paros y que abarca una cronología de hechos importantes y un listado de héroes y reyes desde 1582 a. C. hasta el año 264 a. C.– fecha la guerra de Troya entre el 1219 y el 1209 a. C.

Lo que nos cuenta Homero

Lo que sucedió en Troya, según las obras de Homero, se puede resumir así:
La guerra de Troya se inicia cuando Paris, hijo del rey de Troya, Príamo, rapta a la hermosa Helena, esposa de Menelao. Él y su hermano Agamenón convocan a todos los caudillos aqueos para organizar un ataque contra Troya y eligen a Agamenón como el comandante en jefe de esta gloriosa e histórica contienda.

Pero nada relacionado con Troya tenía los vaticinios correctos. Sólo hacer todos los preparativos para recorrer cientos de kilómetros por mar llevó a los aqueos dos años. Se narra que Agamenón mató un ciervo que estaba consagrado a Artemisa, y además provocó la cólera de la diosa con palabras irreverentes. Artemisa envió al ejército griego una peste y además hizo que los vientos se volvieran inexistentes, lo que ocasionó el retraso de la partida hacia Troya. Los oráculos fueron consultados y les revelaron el origen de la ira de Artemisa, además de la forma como ésta podría ser aplacada. La respuesta no fue nada agradable para Agamenón, ya que la diosa exigía la vida de Ifigenia, su hija, en sacrificio.

En medio de constantes sueños, predicciones, adivinaciones y sacrificios, la guerra de Troya duró 10 años, en los cuales los guerreros pasaron una serie de aventuras matando y librándose de morir. Finalmente, la astucia de Odiseo llevó a los aqueos a ganar la guerra; por un lado, junto a Diomedes, entró en Troya disfrazado de mendigo y consiguió robar la imagen de Atenea, con la que los troyanos se aseguraban casi la invencibilidad. Y por otro se le atribuye a Odiseo la construcción del caballo de madera en cuyo interior se alojaron 30 guerreros escogidos, mientras los demás simulaban poner fin al asedio, lo que habría de motivar la caída de Troya. 

Los aqueos logran conquistar Troya pero el comportamiento desenfrenado (violaciones, saqueos, asesinatos, robos y un sinfín de etcéteras), antes, durante y después de haber conquistado la ciudad de Príamo, los llevó a sufrir una serie de contratiempos, creados por los dioses.

El castigo consistió en que la mayoría de los que participaron en la guerra murieron y los demás volvieron a su patria "solos, en nave ajena y sin riquezas”, además de haber tardado años en superar los infortunios que les esperaban en la vuelta. El que más sufrió fue Odiseo, quien sólo pudo regresar después de 10 años.

Mea culpa

Con frecuencia somos los únicos culpables de nuestras desgracias y nos es mucho más fácil responsabilizar a otros en lugar de hacernos responsables de las acciones que realizamos.

"Maldita suerte la mía”, dice el evasor de impuestos cuando le cae la renta; o el transeúnte que pisa caca de perro porque estaba distraído con su celular; o el esposo que es capturado in fraganti mandando mensajes calientes a su secretaria.

Culpar a los otros es lo más cómodo y fácil porque nos permite reafirmar que no estamos equivocados, y que si algo salió mal es porque los demás intervinieron para que eso suceda. No cuestionamos nuestras decisiones para no crearnos un conflicto moral. La duda respecto a lo que es o no correcto implica una postura ética, basada en lo que consideramos bueno o malo. Y ese tema es más que escabroso.

Por eso, como los aqueos, muchas veces nos llega sobre la cabeza la ira de los dioses, bien merecidamente.