Opinión

Otras empresas públicas son posibles

El ex Delegado para la Revisión y la Mejora de la Capitalización (2004-2005) evalúa por qué las empresas públicas están volviendo a fracasar y cuál es el diseño que les convendría en un país como Bolivia.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Francesco Zaratti Analista
 
Los recientes escándalos que han sacudido a varias empresas públicas como YPFB, Banco Unión, Emapa, Entel y las militares, entre otras, no interpelan qué ha fallado en el retorno del Estado al protagonismo en la economía nacional.

Esta vez no han fallado las finanzas: nunca hubo tanto dinero disponible y entregado a manos llenas para hacer andar éstas y otras empresas. Tampoco ha faltado la voluntad política de apoyar y "proteger” de mil maneras el desarrollo de esas empresas mediante monopolios, discrecionalidad y ocultamiento de información, normas, prohibiciones y regulaciones ad hoc. Ni duda cabe que ha fallado el recurso humano, debido a que varias empresas han caído en manos del denominado "cártel de la ineptitud”. 

Mal diseño de partida

Sin embargo, lo que realmente ha fallado, a mi criterio, es el diseño institucional para crear empresas modernas. De hecho se ha reproducido en las empresas públicas, casi sin cambios, aunque con mucho más dinero, el esquema de funcionamiento anterior a las privatizaciones y capitalizaciones, sin analizar las causas del fracaso de ayer (ineficiencia, influencia política, planillas abultadas, falta de controles, ausencia de transparencia, entre otros) que, a la larga, se convertirían en el fracaso de mañana.

En el "Gobierno de Ciudadanos” de Carlos Mesa G. (2003-2005), al cual me honré de colaborar desde la Delegación para la Revisión y Mejora de la Capitalización, avizoramos el cambio de ciclo hacia una mayor participación del Estado en la economía y afrontamos el desafío de repensar la modalidad de dicha participación, sin caer de nuevo en los errores del pasado. En el fondo, buscábamos que el Estado volviera a actuar, empezando por la refundación de YPFB, pero responsablemente y acorde con la experiencia del pasado y el nuevo contexto mundial.

Ante la visión "estalinista” de los representantes del MAS en la redacción de la nueva Ley de Hidrocarburos, defendimos un modelo mixto para YPFB: una empresa refundada casi desde cero, pero sobre nuevos cimientos, con una "dote” (las áreas reservadas para explorar y explotar) que serviría de contrapartida para constituir una empresa mixta eficiente, incluso con la participación accionaria del ciudadano/ahorrista común y corriente, convertido en socio de "su” empresa, siguiendo el modelo de Ecopetrol. 

YPFB, en plena agonía capitalizadora, no estaba -no lo estuvo hace 12 años ni lo está hoy- en condiciones de operar como una empresa autónoma en un mundo petrolero mucho más técnico, competitivo y complejo que el de sus tiempos gloriosos.

Pero todos los argumentos fueron inútiles ante la tozudez estatista del MAS y al objetivo insano de Nueva Fuerza Republicana  de aprobar la peor ley  posible para precipitar la caída del gobierno de Carlos Mesa (Dante Pino dixit), seguramente con la seguridad de sucederle.

El diseño francés

No obstante, la reflexión generada internamente en la Delegación llevó a proponer un diseño general de empresas públicas que las resguardara de las taras del estatismo de antaño.
 
Consideramos diferentes experiencias internacionales y nos quedamos con el diseño francés de las participaciones estatales mixtas.

Ese diseño básicamente implica que el gobierno de las empresas (directores y síndicos) tenga mayoría estatal, debido a que debe reflejar las políticas de Estado, pero la ejecución (los gerentes) esté en manos de los socios privados, debido a que éstos garantizan, a priori, mayor eficiencia y autonomía.

Sin embargo, aplicar ese modelo en Bolivia conllevaba un problema: ¿dónde hallar los directores y síndicos aptos para defender los intereses del Estado y de sus empresas? De hecho, el modelo se aplicaba, de alguna manera, también a las empresas capitalizadas. Solo que el Estado, a nombre de los "dueños”, elegía a su regalado gusto a los directores de esas empresas. (Recuerdo pedidos de gente conocida para que los nombrara para esos cargos, a pesar de que esa decisión no me correspondía).

Una Agencia de Participaciones Estatales

Propusimos entonces la creación de la Agencia Nacional de Participaciones Estatales (ANPE), con el fin de administrar el sistema de empresas públicas con dos medidas principales: un escalafón nacional de directores, formado vía capacitación, evaluación y ascensos graduales, y un mecanismo de control y seguimiento de la performance de las empresas y del destino de las utilidades, en un contexto de transparencia de la información.

El proyecto se encontraba en la etapa de retoques finales cuando el presidente Mesa renunció a su cargo. Por la relevancia del tema y por mi responsabilidad con el país, compartí en una entrevista con el Ministro de la Presidencia del nuevo Gobierno el trabajo realizado y los objetivos de lo que consideraba una real "mejora” del pasado ante lo que se veía llegar, haciendo entrega de la documentación elaborada.

Sin embargo, o porque ese señor no entendió el problema o porque su gobierno estaba abocado en desmantelar misiles, o por otra razón que desconozco, el asunto no tuvo seguimiento y se perdió una posibilidad de perfeccionar un diseño que hubiese sido útil a cualquier gobierno con veleidades estatistas. Dicho sea de paso, desconozco el destino final de computadoras, discos duros y una enorme cantidad de información actualmente requerida por estudiosos e inquisidores de la capitalización. Todos los activos fueron entregados junto a la oficina de la Delegación cesada por ese mismo Gobierno.

En fin, frente a la crisis terminal de las empresas públicas masistas, he querido recordar esta historia por dos razones: para sugerir a los tuiteros oficialistas (anónimos, las más de las veces) para que lean y conozcan la historia pasada antes de criticar lo que se hizo para superar la etapa de la Capitalización con medidas razonables y de largo alcance; pero, sobre todo, para mostrar que otras empresas públicas eran posibles, si se hubiese tenido la humildad de no considerarse los "adanes” de la economía y de la administración pública.