Letra 7

Dos paisajes con montaña

”Si la perdiste, si la has olvidado, si te empecinas y no la encuentras, si alguien, muchos, buscan ocultártela, la montaña te la brinda, la montaña te la entrega victoriosa, limpia, luminosa”.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Pablo Cingolani Escritor

Paisaje con nieve 

"¡Por qué me ha olvidao el río/ que en el verano cantaba…!”, clama el pastor de poncho puyo en medio de la puna nevada, camino del abra, con su majada. Ese clamor y esta historia están labradas dentro de un poema de Atahualpa Yupanqui titulado   Paisaje con nieve y que está incluido en ese libro que conmueve y es imprescindible:  El payador perseguido.

No hay mucho más que lo anotado: un cóndor, tan solitario como el pastor, una luna que murió sin besar la madrugada, una casa donde las quenas están calladas. No hay mucho más que eso: la puna, la nieve, un rastro en la nieve, el sendero al abra, el ganado y el hombre, solo, que implora: "¡Por qué me ha olvidao el río/ que en el verano cantaba…!”. No hay nada más que eso y, sin embargo, allí está todo, allí hay un mundo, un mundo que sólo la poesía puede encontrar, retratar, recobrar, volver eterno.

Atahualpa Yupanqui es una voz fundacional de  Argentina, es una voz primordial que, desde el sur del sur, se brinda y se vierte en el gran cauce de la música, el canto y la poética de nuestra América, esa América de las montañas abruptas y los ríos profundos, esa América que se refleja en el rostro de ese pueblo, morador de esos montes y esas aguas y que es la esencia de lo que somos -nuestra raíz, nuestro cordón umbilical- y que hoy, tantas veces, nos olvidamos.

Atahualpa nos recuerda siempre eso. Somos de aquí  y aunque no haya nada más que eso -el pastor y la nieve, el cóndor y la luna de la puna- ¿qué más queremos para ser felices sintiendo ese arraigo? Cuando entendamos, o volvamos a entender, que esa es la matriz fecunda de nuestra América no vamos a mirar más hacia otro lado sino siempre hacia adentro, donde está todo lo que queremos, lo que estamos siendo, lo que necesitamos para seguir estando: esa puna nevada, camino del abra, que no es más que esa huella que te conduce a la vida, siempre a la vida, a la vida fuerte, a la vida plena, como sólo es posible sentirla en nuestra América profunda.

Esa vida, como diría otro grande, otra alma palpitante como fue el alma de don Sixto Palavecino, esa vida que se parece tanto al destino que da gusto seguirlo, sin penas en el corazón, sin ese dolor que carcome. Por eso,  "Don Ata” culmina su poema con un incitación a la esperanza: no está solo el hombre, no estamos solos. Está el canto, está la poesía, para acompañarnos:
 
Apenas un caminito
sobre la puna nevada.
… 
 
Un pastor, de poncho puyo
yendo, camino del abra.
… 
 
¡Y una canción, tiritando
por detrás de las majadas!
 
Al final, te vas a dar cuenta que esa vida, la vida noble, siempre te procura alegrías: cuando regrese el verano, el río volverá a cantar para el pastor y para todos nosotros. Eso sí: si nos animamos a escucharlo.
 
La  montaña sobrecoge

Escuchar el inmemorial silencio que la habita es acceder a un mundo de asperezas, de hostilidades, de acechanzas tan entrañables y del cual es tan arduo regresar que uno cede, va cediendo, al hechizo y deja, va dejando, que la piedra que forja a la piedra, la piedra más eterna, que fragua el corazón de la montaña, te penetre, ingrese tan adentro tuyo que ya nunca más puede abandonarte.

Y vas, vas con ese blindaje geológico, estético, espiritual, ese andamiaje de la elevación, de la mística que se eleva, vuela, sin desmayo, vas, vas, vas sabiendo, sintiendo que la montaña es ese ardor en los labios que siempre precipita la sed, la búsqueda por saciarla, el empecinamiento, el combate, la ilusión, el hallazgo, la pasión que se encauza, se fortalece ladera abajo, se vuelve cada vez más brava, más viva, más riesgosa, se torna imparable, colmada de fervor y de encanto.

Es la piedra, es la montaña, la potencia que maravilla lo áspero y lo hostil y lo transforma en algo tan amable que intentar describirlo es arañarlo, es lamer el viento, es arena que se escurre de tus manos, es el recuerdo de un brillo.

La montaña sobrecoge

Y ese sentimiento debes vivirlo, respirarlo, dejarlo entrar. Si no es así, jamás sabrás qué se siente saberte poseído por eso que desmiente la pequeñez, lo fútil, lo absurdo de tantas estrecheces que acosan la mirada, el aliento, el destino.

Si no es así, nunca sentirás eso que vibra inmóvil cuando tras que todos los celajes revientan y la belleza se esparce en gotas de magia que inoculan travesías y deseos, eso que se agita enmudeciéndote estalla en esa hora nona donde los duendes despiertan a las lagartijas y juntos cortejan peñascos y abismos.

La serena majestad de la montaña no está solo allí para conmoverte: está allí para arrasar, como un huayco rebelde y redentor, ese desatinado espejo, ese frenesí sin pausa, ese cinismo que ya no ceja y demuele, va demoliendo, todos los iconos y todas las certezas.

Si la perdiste, si la has olvidado, si te empecinas y no la encuentras, si alguien, muchos, buscan  ocultártela, la montaña te la brinda, la montaña te la entrega victoriosa, limpia, luminosa. Al alba, la noche se exilia con todas las dudas. Amanece. La montaña, generosa, te devuelve la fe.