Letra 7

98 segundos sin sombra

Una favorable lectura de la novela de Giovanna Rivero, que llega a compararla con Houellebecq y Salinger.
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Mauricio Rodríguez Crítico

Entre Maximiliano Barrientos y Giovanna Rivero hay siete años de diferencia. No diré quién es mayor para evitar resquemores (les doy una pista: en las solapas de sus libros encontrarán la respuesta). Si Barrientos crea un mundo, Rivero crea personajes. Y los dos intentan definir la identidad del cruceño (mejor: del boliviano).

¿Cómo lo hace Rivero?

Con una novela imprescindible: 98 segundos sin sombra. 

Debo decir que empecé a leer esta novela con ciertas dudas por los anteriores libros de Rivero (Para comerte mejor o Las Camaleonas). Pero desde la primera plana éste no sólo llenó mis expectativas, sino me calló la boca. Y además (de yapa), su novela me pareció un muy buen taller de escritura para quienes quieren convertirse en escritores.

Empecemos con un resumen de rigor: Genoveva Bravo Genovés es una adolescente que odia a su padre y ama a su hermano y a su abuela y a su madre (el ranking está armado de mayor a menor).
 
Su amiga tiene anorexia y se enamora de un profesor que hace viajes astrales. Digamos que es una versión del Cazador oculto (de Salinger) depurado. Es la novela de la rebeldía (y autoconocimiento) que hacía falta en Bolivia.

Taller de escritura, según Giovanna Rivero:

1. Construye un personaje memorable (al menos en las 20 primeras páginas). Ése es el sostén de la novela, no la trama. La trama (al igual que en el Quijote, sirve para enfrentar al héroe con su mundo) deviene del deseo del personaje. No al revés.

2. Construye un personaje memorable a través de otro personaje: el narrador. El narrador es el mundo para el personaje principal. Es Dios que nos habla. Es el tono, es el ritmo para la novela. Es la forma en que se muestra un mundo hecho de palabras. 

3. Construye un personaje memorable a través de los diálogos: los diálogos no están para dar datos historiográficos o decir cómo es el mundo en la novela. Están para generar tensión entre los personajes, para mostrar un punto de vista, una perspectiva. Están para atacar o contratacar. 

Hay una escena en la que Rivero define nuestra identidad (de bolivianos, algo que no pudieron hacer los escritores pos-Guerra del Chaco). El profesor de Genoveva es un migrante occidental (¿La Paz?, ¿Oruro?, ¿Potosí?). Tiene un diente de oro que se le cayó en el césped. El profesor es soberbio (se llama Quishpe, chiste racista), egoísta, se cree el centro del mundo. Una adolescente encuentra el diente y se lo da: como un regalo (esta misma adolescente u otra, le ofrece la virginidad, por nota). 

Rivero nos dice con su novela: "La novela no debería ser un cúmulo de guiños e intertextos: la novela no debería ser un pastiche: la novela no debería ser pura trama, con personajes mal estructurados: la novela debería guardar cierta distancia de la doctrina de la academia”. Mejor: del academicismo (la academia no es mala por sí misma hasta que se convierte en una religión o secta o grupo de autoayuda, lleno de acólitos).

Giovanna Rivero no sólo es profunda en la superficialidad, sino que es incisiva. Hasta hay momentos en que tiene algo de Houellebecq: lo incorrecto lo hace aceptable (leer la escena de Genoveva con la abuela, antes de morir). 

Tal vez en occidente nuestros escritores son como Quishpe: ciegos ante la búsqueda del oro (y así nos quedamos atrás).