Letra 7

Viajes de padre e hijo junto a los Transformers

Un padre y un hijo que tienen, como buenos ??onerds???, un doctorado en una franquicia de la industria del entretenimiento. Su encuentro por encima del tiempo. Lo que eso nos puede enseñar de la cultura de hoy y también de la paternidad...
domingo, 12 de noviembre de 2017 · 02:00:00 a.m.
Jorge Luna Ortuño Filósofo

La aparición de las películas de Michael Bay sobre los  Transformers  ha sido una total bendición para el mundo de los niños, de los coleccionistas, de los fans incondicionales, de los amantes de videojuegos asombrosos, y de los nostálgicos de la década de los 80. Además, lo obvio, grandes flujos de dinero se movilizaron en la industria del entretenimiento gracias a esta franquicia que se había relegado a objeto de culto para coleccionistas.

Pero hay más de lo que vemos con nuestros ojos. La aparición del filme  Transformers (2007), y la reciente secuela  Tranformers. El último caballero  (2017), abrió un portal en el tiempo para que padres e hijos de una generación muy especial hagan sus propios viajes juntos y conozcan cada uno algo más del mundo del otro. Hablamos de esa generación de padres que nacieron al inicio de la década del 80 y que tuvieron hijos en la primera década de este siglo.

Nos sucedió con mi hijo Tiago que el universo de los Transformers se convirtió en una parte fundante de la serie de códigos que tenemos en nuestra comunicación. En mis tiempos de free lancer, cuando él sólo tenía cuatro o cinco años y caminábamos por las avenidas de Santa Cruz de la Sierra, era muy común oír pasar a los aviones que cruzaban la ciudad dirigiéndose al aeropuerto del Trompillo. En esos casos le decía: "¡Decepticons!”. Inmediatamente ambos imaginábamos unas pistolas juntando nuestras manos, mientras nos agazapábamos hacia las paredes sin dejar de ver hacia el avión que emergía de los cielos. 

Otro día, un árbol del barrio de mi casa se desplomó y cayó hasta la acera de enfrente, cortando el paso vehicular y dándole a la zona un aspecto más propio de la película  Jumanji. Cuando vimos aquel árbol, para Tiago y para mí el asunto estaba claro: un Dinobot había pasado por ahí, muy probablemente un "cuello largo”. 

El retorno de la franquicia

Las tardes de café con leche caliente y unos panes con mermelada viendo  Transformers  en un televisor Crown, allá por 1987, volvían a la vida a través de los ojos de mi hijo, al que le sirvo el té mientras elige entre sus discos DVD cuál capítulo le toca ver. Las opciones se multiplicaron en la actualidad: antes debíamos esperar al día siguiente para saber qué nuevo plan tendría Megatron para que Optimus y los autobots lo detengan, y de paso nos enseñen valores: saber preocuparse por los otros, hacer equipo, respetar la vida, y el gusto por la tecnología y la transformación. Hoy en día se pueden descargar de YouTube episodios de la clásica G1, y hasta existen canales muy buenos como el de Auvelier, un mexicano, que cuelga videos sobre cómo transformar a las figuras originales de Hasbro que van apareciendo. 

Todo este nuevo mundo, incluyendo el conocimiento de las nuevas colecciones como TitanReturn, HeadMaster, CombinerWars, BeastHunters, y otros, llegó a mí gracias a Tiago, que a sus siete años tiene ya un doctorado en "Transformers”.     

Dinosaurios y errores

Uno de los capítulos más celebrados para los niños fue aquel en el que los creadores de la G1 combinaron dos pasiones naturales: el gusto por los robots y la fascinación por los dinosaurios: Dinobots (La isla de los Dinobots, Temporada 1). Si ves este capítulo con tus hijos, tienes que reparar en ciertos detalles. A los niños les gusta lo que es inteligente y divertido: Bumblubee. 
 
También lo que tiene mucho poder y es bueno y tiene buenas armas: Optimus Prime o los Combiners. Pero los que ganarían cualquier batalla son los dinosaurios, y ellos lo saben, porque son gigantes y tienen las mejores armas en su cuerpo. El triceratop es el preferido de Tiago, y desde pequeño me ha embestido con su cabecita y un veloz gateo simulando esos desplazamientos. 

A los niños les encanta por naturaleza estar en el lado del que vence, y los adultos, temerosos de que sufran, les enseñamos que "lo importante es participar”. Pero si Jesús dijo que el reino de los cielos es apto para lo que son como niños, habría que desear vencer con esa intensidad siempre.
 
Probablemente eso diferencia a un oficinista regular de un Messi,  de un Floyd Mayweather o una Serena Williams. "No importa la adversidad, yo siempre encuentro la manera de ganar”, repetía en sus conferencias de prensa el invicto boxeador Floyd Mayweather (50-0). Las series clásicas de televisión como  Transformers (o Thundercats, He-Man, Ninja Turtles...) enseñan eso en general, que los buenos siempre encuentran la forma de ganar; episodio tras episodio, el villano siempre pierde. Quizá por ello, aunque sea en el juego más insignificante, cuando los niños pierden por primera vez, lloran.  

Pero algo extraño a esta lógica pasó luego de que se terminó la segunda temporada de la G1, y es que los creadores decidieron dinamizar la franquicia introduciendo nuevos personajes a la serie, pero haciendo que los originales mueran en combate (Jazz, IronHide, Willjack, Ratchet, Inferno, Brawn, Cliff Jumper...). Fue en la película animada de los  Transformers  (1986) donde incluyeron el más grande de los desatinos: hacer que muera Optimus Prime. Y encima que el debutante Hot Rod se convirtiera en el nuevo líder. ¡Rayos y centellas! ¿En serio? Eso rompió la división del bien y el mal. Fue el golpe posmoderno, ahora lo veo. Claramente una experiencia de shock para muchos niños en todo el mundo; cuentan en los foros muchos de ellos que se salían de las salas de cine llorando después de esa escena. A Bolivia no llegó al cine, afortunadamente. Y tuve el cuidado de no dejar que Tiago sepa de esa película hasta que su comprensión aumentara.  Pero internet me ganó. 

Flint Dille, el guionista, reconoce que fue un error, pues en ese tiempo "no sabían que Optimus se había convertido en un emblema para los niños”. Cuando le conté esto a mi hijo, le pareció "claramente” una terrible falta de inteligencia. "Eso les pasa por no preguntar primero a los niños si nos gustaría que eso pase”. 

Muchos errores se cometen en la vida por no tener el afortunado asesoramiento de un niño o una niña que amamos en nuestra vida. Hablar con nuestros pequeños nos ayuda muchas veces a recordar lo básico, volver a lo simple, sin complicaciones, a las preguntas sensatas: "¿Por qué no podían introducir los nuevos personajes y mantener a los originales?”  

Sucedió que los ejecutivos de Hasbro, en combinación con los productores de la serie de televisión, pensaban en  Transformers  como una línea de productos, serial 1984, serial 1986...
 
Mientras que para los niños los  Transformers  son seres "súper cool” que además tienen sentimientos. En mí caso, redescubrirlos pasados los treinta años fue una constatación de que los juguetes son pasadizos en el tiempo, objetos que permiten coleccionar una memoria, y revivir un tiempo donde la vida, la tecnológica y los afectos eran radicalmente diferentes. 

Conclusiones

Lo cierto es que esta pasión nos llevó a mi hijo y a mí a cobijar un mundo juntos y conocernos en el juego. Además nos permitió conocer buenos amigos coleccionistas en Santa Cruz de la Sierra, que atesoran sus figuras de acción (nos les gusta el término "juguetes”) con la misma obsesión que una curadora apila una colección de pinturas de Alfredo La Placa en el Museo Nacional de Arte: cuestiones de empaquetamiento, cuidado de la luz, manipulación y temperaturas: todo lo mismo.
 
Esto preserva el objeto perfectamente, y es así que un Optimus Prime original puede llegar a valer más de 1.500 bolivianos. 

Yo no soy un coleccionista, y mi hijo es un aficionado que juega con lo que colecciona. Entre los dos compartimos la decisión de atesorar la vivencia alrededor de los  Transformers más que los mismos juguetes en sí.

Marguerite Duras dice que "si no hubiera infancia no existiría psicoanálisis”. Tampoco habría mucho de qué escribir en términos de narrativa si no hubiera un bloque de niñez con el que andamos a cuestas. No es algo que expurgar, al contrario, es una parte celebratoria, un don que llevamos, un puente desde donde podemos conectarnos con lo que les pasa a nuestros hijos. Ellos constatan que somos confiables desde el momento en que les mostramos que también fuimos niños. Es en la convivencia con nuestros hijos que los juguetes como artefactos del tiempo adquieren su mayor sentido. 

Siempre se podrá educar a un hijo desde lo que ya sabemos. Pero también hace falta admirar un poco de lo que a ellos les fascina para comprender mejor lo que los mueve. Compartir admiraciones, eso hace bien. Relacionarse desde la admiración. ¿Cómo los dinosaurios pudieron resistir a tantos cambios climatológicos durante millones de años para seguir existiendo? Ellos se reinventaban de tiempo en tiempo, desde sus dietas hasta sus recorridos, eran estudiosos de la naturaleza. Pero eso lo supe recién gracias a los documentales que ve mi hijo. "Ay papi, a veces tu memoria no es tan buena”, me reprocha él mientras eleva sus ojitos al cielo, pues él recuerda además que ya me lo había contado en una de nuestras conversaciones. 

Ahora es hora de recogerlo del colegio y mostrarle este artículo. Si ustedes lo están leyendo, quiere decir que recibió su aprobación.