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Patrimonio

El Archivo de Sucre y los historiadores

Ximena Medinacelli reclama por el manejo del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, pues éste no debiera manejarse como botín político.

El Archivo de Sucre y los historiadores

Archivo Página Siete. El edificio del Archivo y Bibliotecas nacionales de Bolivia.

Ximena Medinacelli Directora del Archivo de La Paz

Divertidos y riendo con la alegría que tienen los jóvenes, el año 1977 partimos en tren un grupo de estudiantes y docentes de la carrera de Historia en un viaje de estudios a conocer los archivos de Sucre y Potosí. 

Potosí tiene su propia magia, el Cerro Rico, la Casa de la Moneda, la altura ... Sucre, en cambio, fue otra experiencia. Fue el contacto con los documentos y con la persona apasionada en la conservación del patrimonio documental: don Gunnar Mendoza.

Paseamos por el Archivo de Sucre, por sus depósitos y por sus salas que crujían a nuestro paso por los viejos pisos de madera. Cada documento estaba ordenado, guardado, registrado. Eran unas fichas de hojas gruesas, recicladas, escritas a mano y con lápiz por don Gunnar, anotando los datos precisos. 

Como si supieran qué necesitaba un investigador que llega buscando información histórica. Mi sensación, entonces, era que los archivos estaban al servicio de los historiadores. Luego, con la experiencia, me di cuenta que el archivero es el que conoce, el que tiene la sartén por el mango, porque tiene el panorama de las fuentes y los problemas que mayor cantidad de documentación generaron.

El Archivo de Sucre se convirtió desde entonces en el lugar obligado para una buena investigación. El prestigio que consiguió por el trabajo tesonero de don Gunnar durante 50 años, no era gratuito. Era el fruto de la disciplina diaria, del propio director y del personal. De la convicción que su tarea iba más allá del dinero o de la figuración. Cómo olvidar a los trabajadores del Archivo con el uniforme correspondiente, esperando cinco  minutos antes de que llegue el guardia para abrir la puerta de entrada.

Desde la creación de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, el año 1997, el Archivo contaba con su apoyo.  Y aún antes, el Banco Central le dio un soporte comprendiendo la magnitud de su responsabilidad. Investigadores de todo el mundo agradecen este trabajo, fueron decenas de tesis doctorales que se apoyan en esta documentación. Libros, artículos, ponencias, ...  La construcción del conocimiento de nuestro pasado tenía y tiene una base sólida en estos documentos. 

Allí nos conocimos los historiadores de muchos países y de varias generaciones interesados por la historia de Bolivia y de América, pues hay documentos que trascienden las actuales fronteras.
 
De allí salieron joyas documentales como la obra escrita e ilustrada de Melchor María Mercado, el Diario del Tambor Vargas y el texto comentado de Arzans y su célebre Historia de la Villa Imperial de Potosí.

A la muerte de don Gunnar, le siguió un periodo de transición un poco complicado, que encontró un cauce correcto bajo la dirección de Marcela Inch. Las fichas a mano fueron digitalizadas y con el auspicio de la Fundación del Banco Central de Bolivia se construyó un edificio nuevo, luminoso, acogedor y profesional. 

Un orgullo y un placer hacer investigación en ese lugar. La eficiencia y calidez de Marcela son de antología. Así recordamos la organización de diversos congresos como los de Bolivianistas y el de Etnohistoria, que acogieron a cientos de visitantes. Todo parecía una escena de ballet. A la mirada externa todo parece fluir, pero sabemos que detrás estaban horas y horas de ensayo y trabajo.

Y sin explicación alguna, el año 2011, la Fundación despidió a Marcela Inch, que ya no está entre nosotros. Se rumora que fueron problemas políticos, y seguramente fue así. 

Eso asombra a la comunidad académica nacional e internacional que reclama vehementemente por este manoseo de una institución que no tendría por qué ser vista como botín político. Pero ningún reclamo vale, ningún argumento sirve. 

Después de poco tiempo se cambia de nuevo, y otra vez y una vez más. No importan los nombres, no importan los motivos, el punto es que una institución de carácter cultural, que resguarda el patrimonio documental boliviano, no se respeta. Todo parece indicar que los directores deberían ser sumisos  si no quieren ser echados de su trabajo. 

Todo indica que no hay un mínimo de conocimiento de la labor de un archivo. Todo muestra que el poder desconoce que la historia requiere de oxígeno, de amplitud de miradas, de independencia de pensamiento para ser honestos con nosotros y con nuestro futuro, que es finalmente donde pone su mirada la historia y la historia tiene como argumento a los documentos conservados en nuestros repositorios.

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