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Ensayo

La coca es cocaína

Mariaca señala que la “hoja sagrada” ha perdido su valor ritual y que por el contrario ha sido profanada por el mercado del narcocapitalismo.

La coca es cocaína
Guillermo Mariaca Iturri Ensayista

 

Dicen que Valentín Mejillones llevaba su poncho ceremonial el momento de su detención por narcotraficante. Desde 1998 fue Coordinador de Ancianos y Guías Espirituales de América y fundador del Consejo de Amautas; pero recién se lo conoció en el mundo oficial los años 2006 y 2010 porque él entregó el bastón de mando a Evo Morales, en Tiwanaku, cuando éste se disponía a asumir el poder luego de sus dos victorias electorales.

El principal amauta aymara, que en la religiosidad andina es el ‘sacerdote’ principal, legitimaba así la condición dual del nuevo presidente: dirigente de los movimientos sociales y líder espiritual del mundo indígena. En su extremo "sagrado”, la coca ocupaba el espacio de la memoria y la autoridad moral en el Estado indio y popular.

En su extremo profano, la cocaína es la droga performativa, la que permite hacerlo todo. Es la respuesta a la falta de límites, a la sociedad competitiva. Al llegar al cerebro la cocaína estimula dos neurotransmisores clave: la dopamina y la noradrenalina. El primero te convierte en el centro de la fiesta, te enciende; el segundo te pone más alerta, te ilumina. Hasta que llega la penumbra.

Qué paradoja. El mundo sagrado y el mundo profano. El mundo crudo de la coca; el mundo cocido de la cocaína. Reunidos en la entraña de un presidente indígena  y de un campesino dirigente sindical. Hasta ahora dirimiendo sus diferencias, invadiendo sus territorios, marcando sus fronteras. Hasta que la paradoja se hace contradicción y uno de los polos anula al otro, legaliza su victoria, se declara cocaína global reduciendo la coca al folklore local.

Una de las preguntas fundamentales de la historia andina puede ser formulada de la siguiente manera: ¿dónde ha radicado su capacidad de resistencia ante la colonización? Obviamente, no es una pregunta menor. Son tantos los pueblos que han sucumbido a las seducciones modernas que encontrar resistencias persistentes e, inclusive, conductas y propuestas alternativas es definitivamente esperanzador. 

Apoderarse de ese capital simbólico –la hoja ‘sagrada’- era, entonces, prioritario. Así, lo sagrado limpiaba lo profano. Y no había acontecimiento oficial, presencia internacional o reuniones de gabinete que no remitiesen a ese carácter de autoridad moral y memoria ética de la Erythroxylum coca. Pero, sobre todo, no había eufemismo más potente para disfrazar el imperio del mercado ante el que habían sucumbido los movimientos sociales y el imperio del narcotráfico al que se habían entregado los intereses cocaleros. 

Los ritos de ofrenda a la Pachamama y a los achachilas pidiendo a estas divinidades por el bienestar de Morales en el Gobierno y la presencia hegemónica del mercado de la coca en el Estado, no eran sino transacciones que disfrazaban su corrupción con el recurso a lo sagrado.
 
Valentín Mejillones, sacerdote aymara narcotraficante, representa la culminación de ese tránsito de lo sagrado a lo profano, de líder espiritual a narcotraficante, de la resistencia a la complicidad.
 
240 kilos de cocaína protegidos por su poncho ceremonial. Pero el principio de ese punto de inflexión hoy ha alcanzado su clímax: es la nueva ley de la coca despojada definitivamente de cualquier reserva moral amparada en la sacralidad. La coca ha sido seducida por el mercado y ha caído en la red del narcocapitalismo.

El consumo tradicional requiere, en el mejor de los casos, de 5.084 hectáreas de coca –ojalá orgánica- de los Yungas paceños y de los Yungas de Vandiola. El resto en 2015, 15.116 ha, van al narcotráfico. Esas hectáreas producen 21.269 toneladas de coca seca (a un rendimiento de 1.407 tn/ha/año). Se necesita 112 kg de hoja seca para producir un kilo de pasta básica que, con la técnica colombiana, puede convertirse en 800 gramos de cocaína. 

Esos kilos de hoja dan para producir 189.895 kg de pasta básica/año, redondeando, 190 tn/PB/año, 150 tn/cocaína/año. La FELCN afirmó que incautó 12,68 tn ese mismo año. Eso deja un saldo neto de 177 tn de PB o de 142 tn de cocaína producidas en 2015 (http://gonzalofloresopina.over-blog.com). 

Las 142 tn, estimando muy conservadoramente un precio de $us 5.000/kg, se convierten en $us 710 millones. A partir de la nueva ley, serán $us 800 millones. En Bolivia, esos 800 millones equivalen hoy al 2,5% del PIB. El impacto en nuestra economía, por ahora, es importante pero no excesivo. Sin embargo, eso no es todo.

En América Latina el narcotráfico está destrozando instituciones y recursos. Los gobiernos locales de las zonas cocaleras y de los canales de exportación son invadidos por las mafias. Por cada gramo de coca se destruyen cuatro metros cuadrados de monte y se envenenan quién sabe cuántos litros de agua del curso de los ríos amazónicos. En el mejor libro sobre la cocaína escrito en los últimos diez años, Saviano afirma: "Mira la cocaína: verás polvo. Mira a través de la cocaína: verás el mundo”. 

Los ingresos producidos por la coca, convertida en estimulante para 300 millones de consumidores, incorporaron al sistema financiero $us 88 billones en 2008 de acuerdo con la ONU. Al inicio de los 80, un gramo de cocaína en Estados Unidos valía 800 dólares y ahora sólo cuesta 100 dólares; el 70% de los crímenes de calle en ese país están relacionados a las drogas, a lo que debe añadirse su efecto multiplicador que resulta en el tráfico de armas y de personas.
 
Tres de los bancos que son el cimiento de su sistema financiero (Wachovia Bank, HSBC, Bank of America) han sido condenados –un pelo al chancho– por lavado de dinero del narcotráfico.

El narcotráfico tiene un impacto cada vez mayor en la economía, la política y la sociabilidad y, por consiguiente, el enfoque punitivo y prohibicionista ha fracasado. La legalización-regulación de las drogas puede ser el camino porque la cocaína legal no costaría casi nada; en cambio la cocaína cuesta mucho porque es ilegal. Pero mientras eso sea imposible, hoy ya no estamos al borde del abismo. Hoy ya estamos en la caída al fondo del fondo. Estado que abdica, narcocapitalismo que prospera. Con la nueva ley, hemos caído a ese modelo de capitalismo que no pudieron construir Luis García Mesa, Luis Arce Gómez y Roberto Suárez. La "hoja sagrada” ya no tiene nada de sagrada. La ha profanado el mercado más neoliberal de todos: el narcocapitalismo. El que fuera presidente indígena sermonea su penúltima mutación ante un mundo enmudecido.

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