Memoria

Descansa Carlita Rutila, a quien de bebé la dictadura de Banzer quiso desaparecer

María Fernanda Rada reconstruye la vida de Carla Rutila Artes, quien con su historia evidencia la coordinación de las dictaduras en la región.
domingo, 19 de marzo de 2017 · 01:00
María Fernanda Rada Prado comunicadora social y cineasta

 

 

Secuestrada de bebé por la dictadura de Banzer, Carla Rutila Artes falleció este  febrero con 41 años en Buenos Aires (Argentina) por un cáncer que ni en los peores momentos le impidió reclamar memoria, verdad y justicia. Su historia es una prueba del terrorismo de Estado y la existencia del Plan Cóndor, una estrategia de coordinación entre las dictaduras latinoamericanas con el apoyo de la CIA, en la década de los años  70.

Carlita nació el 28 de junio de 1975 en Perú, hija de la pareja de militantes Graciela Rutila (argentina) y Enrique Lucas López (uruguayo). Por entusiasmo de Graciela, quien creció y estudió en La Paz, la pareja se trasladó a Bolivia y militó en el Ejército de Liberación Nacional (ELN) con el fin de detener la dictadura banzerista que sumió a Bolivia en un ambiente represivo.

Enrique fue asesinado en 1976 por grupos paramilitares y sus restos permanecieron desaparecidos hasta el año 1999. En abril de 1976, Graciela apoyó una huelga minera en Oruro y fue secuestrada junto a Carla, que entonces tenía nueve  meses. Ambas fueron llevadas al Departamento de Orden Político (DOP) de Oruro y luego a La Paz. Graciela fue sometida a interrogatorios en un centro de tortura y Carla quedó en custodia de cuatro miembros del Ministerio del Interior, que la enviaron al hogar "Carlos Villegas”, luego al orfanato "Virgen de Fátima” bajo el nombre falso de Nora Nemtala (N.N.). 

Los represores sacaron a Carlita del orfanato para llevarla a las sesiones de tortura de Graciela, donde golpeaban a la bebé para atormentar a su madre. Por esto, Carla perdió  parte de su audición y utilizó audífonos desde niña. El 29 de agosto de 1976, la dictadura de Banzer en Bolivia entrega de forma ilegal a madre e hija a la dictadura de Videla en Argentina. El traslado y complicidad del Estado boliviano en la desaparición de ambas  quedó certificado en un radiograma oficial en el  que se comunicaba la expulsión de ambas.

En Buenos Aires, ambas son llevadas al centro de tortura Automotores Orletti, donde Graciela desapareció. Carla fue robada por el torturador argentino Eduardo Ruffo, miembro de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) quien la inscribió como hija propia con el nombre de Ginna Amanda Ruffo.

Matilde Artes (madre de Graciela) emprendió una búsqueda durante nueve años para encontrar a su hija y nieta con el apoyo de Abuelas de plaza de Mayo y otros organismos. Carla recordaba que la primera vez que vio a su abuela fue por televisión en los inicios del proceso democrático argentino y que su reacción fue preguntar a su apropiador: "¿Qué hace esa señora con mi foto?”, a lo que Ruffo la golpeó y le dijo que era una bruja que le quería sacar sangre.

En el año 1983 se localizó a Carla, pero los apropiadores huyeron. En 1985 las abuelas relocalizaron a la niña y por prueba de ADN confirmaron su identidad. Carla rememoró  el encuentro con su abuela: "Mi abuela dice ‘sí,  Carlita, soy tu abuela y hace nueve años que te busco,  mi amor’. Entonces abre el poncho y no sé si fue instintivo el hecho de apoyar mi cabeza y abrazarnos, estuvimos como 10 o 15 minutos. Y sentí que ese abrazo y momento me restituyó todo el amor que me habían robado”.

Por seguridad, Matilde decidió irse a España, donde Carla rehizo su vida y se convirtió  en madre de tres hijos (Graciela, Anahí y Enrique) a los que crió sola. En 1999, durante el segundo gobierno de Banzer, se encontraron los restos de su padre, Enrique Lucas López, en Bolivia y Carla, quien fue una bebé ilegalmente sacada del país por la dictadura, regresó de forma legal con 25 años para denunciar su impune caso. Sin embargo, pocos medios pudieron darle espacio e incluso la revista Informe R que realizó un reportaje, sufre la incautación de sus ejemplares por parte del Ministerio del Interior, en una acción dictatorial ejecutada en tiempos democráticos. 

La estancia de Carla puso nervioso al gobierno banzerista. "Carlita, vives y vuelves a contar que es un asesino el General, pero él no quiere recordar, aunque te quiso matar” escribió el amigo de su familia, Antonio Peredo Leigue, en un poema dedicado a Carla durante su valiente paso por Bolivia. En   2011 Carla se trasladó  a Argentina donde su memoria ayudó a dar sentencia a represores que tenían contacto con su apropiador. 

A su vez, enfrentó desde cercana distancia al mismo, quien no pudo sostenerle la mirada mientras lo denunció por maltrato psicológico y sexual.  En las investigaciones, Carla conoció a Nicolás Biedma, hijo de un desaparecido chileno en Orletti;  ambos se enamoraron y en  2012 se casaron. Carla describía su matrimonio y el nacimiento de su nieta como "actos en defensa de la vida”.

Quienes conocimos a Carla podemos hablar de una mujer fuerte, la más fuerte, como su nombre significa. Una persona con capacidad de luchar por la misma causa en todo lado y espacio. Una niña que le ganó al terror y a la muerte, una mujer que se hizo cargo de su historia, su verdadera identidad y de la lucha de sus padres. Creo que por ese motivo su última voluntad fue ser cremada y colocada en Orletti, que consideraba un lugar que la acerca a su madre.

Carla evidencia la coordinación de las dictaduras en la región. Su testimonio incomodó a muchos, pues demostró que las dictaduras impusieron su sistema desde una barbarie que ni siquiera tuvo piedad con los bebés. Me niego a decir que está muerta esa bebé que le ganó al miedo, a la dictadura, al olvido y a la muerte. 

Me atrevo a soñar que por fin se reencontró con sus padres, me animo a decir que descansa, mas no en la paz que se merece, porque la cultura de la impunidad sigue vigente. Carla me hace entender que el pasado no terminó y tiene consecuencias en el presente, nos invita como región a hacernos cargo de nuestra historia para construir nuestra verdadera identidad. Carlita vive y vivirá siempre porque no pudieron vencerla; guardaremos su historia y valentía en el recuerdo y estará con nosotros cada vez que enfrentemos a quienes pretenden hacernos olvidar lo que no tiene perdón. Carla vive en nuestra utopía, en nuestros sueños de justicia y cada vez que gritemos con fuerza:  Nunca más.