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Marginalia

Sobre la despenalización del aborto

El autor comienza una serie semanal en Ideas. En ella presentará la “marginalia”, es decir, glosas y comentarios bibliográficos del tema que esté en discusión en el país.

Sobre la despenalización del aborto
Fernando Molina  escritor y periodista

 

En 2013, Plural editó en La Paz el libro de la filósofa y poeta argentina Laura Klein ¿Crimen o derecho? El problema del aborto. El tema de Klein no es el aborto como objeto de política pública, sino como objeto de debate ético, debate que implica la lucha entre valores encontrados que buscan predominar: por una parte la libertad y, por la otra, la vida.

2 En el debate público que el aborto suscita, tanto una parte como la otra tratan de minimizar el daño  que su preeminencia haría al valor en el que la otra parte cree. Los "legalizadores” (o "despenalizadores”, como está de moda llamarlos) tratan de minimizar su afectación al valor "vida” con diferentes estrategias discursivas, algunas más pertinentes que otras. Un par de ellas son tan extremas que llegan a eliminar –teóricamente– todo conflicto moral. Para estas teorías el aborto sería equiparable a la extirpación de un quiste, pues no reconocen que el feto tenga la cualidad, aunque sea en potencia, de persona.

Por tanto, el aborto no tendría que ser motivo de dubitación ni pena, y si lo es de miedo, sólo de miedo en sentido físico, nunca metafísico: para estos despenalizadores el aborto ni siquiera llega a tocarlos bordes de lo sagrado. ¿Por qué entonces las mujeres de carne y hueso sienten dubitación, pena y miedo al abortar? Estas teorías consideran que se les impone estos sentimientos desde fuera, por impregnación de prejuicios religiosos, sexistas, etcétera.

Klein toma posición contra este feminismo que ella llama "liberal”, el cual no reconoce el embarazo –que Klein define como la conjunción indisoluble de madre e hijo, aunque este hijo sólo sea en potencia–. En lugar de eso, el feminismo liberal únicamente ve un individuo, la mujer, que defiende su individualidad frente a una transformación de su cuerpo que debería estar en sus manos permitir o detener. 

Para esta corriente el aborto no sólo no está vinculado con el crimen, sino tampoco con la muerte. Frente ello, Klein afirma que el "aborto no es sanguinario, pero sí sangriento”.

4 Si la legalización, allí donde se ha dado, que es donde además la religión tiene menos influencia, no ha naturalizado la vivencia del aborto, que sigue siendo un problema para las mujeres, está claro que en este asunto entran en juego más que cuestiones de hecho. Están en juego valores y cuando esto ocurre es inútil buscar que la ciencia o el Derecho diriman los enfrentamientos.

Por eso los mismos avances científicos, por ejemplo el desarrollo de la embriología, pueden servirles tanto a los que defienden como a los que condenan la legalización del aborto. O un mismo derecho, el derecho a poseer y usar el propio cuerpo, puede amparar tanto a la mujer que aborta como al feto que se supone no quiere ser abortado.

Ninguna decisión moral se deriva de un hecho, sino siempre de un valor. Lo que significa que ningún hecho va a convencer a alguien en contra de su propio valor. "No hay que perder el tiempo tratando de persuadir al enemigo”, recomienda Laura Klein.

5 Los penalizadores también buscan disminuir la contradicción que existe entre la prohibición del aborto y el valor en el que se basan sus adversarios, esto es, la libertad. Para esto ellos también deben pasar por alto el binomio "embarazo” y concentrarse en el feto, al que dan el estatuto de individuo separado de la madre. De este modo a la mujer preñada no le queda otra que darlo a luz, si no desea convertirse en una criminal: no es libre de ninguna otra cosa. 

Esta argumentación ignora que el feto no es todavía, y que sólo puede llegar a ser con la aquiescencia de la madre; por eso en ningún código penal y ni siquiera en la Biblia se castiga el aborto como un homicidio. Aunque  los antiabortistas  nieguen la libertad de las mujeres en la gestación, ésta se patentiza en el hecho innegable de los abortos legales que se producen en todas las partes del mundo, y en la inevitable  consecuencia de la prohibición, que no es la suspensión de la práctica, sino su realización clandestina.

6 En resumen, el problema del aborto forma dos "campos éticos” que se guían por valores diferentes e irreductibles entre sí. Es decir, que no pueden convencerse mutuamente por medio de argumentos racionales o científicos. El aborto no es solo una cuestión de salubridad, jurídica o ideológica, sino un dilema moral. Hasta aquí Laura Klein.

Teóricos liberales como Weber y Berlin también arrancan su reflexión del carácter contradictorio y a menudo irreductiblemente contradictorio de los valores humanos. Si defender distintos valores lleva a los seres humanos a enfrentarse entre sí, la última palabra la tiene… la fuerza. Para evitar este destino hemos creado las sociedades pluralistas, en las que bajo el manto de la tolerancia unos valores velan porque otros no predominen, y viceversa. En estas sociedades el antagonismo de los ideales puede matizarse e incluso dar paso a un acuerdo (aunque éste sea frágil y sujeto a constante revisión). Las sociedades pluralistas no son totalizadoras y menos totalitarias, sino casuísticas: tratan de focalizarse en los casos, en los problemas concretos, y resolverlos movilizando tanto a la ciencia como alas distintas opciones éticas. Las reglas de las sociedades pluralistas resultan siempre de un compromiso entre valor y ciencia, y entre principio y consecuencia (las categorías en las que Weber fundó sus dos clases de ética).

Quisiéramos que la libertad fuera absoluta, pero en la práctica de su despliegue ésta se contrapone a otro valor, el de la vida, que también es muy valioso. La libertad, entonces, no puede ser absoluta, queda limitada, no llega a ser libertad de matar.

Quisiéramos que el derecho a la vida fuera absoluto (que fuese "sagrado”, como dicen los antiabortistas), pero en la práctica hay muchos casos en que la vida de uno o de unos depende de la muerte de otro u otros, y por esto autorizamos a nuestras policías o a los propios ciudadanos a matar a los criminales en caso de necesidad (para no hablar de la variante, más difícil de tratar, de los países que aplican la pena de muerte).

Los casos se erigen contra las premisas. La ética de la responsabilidad relativiza la ética del compromiso. Por eso la mayoría de las mujeres que en teoría defienden el "derecho sagrado a la vida del feto en cualquier circunstancia”, en la práctica querrían un aborto, y en lo posible legal, si continuar su embarazo las pondría en riesgo de morir. Sólo un puñado de mártires se inmolaría por su principio. 

Justamente esta flexibilidad moral de la mayoría es la que permite que haya sociedades pluralistas en las que se use el sentido común para resolver un enfrentamiento de valores como el que suscita la despenalización del aborto. 


 

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