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Análisis

Sobre el aborto: una (otra) perspectiva católica

Para el autor, el cristianismo no busca hacer nuevas leyes o constituir nuevos poderes. Tampoco busca desobedecerlos o enaltecerlos.

Sobre el aborto: una (otra) perspectiva católica
Bernardo Prieto  investigador y periodista

 

Alfred Mauss, en su Introducción a la Antropología, escribe: "En nuestra sociedad laica la moral desempeña un papel más importante que el derecho. El derecho permanece como algo inconsciente entre nosotros y no llega a ser consciente más que en momentos de conflicto”. 

Justamente, con la ampliación de las causales para el aborto no punible en el nuevo Código Penal, la sociedad boliviana se encuentra en un momento decisivo. Donde el tímido e incluso aburrido debate sobre la ley se ha convertido en una especie de batalla que enfrenta, por realizar una generalización, dos morales que parecen incompatibles. 

Mauss, más adelante, escribe que, a diferencia de las sociedades más antiguas, donde lo moral y lo jurídico se confunden insalvablemente, las sociedades modernas se caracterizan por los conflictos donde diferentes morales necesitan convivir ¿Cómo entablar un diálogo sin abandonar los principios cristianos? Las siguientes líneas tratan de trazar una posible respuesta, pero sobre todo tratan de interpelar a los creyentes.  

En un principio la (cuasi) despenalización del aborto resulta algo que se encuentra en contra de los principios cristianos; y por lo tanto, el abierto rechazo y la defensa de una ley que resguarde la vida es la acción natural de toda persona que se comprometa con su fe. Sin embargo, este problema trae consigo muchas cuestiones importantes sobre el qué se entiende por ser cristiano -o más precisamente católico- y especialmente cuál es la misión de la Iglesia ¿Es defender o rechazar una ley una verdadera defensa de la vida y de la fe? 

Visiblemente se han conseguido masivas concentraciones en varias ciudades del país, en las que  muchas personas han manifestado su rechazo y han reclamado al Estado hacer cumplir las leyes y tratados que defiendan la vida. Sin embargo, se ha promovido una división del problema que es simplista y falaz. 

La división es justamente una simplificación absurda que esencialmente repite el error maniqueo: la ontologización del mal. Es decir, hacer de todo el que piense diferente algo así como una encarnación del mal y el pecado. Olvidando muchas enseñanzas de la Iglesia. O más terriblemente, actuando como una fuerza política que se legitima por su mayoría ¿Cuál es el fin último de los creyentes que apoyaron estas marchas? 

En última instancia habría que preguntar directamente al cristiano que marchó si condenaría a la mujer que abortó; si la condenaría a una pena de cárcel. Ya que el fin político de este movimiento es tener una ley que idealmente se cumpla para todos los casos y sea punitiva. Ahora bien, si de uno dependiese ¿quién entre todos los creyentes tendría la conciencia y la legitimidad para juzgar y condenar? Si el cristiano que marchó responde que condenar no es algo que le corresponde ¿No es acaso una respuesta hipócrita, no es acaso el gesto de Pilatos de lavarse las manos? Y entonces, a quién le corresponde juzgar ¿Si a Dios? entonces porque se exige que el Estado supla esta tarea ¿por qué se busca hacer de la justicia punitiva una bandera del cristianismo? Y si no es así y lo que se quiere es salvar vidas ¿acaso un manifestación o la fuerza de la ley o la coerción del Estado transformará los corazones y las conciencias?, ¿nos dejaremos llevar por tal ingenuidad? 

Tal vez muchos cristianos olvidamos que etimológicamente la palabra diablo  significa acusador, calumniador. En el relato de Job, es el diablo que acusa Job de ser fiel a Dios simplemente porque Dios le ha colmado de bendiciones. El diablo es, en otras palabras, la persona que acusa al otro de pecar. Y por esto exige a Dios una prueba y, finalmente, un castigo. Sin embargo, tal como Jesús enseña, el verdadero cumplimiento de la justicia es la misericordia (Jn. 8:1-7). La misericordia, que es el regalo divino para los pecadores, para todos los que se reconocen  pecadores: la mujer que decide abortar, la persona que es cómplice del crimen o del creyente que sólo pide una palabra porque no se cree digno, ni siquiera, del perdón. Ésta no para los que se ven como hombres y mujeres buenos y defensores de la ley. La misericordia no es para ellos, no por privación divina, sino porque  éstos, al cumplir con la ley (y exigir su amargo cumplimiento), no la necesitan. Puede que usar blanco sea un signo de pureza, pero la sutil violencia que propicia recuerda al color de los sepulcros blanqueados.

¿Esto quiere decir que el cristiano debe verse callado frente a la injusticia y al crimen? No, tal acción sería un rechazo a la fe. Sin embargo, es importante preguntarnos ¿estar en contra de la despenalización salvará -como por un acto de magia- la vida de miles de niños? Si fuese así, ¿quien habría de oponerse a este mágico artificio? Mas la ley no crea orden social; es decir, que, en el mejor de los casos, una mujer que ha decidió -a pesar de todas las circunstancias adversas- no abortar no lo hace porque está escrito en la ley, o mejor dicho, porque si lo hace existe un acción punitiva por su delito, sino lo hace por convicciones más profundas.  

Es importante que como creyentes seamos consientes de nuestros valores. Y si bien muchas personas se han manifestado porque les molesta que la ley y el Estado intenten legitimar un asesinato, y esto sea señal de una clara crisis moral de nuestra sociedad, el camino elegido no es, tal vez, el más sensato. Aquí cabe preguntarse sobre la guía espiritual que recibimos muchos creyentes. Quizás no entendemos que nuestra misión -y la de la Iglesia- es tanto soteriológica como escatológica. Una misión doble que es de alguna manera paradójica.

Paradójica porque por un lado entendemos que la misión de la Iglesia es la salvación y la conversión (soteriológica); es decir, que Jesús el Mesías actúa en la realidad del mundo y su historia, y por lo tanto también en la nuestra. Es decir, cada momento cuenta, cada momento elijo y construyo mi destino; cada momento es un momento salvífico. Y sin embargo escatológica porque todavía falta algo. Y las cosas de este mundo no importan mucho -todo pasará por completo- y nuestra esperanza se encuentra en la Gloria última: la parusía (la presencia del Mesías) que anunció San Pablo ¿Qué  tiene que ver todo esto con la cuestión de la ley, el Estado y el aborto?

Tiene que ver con el actuar como Iglesia y como creyentes frente a los problemas del mundo.
 
Entendiendo que, las naciones y los países dejarán de existir, las constituciones cambiarán, los gobernantes y los poderoso morirán, todos los bienes habrán de perecer, las fronteras cambiarán y las lenguas morirán. Nada de eso importa. Por esto el cristianismo no se revela como una acción típicamente política. Las marchas, las grandes concentraciones, los manifiestos, el poder, la ley, etc. le son indiferentes. Sin embargo, el cristianismo ve en la comunidad (la polis) personas. Es decir, gente con nombre, con alma, y con historia. Eso es lo que importa. Porque la evangelización es una tarea de persona a persona.

Nadie nace cristiano o católico. Sino, como explica Ratzinger, uno se convierte. Y la misión de los creyentes es llevar esta buena noticia a todas las personas que podamos. Eso significa que existe un llamado especial para todos los creyentes que se encuentran más preocupados e indignados por el tema del aborto. Vayamos y evangelicemos a los sectores más vulnerables. No critiquemos sus decisiones, no juzguemos su vida. Sentémonos a compartir una comida.
 
Sepamos su nombre, conozcamos su historia. Porque la mujer que aborta tiene un nombre, tiene un alma y tiene una historia. Y lo que hace lo hace consiente y en uso de su libertad ¿Qué es una decisión difícil? Eso es claro, y no necesita un diablo que le recuerde constantemente su pecado, sino alguien que acompañe, escuche, dé vida y fortaleza. Muchos cristianos (y no cristianos) ya lo hacen en silencio. Y se encuentran tan ocupados que no tienen tiempo incluso de marchar.
 
Ciertamente existen sectores vulnerables; por ejemplo, las mujeres en situación de prostitución.
 
Sin embargo, no hagamos como si el problema del aborto fuera una cuestión casi exclusiva de este sector. El aborto es un problema que trasciende las clases sociales y los credos, y por lo tanto en las familias culturalmente católicas o cristianas se aborta. Y muchas veces gran parte de la decisión de abortar tiene que ver con la vergüenza que (con una perversa justificación religiosa) las familias imponen como castigo por concebir fuera del matrimonio. Es justamente donde lo que debiese ser esperanza se convierte en condena. 

¿Qué es lo inexacto en este reclamo y manifestación? El  cristiano no debe usar de la coerción del Estado y de la ley para defender lo que cree bueno o justo, ya que cuando se suprime la libertad -que se podría definir, recordando a San Agustín, como la posibilidad de elegir el pecado- también se suprime toda posibilidad de fe verdadera. Es sólo la celebración de la liturgia, como bien nos recuerda el teólogo Erick Peterson, la única acción política propiamente católica ¿Qué implicaciones trae esta afirmación? La primera y más importante es que no existe algo así como una política cristiana o, en su defecto, un programa de gobierno católico o una teología política que en su acción no desvirtúe esencialmente las enseñanzas de la Iglesia y el Evangelio.

¿Esto quiere decir que el católico no se constituye como un ser político? No, más al contrario, en la autonomía de la persona y de la fe -que se encuentra más allá de la ley y el poder mundano- es donde el cristianismo ha propiciado el espacio político propiamente moderno y (aunque resulte paradójico) laico. En otras palabras, el Estado "laico” (esto ya es una grosera tautología) es, como escribe G. Agamben, una consecuencia directa de la economía trinitaria -la escisión entre el ser y el obrar divino- y el reconocimiento de la libertad  de hombres y mujeres.

Esto no significa que el cristiano moderno sólo tenga que vivir su religión de modo privado. Para el creyente  los principios morales -revelados concisamente en el decálogo de Moisés- se convierten en el principio y fundamento de toda acción personal, ya sea en su vida pública o privada sin ninguna distinción, y esto es lo más importante, estos principios pueden o no coincidir con la familia, la ley o las instituciones. Esto convierte al cristianismo en la más radical de las existencias: una forma de vida que no puede separarse de su mensaje.

¿Y qué pasa cuando los valores y las creencias no coinciden? El cristianismo se convierte en un comunidad molesta para el poder, que no se arrodilla frente al Estado o su Gobierno ¿Es acaso el cristianismo violento o un proto-anarquismo? ¿Cuál es entonces la relación del cristiano con la ley y el poder? Antes de responder esta pregunta  es importante hacer  algunas aclaraciones. El aborto es asesinato. Y la defensa de algo así como un "derecho al aborto” se constituye en una elaborada justificación de la "muerte necesaria” -si bien ésta puede ser una postura moral posible- es una postura que, por ejemplo, justifica también la pena de muerte y el asesinato político y de cierta forma la esclavitud. 

La defensa de este supuesto "derecho” (es decir, la potestad de asesinar) resulta totalmente no-cristiana. El niño que muere, tiene un nombre (tal vez secreto), tiene un alma y tiene -en la brevedad de su existencia- historia. Por esto mismo, las organizaciones que, aparentemente, parten de una postura católica y promueven el "derecho a decidir” (además de no comprender la centralidad de la libertad en la antropología católica) realizan una labor que es manifiestamente hipocrítica y que, en sus limitaciones intelectuales y varias incoherencias, defiende lo indefendible. Por esto es importante la labor de  Mujeres Creando que (más allá de su anticlericalismo y su abierta intolerancia) defienden una postura coherente y, en el uso de la objeción de conciencia (que es sin lugar a dudas un legado cristiano), promueven una resistencia a la "teología política” del Estado absoluto. Aquel que impone un derecho de familia y que trata de hacer de la ley la moral única. 

Por esto es importante diferenciar despenalización de la legalización. La despenalización lo que hace es reconocer un delito, sin embargo, exonerándole de pena. La legalización es la constitución de un derecho. Pero la trampa y la perversidad de la  modificación al código penal es que realiza una pseudo despenalización, que no es otra cosa que un aborto subordinado al poder del Estado. Y que dentro de sus causales -por razones económicas, ser estudiante, etc.-  se encuentra cerca de una política eugenésica.

Volvamos a la pregunta más importante ¿cuál es la relación del cristiano con la ley y el poder? La respuesta podemos encontrarla en los Evangelios, pero especialmente en la Carta a los Romanos de San Pablo. Lo más significativo dentro de los Evangelios es la separación entre el Estado y la religión "Dad al César lo que es del César” (Mt. 22:21; Lc. 20:25) y la condena de toda violencia evangélica… "El que a hierro mata a hierro muere” (Mt. 26: 33-52). En la Carta a los Romanos de San Pablo encontramos, sin embargo, el tema de manera central: Pablo quiere resolver las aporías entre la gracia (la salvación mesiánica) y la ley judaica. Para San Pablo, la ley judaica es "suspendida y llevada a su único cumplimiento” a través de la gracia ¿Qué significa esto? Que la ley sólo puede ser cumplida bajo una acción que de alguna manera la vuelva no utilizable -que no es abolirla o desacatarla-. La ley para los cristianos sirve para revelarnos el pecado. La gracia es la que nos muestra la verdadera justicia ¿Qué tiene que ver todo esto con la despenalización?

Básicamente que,  la única manera de luchar por la vida es llevar una forma de vida que invite a la conversión a las personas de mi comunidad. El cristianismo no busca hacer nuevas leyes o constituir nuevos poderes. Tampoco busca desobedecerlos o enaltecerlos. La forma de vida -que no distingue entre lo público y lo privado, entre lo moral y lo político- transfigura la relación de la persona con todo. Es ahí donde nos corresponde transformar el mundo en una suerte de resistencia. El lugar no es la calle, la ley o el Estado, sino la vida misma, en la historia de cada persona. Para terminar, la Virgen María es el mejor ejemplo de esto. Ella era una mujer pobre que se había embarazado antes de su casamiento. Ella tenía todas las razones para decidir no concebir. Y, sin embargo, tuvo al niño. Y, a través de su amor infinito, nació el hijo que habría de salvar el mundo. Cada niño o niña que nace es imagen de esa salvación. No será penalización o la despenalización, sino "la humanización de toda la sexualidad humana” lo que nos llevará a la vida plena y libre.

 

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