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Éuropa

Somos novios: el día que China conoció a Europa

El experto afirma que la relación entre China y la Unión Europea despegó con el ingreso de Donald Trump a la presidencia de EEUU.

Somos novios: el día que China conoció a Europa
Jonathan Fortun politólogo

 

Una de las partes, una sociedad con una larga tradición de unidad y homogeneidad ante todo. La otra, un bloque de 28 países que comparten diferentes tradiciones, lenguas y culturas.

El liderazgo de una de las partes se concentra en un partido revolucionario cuasi-todopoderoso, en el frente, el experimento diplomático y de cohesión democrática más interesante de la historia, unido por leyes internacionales y que celebra la heterogeneidad de sus miembros. 

China y la Unión Europea son casi polos opuestos en el espectro internacional, es por eso que su reciente acercamiento es más que sorprendente. ¿Qué llevó a esta pareja dispareja a encontrarse mutuamente?

La "magia” del  señor  Trump pudo lo que muchos diplomáticos tan sólo soñaban hace un tiempo: el acercamiento más claro entre China y la Unión Europea. El claro alejamiento de los Estados Unidos de sus más cercanos aliados en Europa -y a la vez su romance con Rusia-, la confrontación directa contra el libre comercio de la actual administración norteamericana y el reciente anuncio de que Estados Unidos se alejará del acuerdo de París sobre cambio climático son tan sólo algunas de las razones por las que líderes chinos y europeos decidieron tener un acercamiento diplomático y económico determinante.

Al término de la más reciente reunión del G7, en la que el señor  Trump no ratificó el acuerdo de defensa mutua entre los países miembros de la OTAN (conocido como "Artículo 5”) la canciller alemana Ángela Merkel fue clara en su opinión acerca de su alianza con los Estados Unidos: "los tiempos en los que podíamos confiar en otros han terminado”, indicó tajante. 

Más aun, la desazón europea fue ampliada recientemente con la decisión del señor Trump de retirar a  Estados Unidos del acuerdo más significativo en materia de cambio climático.

Por otro lado, el señor Trump ha antagonizado con China desde ya hace tiempo. Uno de los pilares de la campaña electoral del partido republicano fue justamente el de señalar a China como la raíz del desbalance comercial de Estados Unidos;  el señor  Trump incluso prometió que al ser juramentado como presidente declararía a China como un "manipulador” de su moneda.

Es así que, cual si fuera un casamentero -o una versión mejorada de Tinder- el señor Trump unió a la pareja dispareja de Europa y China. A finales de mayo, el premier Li Keqiang visitó Berlín, y junto a la canciller Merkel llegaron a nuevos acuerdos en materia económica y de cooperación.
 
Asimismo, después del anuncio de que Estados Unidos dejaría el acuerdo de París, tanto China como la Unión Europea reafirmaron su compromiso al mismo.

Lo que actualmente estamos presenciando parece ser el fin de una era, en la que  la hegemonía americana sobre gran parte del globo está en retroceso, el fin de la "pax americana”. Pero este retroceso es atribuible en su mayoría a las grandes fallas en política exterior de la actual administración americana y no a raíz de amenazas externas. 

El vacío de poder que queda deberá ser llenado de alguna u otra manera, pero a diferencia de los últimos 30 años -en los que Estados Unidos, vencedor de la guerra fría, se constituyó en un poder hegemónico globalmente- en esta ocasión, la división de poder podría recaer en polos regionales. Es así que la eterna competencia por el poder regional se hace más evidente, con China desplegando todo su arsenal comercial y diplomático; Europa y Japón tratando de recuperar el tiempo perdido de haber vivido a la sombra de Estados Unidos y Rusia plantando semillas de influencia a futuro.

Pero como todo en política, el pívot de Beijing hacia Europa tiene varios matices y "no es gratis”.
 
Por ejemplo, las motivaciones de China y Europa para apoyar el acuerdo de París son completamente diferentes: por un lado, la Unión Europea, institución multilateral por definición, busca proyectar a la arena internacional las aspiraciones y valores europeos por salvar el planeta; por otro lado, China, un actor unilateral, es impulsado por una crisis ambiental doméstica y la promesa de dominar la industria de energía renovable a futuro.

La dimensión industrial también es importante. China es actualmente el emisor más grande de gases con efecto invernadero. Con su defensa del acuerdo de París, China intenta usar su actual posición como el mayor productor de tecnología para energía renovable y su estatus de mayor emisor de "bonos verdes” para catapultarse a mercados financieros globales y beneficiar así a su industria y economía en general. Éste no es un secreto, el presidente Xi ha expresado en repetidas ocasiones que la inversión en energía renovable es uno de los pilares fundamentales de su plan regional de infraestructura (denominado "Nueva Ruta de la Seda”).

Asimismo, Europa buscará  expandir su mercado. Productos de alta gama -como automóviles alemanes, productos comestibles franceses, prendas de diseñador provenientes de Italia o vinos españoles- son de alta demanda en Shanghái, Beijing, Tianjin, Chengdu o Guangzhou.
 
Indudablemente, la habilidad de Bruselas para comprometer una reciprocidad comercial con China será crucial para que el romance sino-europeo sea exitoso. 

Actualmente China propone una política comercial de compartimentación con Europa, donde busca dividir el continente en diferentes sectores comerciales, lo cual frustra cualquier política regional de la Unión Europea. Ésta y otras asperezas comerciales tendrán que ser resueltas entre Bruselas y Beijing para que ambas partes sean beneficiadas.

Por el bien del planeta y consecuentemente el de todos nosotros, esperemos que el romance entre Europa y China -iniciado por el casamentero Trump- tenga una feliz luna de miel.

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