Letra 7

La locura voluntaria del Quijote

Javier Marías nos dice que el Quijote no “está” loco; es decir, no es un “paciente” de la locura, sino que “ha decidido” estar loco.
domingo, 16 de julio de 2017 · 01:00:00 a.m.
Fernando Molina
 
Con ocasión del   400 aniversario   de la muerte de Cervantes, en 2016, se publicaron unos apuntes de lectura del Quijote, tomados por el novelista español Javier Marías con el propósito de dar clases en Wellesley, liceo femenino de Estados Unidos. 

Parte del valor de estos apuntes reside en que Marías hace hincapié en lo siguiente: el Quijote no "está” loco, es decir, no es un "paciente” de la locura -pues la pasión, el sufrimiento de algo, es lo contrario de la acción de lo mismo-, sino que "ha decidido” estar loco, es un "actor” de su condición, se pronuncia activamente por ella.

La iniciativa de Alonso Quijano

"Uno de los temas del libro es -dice Marías- el de la iniciativa”. En efecto, Alonso Quijano toma la "iniciativa” de hacerse caballero andante y, en esa medida, puesto que se trata de una decisión inesperada para ella, transforma a la pequeña comunidad que lo rodea, sus parientes y amigos, que por razones afectivas o racionales, según el personaje del que se trate, deben jugar, dialogar o adaptarse a esta locura. 

Este proceso de adaptación se produce primero que todo en el propio Alonso Quijano, según nos muestra Marías, que a momentos debe ser, al mismo tiempo, él y el Quijote. 

Esto ocurre por ejemplo cuando redacta una carta a su sobrina para garantizar ciertos pagos a su escudero; entonces se entrampa, por decirlo así, en la actuación anómala que ha elegido previamente como suya. 

No puede firmar la mencionada carta. ¿Cómo habría de hacerlo? ¿Como el hijo de algo que solía ser, en cuyo caso estaría aceptando que su condición de caballero es un mero fingimiento? ¿O cómo el caballero que dice ser, en cuyo caso la carta carecería de validez en términos legales, dejaría de ser una instrucción para la joven sobre determinados pagos y beneficios? 

El Quijote vive este predicamento también en otros momentos detectados por Marías. Siente que se ha metido en un sueño del que no puede despertar sin incoherencia, esto es, sin mostrarse a sí mismo como sujeto de una fabulación ridícula y vana. Al mismo tiempo, no puede o no logra vivir simplemente este sueño: la realidad se resiste a él y debe entonces, para no comportarse simplemente como un "loco furioso”, tomarla en cuenta y responder a ella. Lo hará, pero no de una manera que pueda comprometer su decisión inicial, esto es, actuar siempre como lo haría un caballero andante. 

El reclamo de la realidad ocurre cada vez que enfrenta la derrota, que recibe una paliza, que sus aventuras se tornan adversas. Debe entonces, este Quijote en tránsito de convertirse en Alonso Quijano, nuevamente, convencerse a sí mismo de que es lo que es. 

"Yo sé quién soy”

"Yo sé quién soy”, se dice, justamente, en el libro: yo sé que soy el Quijote, pero si necesito ratificarlo se debe a que una serie de sucesos y de interacciones con mi entorno lo han puesto en duda. Mi forma de no recaer en la realidad, que me intenta reatrapar, es, entonces, reafirmar la ilusión inicial: "Yo sé quién soy”. Y no soy Alonso Quijano, sino el Quijote, y así es como actuaré, como quiero actuar, como me animo a mí mismo a actuar en el futuro.

Un interesante síntoma de este tipo de locura, por la cual no se trata simplemente de estar loco, sino de optar por esta condición anómala, de mantenerla pese a los demás y en las situaciones concretas que se le oponen -que pertenecen a otro mundo y sin embargo se toman en cuenta- es la necesidad de justificar la realización malhadada de una determinada aventura atribuyéndola a la manipulación de las circunstancias factuales por parte de hechiceros y embrujos que, por ejemplo, reconvierten los gigantes que se vieron y enfrentaron en determinado momento en molinos, o los ejércitos de los reyes en rebaños de ovejas.

La colectividad frente a la locura

Si esto pasa en el fuero interno del Quijote, con más razón en la conducta de los demás personajes, que por un lado denuncian y lamentan la "enfermedad” de su pariente y amigo, y por el otro "le siguen el juego” a este, por ejemplo al explicar igual que él -por medio de la interferencia de la hechicería- la desaparición de la habitación donde Quijano guardaba los libros de caballería o cuando intentan manipularlo en uno u otro sentido.

La locura, por tanto, tampoco es prescindible para los cuerdos. Una vez que entra en juego altera las relaciones de los personajes con ella y entre ellos mismos. Así tenemos la transformación, tópicamente advertida por la crítica, de Sancho Panza en el Quijote, y también, en alguna medida, de este en aquel. 

Conforme ambos se van haciendo amigos, el primer personaje, espíritu crédulo e influenciable, símbolo de ciertas mentalidades colectivas (inmediatismo, pragmatismo) por un lado "cree” en la locura de la caballería, y por el otro lado cree en ella por razones materialistas: desde la inicial codicia, la promesa de beneficios, hasta la final simpatía-amor por su amo. En todo caso, Sancho no queda indemne frente a la locura del Quijote. 

Ésta es, por tanto, una fuerza transformadora, y no sólo individual sino social, puesto que afecta a toda la colectividad ficticia.