Opinión

Nosotros los populistas, los idiotas de la historia

(Esta columna está inspirada en la obra de la filósofa francesa Chantal Delsol Populisme: Les demeurés de l’histoire. Populismo, los idiotas de la historia).
Nosotros los populistas, los idiotas de la historia
AFP.Emmanuel Macron, el presidente de Francia, en campaña.
domingo, 16 de julio de 2017 · 12:00:00 a.m.
Álvaro Zuazo Periodista

 

Somos los idiotas de la historia, los que defendemos nuestra identidad, nuestra tradición y nuestro arraigo a un acervo de valores. 

Esos que creemos como Simone Weil que: "Tener raíces es quizás la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana. Es la más difícil de definir. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la vida de una comunidad que conserva en su forma viva ciertos tesoros específicos del pasado y ciertas expectativas específicas para el futuro.”

Somos los despreciados por las castas cosmopolitas, globalistas, mundialistas, universalistas, para quienes resultamos sospechosos por insistir en afirmar una identidad ética. De un ethos, del lugar, el espacio vital, donde se desarrolla el hombre. Y de principios y costumbres que, creemos, deben guiar nuestro comportamiento.

Somos de Pericles, el tirano que llegó al poder con el apoyo de la masa, que no veía en la Atenas de ese momento nada que respetara al verdadero pueblo, y que por tanto, le perteneciera al ateniense llano. Había sido secuestrada por una élite que nos decían qué hacer, qué pensar, qué decir. 

De ese Pericles que terminó tirano no por decisión del pueblo griego, sino por el revisionismo depurador de la Ilustración (siglo XVIII d.C.), que hizo de ella una mala palabra (no como se entendía realmente en Grecia), pero que no pudo ir más lejos cuando debió reconocer que, de los Siete Sabios de Grecia, tres eran tiranos para su gusto. 

Somos los que a las élites les resultábamos simpáticos en la medida en que acompañáramos al racionalismo que sobrevino a la revolución francesa, con guillotina para curas y monarcas incluida.

Y somos también los descamisados que no merecían ciudadanía alguna, cuando defendimos nuestra fe, nuestras costumbres, nuestras fiestas y tradiciones a la hora en que Robespierre quiso cambiarlas a todas e imponer un nuevo calendario que dejara para el culto católico, protestante o judío ningún día de entre todos los del año. 

Nuestro nombre

Somos los que ahora recibimos el nombre de populistas porque somos pueblo y comunidad y familia, y queremos seguir siéndolo frente a la casta mundialista para la que las particularidades sólo pueden ser defendidas por idiotas: aquellos que, supuestamente, no leen, no reflexionan, no son cultos ni instruidos.

Nosotros, los idiotas, somos los que no entramos en el juego izquierda-derecha, sino que terminamos cayendo en un eje vertical: los de arriba y los de abajo. Desde luego, nosotros estamos debajo del piso cuando tomamos distancia de los de arriba. Y somos el mejor pueblo cuando obedecemos a las esclarecidas élites emancipadas.

Esas élites que en 1917 optaron por formar la vanguardia del partido comunista cuando nosotros, campesinos rusos, no quisimos saber de derrocar al zarismo, ni siquiera de usar otra moneda que la legada por los zares. 

Lenin se encargó de explicarnos que las revoluciones difícilmente se hacen de abajo para arriba y, aunque la lección costó la vida a millones de vidas y reclusiones en gulags, somos muchos los que nunca terminamos de entenderla.

Somos los que en 1991 salimos a respaldar a Yeltsin y a frenar el paso de los tanques que se enrumbaban a la Plaza Roja para impedir que triunfara en su esfuerzo de arrancar el poder del partido y devolverlo a nosotros, los idiotas.

La izquierda elitista

Somos lo que nunca entendimos por qué el Mayo francés de 1968 no se convirtió en un movimiento solidario de masas y más bien terminó dándoles la espalda y, consecuentemente, perdiendo el vínculo de la izquierda europea con el pueblo.

Mayo también se hizo elitista. De él no ha surgido una sola idea para el pueblo, sino que se convirtió en un esfuerzo de intelectuales que miraban con desdén a la masa. Nada hay de pueblo ahí. El marxismo se olvidó de Marx y se convirtió en lo más parecido al club de Bilderberg: "Members only”. 

A partir de ahí el marxismo y la izquierda en general se divorciaron del pueblo obrero (idiota) para casarse con el marxismo cultural: la defensa de las minorías y el olvido de las mayorías. Así, ese señor de boina que ejecutó a cubanos por el sólo hecho de sentirse atraídos hacia personas de su mismo sexo pasó, por arte de birlibirloque, a convertirse en ícono de la defensa de esas minorías.
 
Ahora, el Che llena las camisetas y banderas LGBTI. Sus víctimas no son ni recuerdo.

Así, otro señor, de nombre Pablo Iglesias, a quien desprevenidos medios conservadores de España llaman a diario populista, no tiene nada que se le parezca al adjetivo. Iglesias es la expresión de la nueva izquierda elitista que no respeta la identidad del pueblo, sino que tratar de imponer desde arriba lo que el líder quiere que sea.

La verdad es que las élites cosmopolitas de izquierda no hacen otra cosa que el juego a las verdaderas, a las dueñas de los grandes medios mundialistas desde donde se imponen las dicotomías troglodita-civilizado, cavernícola-culto, oscurantista-superado.

En Francia

Son esas élites vinculadas a grandes poderes financieros y mediáticos las que construyeron un candidato en Francia ante el temor de que el pueblo, receloso de la destrucción de su identidad, terminara dándole la victoria a Le Pen. La hija que, por otra parte no pudo salir del legado intolerante que dejó su padre, con quien rompió relaciones en plena campaña.

Y esto después de que esas mismas élites terminaran liquidando, mediante una campaña negra e inclemente, a Fillon, acaso el verdadero candidato de centro. 

Macron es el símbolo más evidente de ese divorcio élites-pueblo: se trata de un verdadero invento de la banca Rothchild, grupos de poder y la aristocracia francesa.

Para el efecto, le construyeron un pasado de discípulo destacado del filósofo Ricoueur (cuando sólo fue un becario que lo ayudó en la búsqueda de bibliografía) y un presente de Churchill. Más otros méritos académicos que, según se va conociendo, tienen más de dibujo que de realidad.

Su estreno internacional esta semana, cuando dijo que mientras no se luche contra el cambio climático seguirá en auge el terrorismo no deja duda de su improvisada hechura prefabricada. Una hechura artificial y construida tan a la apurada que se insinúa más superficial y pasajera que un souvenir.