Ensayo

Los amautas y sus colegas presocráticos

Los filósofos se ocupan de conocer, de entender las cosas. Ese oficio estaba presente tanto en la cultura inca como en la de los griegos.
domingo, 13 de agosto de 2017 · 12:00:00 a.m.
Oscar E. Jordán Arandia Escritor

 

Los incas tenían una filosofía tan compleja y desarrollada como la que practicaban los llamados presocráticos en los siglos V, IV y III antes de Cristo, pero, a diferencia de los griegos, los amautas (que así llamaban en quechua y aymara a los filósofos) estaban relacionados a la producción dramática y trabajaban junto a los poetas para componer y representar las obras de teatro, cuya función era altamente educativa e histórica.

Si lo pensamos con cuidado, no es una afirmación descabellada. Lo analizaremos juntos, paso a paso:

Paso uno: de las ocupaciones del filósofo

¿De qué se ocupa el filósofo? De la filosofía. El término filosofía se refiere a la inclinación por el saber ("filos”: amor y "sophos”: sabiduría). Queda claro que el asunto de la filosofía es la sabiduría, el conocimiento. Entonces el filósofo es el que se ocupa de saber, de conocer.

Recurrimos a las raíces griegas porque el término filosofía nace allí, en Grecia, y lo podemos identificar alrededor del 300 antes de Cristo. En ese entonces, Platón y Aristóteles usaron esa palabra para describir el quehacer de los sabios que dos siglos atrás dejaron grandes enseñanzas en el campo de las ciencias, como las matemáticas, la geometría y la astronomía, por ejemplo.

Esos primeros filósofos (como Tales, Pitágoras, Parménides o Heráclito) se ocupaban de observar con atención, de mirar, o sea de teorizar. En griego, las palabras "theáomai”: "mirar  de cerca, contemplar” y "theoria”: "espectador”, tienen la raíz thea: "mirar”. Para ello, empleaban el intelecto, la mente, pues a través del uso de ésta, les era posible comprender mejor la existencia.

En nuestro continente, a los filósofos los llamaban "amautas”, tanto en quechua como en aymara.
 
El "sophos” griego se lo conoce en aymara como "amawt’aña”, que se relaciona estrechamente con la palabra "amuyt’a” o "amuyu”, que significa intelecto. En el quechua tradicional el intelecto se denomina "yachay” (también "nunachay” o "yuyayachiy”), pero en el cuzqueño es "hamuttay” o "unanchay”. En griego, intelecto es "nous”, palabra que luego se complementa con "logos”, pues el "logos” es hablar con el "nous”, es lo que concierne al intelecto, al "amuyt’a”, al "yachay”. Por eso, en quechua, también al sabio se lo llama "yachay”, porque usa para su conocimiento el intelecto.

Pero la filosofía en la cosmovisión andina, estaba también relacionada a la medicina, la educación y las creencias religiosas, formando una visión integral del mundo y la vida, totalmente contraria al antropocentrismo lógico-científico de la filosofía occidental actual.

Paso dos: Un error histórico

Cuando acudí a las fuentes bibliográficas autorizadas para ver con mayor claridad las actividades y los aportes que hicieron los "amautas” en su época, tuve un desafortunado encuentro con la Historia de la filosofía en Bolivia, de Guillermo Francovich: "Parece ser que los indios no habían pasado en sus concepciones de aquella que es característica de las mentalidades primitivas y que no puede denominarse una filosofía… vivían dentro del mundo en una especie de inmersión mística y mágica. Para ellos las piedras, las montañas, las fuentes, los animales, los astros y los meteoros eran objetos animados, dotados de vida y de poderes maravillosos… Carecían, por lo tanto, de los elementos lógicos indispensables para llegar a la concepción del mundo como una realidad ajena a ellos mismos… no podían concebir las cosas como una totalidad y como una unidad independiente del hombre. No podían tener idea del ‘universo’. Por consiguiente, tampoco podían llegar a la concepción de una causa primera, creadora de ese universo que eran incapaces de concebir”.
Lo primero que debemos tomar en cuenta es que la mística y mágica forma de ver el mundo es un elemento fundamental para provocar un asombro filosófico ante el misterio de la vida; sin el asombro el ser humano no tendría esa necesidad de saber, de conocer al mundo y entenderse a sí mismo. El autor de la desafortunada cita anterior olvida que en la época de Tales e incluso en la de Platón (con al menos tres siglos de diferencia entre ambos) todavía los griegos tenían a Zeus por dios, y su politeísmo era tan rico y vigente como lo fue -antes de la colonia- en la cultura inca y, mucho antes, la tiahuanacota.
La religión de una época determinada no excluye en absoluto el trabajo intelectual que, como hemos visto, era perfectamente reconocido no sólo por los incas, sino por los españoles, ya que los datos que usamos para describir la labor de los "amautas” no están sino en los documentos de los cronistas como Guamán Poma de Ayala y Garcilaso de la Vega.
Por otro lado, las ideas de universo, totalidad, unidad y por su puesto causa primera son totalmente identificables en los idiomas quechua y aymara. Esos conceptos que tanto le preocupan al autor para reconocer una actividad filosófica están presentes en el lenguaje de aquellos que llama "indios”, tan presentes como "logos”, "sophos” o "nous”. Si se tiene alguna duda, sólo hay que rastrear esas palabras en diccionarios de quechua y aimara.

Paso tres: El teatro precolonial

La obtusa y cruel invasión española no dejó rastros de los filósofos en nuestro continente, pero, felizmente, sí hay importantes documentos que nos demuestran -sin lugar a dudas- de que no sólo existían los filósofos en las culturas inca y aymara, sino que además la filosofía y el arte (especialmente la poesía y el teatro) estaban íntimamente relacionados.

Tal como nos lo cuenta Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios reales, en 1609 los "amautas” en el incaico "no sólo tenían la tarea de pensar para conocer y saber más”. Los incas encargaban la composición de sus dramas a los amautas y los "harivicus” (los poetas), juntos armaban complejas obras de teatro en las cuales "los actores no eran villanos, sino incas, nobles, hijos de curacas y aún los mismos curacas, capitanes, y en fin, maestros de campo”.

El argumento de las que Garcilaso  denomina tragedias, al igual que en tiempos de Sófocles, "versaba siempre sobre hazañas militares, sus batallas y victorias, y sobre las proezas y glorias de soberanos y héroes pasados”.

Le pongo punto final a esta reflexión, aunque hay muchísimas cosas por descubrir y nuevos senderos por andar.