La dimensión

La dimensión política de Cachín Antezana

Uno de los dos ensayistas que hoy celebra la feria del libro se presenta aquí en su faceta de teórico político, a partir de su clásico estudio sobre el nacionalismo revolucionario.
domingo, 13 de agosto de 2017 · 01:00
Fernando Molina
 
Luis Cachín Antezana, filólogo, ha aplicado las teorías estructuralistas del lenguaje y la literatura a las letras nacionales, haciendo algunas de la lecturas más penetrantes de las obras bolivianas que tengamos.

Aunque ha escrito relativamente poco, sus ensayos suelen ser de una densidad tal que pocas páginas equivalen a muchas escritas de forma más superficial. Al mismo tiempo, Antezana procura ser claro y elegante: como todos los buenos ensayistas, hace arte con la erudición y el juego de los conceptos. 

A momentos su prosa sufre algunos retorcimientos y peculiaridades que son propios del habla boliviana, en particular cochabambina, por influencia del quechua. Nos recuerda entonces al Chueco Céspedes y, cómo no, a René Zavaleta, una figura sobre la que Antezana ha escrito, con la que colaboró en algún momento y que sin duda constituye una de sus influencias.

Pero si Zavaleta está volcado hacia la política y la historia, lo que le interesa a Antezana es más "formal”: la política y el lenguaje. En esta vena, ha hecho un análisis denominado Sistema y proceso ideológicos en Bolivia (1935-1979) que puede considerarse su principal contribución a la teoría política boliviana, y que vamos a presentar en estas páginas.

Cachín Antezana es uno de los autores homenajeados por la Feria del Libro 2017, lo que es muy justo: no cabe duda de que se trata de uno de los principales intelectuales del país. Sin embargo, este homenaje está lejos de ser el que merece y que en algún momento debe organizarse en torno a su obra, para propiciar su relectura desde distintas perspectivas. Una obra que, insisto, no es muy abundante pero está llena de ricas implicaciones.

El "nacionalismo revolucionario”

En su ensayo de 1983, Antezana señala que estudiará los "procesos ideológicos” bolivianos en el periodo 1935-1979; es decir, desde la aparición hasta vísperas de la debacle de ese fenómeno histórico, el más potente del siglo XX, que se llama "nacionalismo revolucionario”. Antezana nos recuerda -y esto tiene su importancia- que se trata de un fenómeno ideológico, esto es -dice nuestro autor prestándose el concepto de Foucault- de un paradigma epistemológico. O, en palabras más comunes, de una determinada "subjetividad”. 

Como se sabe, importa tanto la realidad objetiva como la forma en que la realidad es "vista” por los sujetos. Esta "forma de ver” permite que determinados elementos aparezcan o no; en cierto sentido, permite que existan o no. En la filosofía de la ciencia (que es de donde Foucault sacó esto del paradigma epistemológico) la "forma de ver” responde a una determinada teoría hegemónica, por ejemplo la teoría newtoniana: todo lo que a esta teoría no le interesa o no consigue explicar permanece "invisible” mientras no se produzca una "revolución” teórica (aparezca la teoría de la relatividad). En la vida cotidiana podríamos hablar de ese sesgo de percepción que sufre, digamos, un celoso, el cual le impide procesar (siquiera "ver”) cualquier dato, por muy objetivo que sea, que contradiga su convencimiento de que su pareja le es infiel. 

Tenemos entonces que el nacionalismo revolucionario es la "episteme” o gran estructura ideológica boliviana del periodo mencionado. Dentro de ella se producen desplazamientos y disputas partidarias, pero los sujetos de estos desplazamientos y disputas se inscriben, cada uno a su manera, en el gran "sentido común” que proporciona el nacionalismo revolucionario. 

Como el MNR, pueden comenzar inscribiéndose en la izquierda del "ideologuema” y terminar en la derecha del mismo; o, como Hernán Siles, aparecer primero a la derecha del espacio que ocupaba el MNR, y luego terminar como el líder del ala izquierda de este partido. Pero todo esto sin salirse de un único "sentido común”, que así aúna a personajes y grupos tan disímiles como el POR de Guillermo Lora y la ADN del general Banzer. 

¿Por qué ocurre esto? Siendo el método de Antezana, como hemos dicho, "estructuralista”, es decir, que se preocupa por las relaciones sistémicas antes que por las causales (ya que todo puede ser causa de todo: Antezana evita la explicación clasista que propone el marxismo), entonces no sirve mucho para responder a esta pregunta.

Como toda explicación, nuestro autor señala que durante este periodo el nacionalismo revolucionario ha sido la "ideología del poder”, aun más, el camino que permite el acceso al poder. Pero para sustentar esta idea tendría que traer a colación un esquema histórico de correlaciones de fuerzas, lo que sacaría el análisis del campo formalista.

Nacionalismo revolucionario y populismo

Influido por el principal teórico posmarxista del populismo, el argentino Ernesto Laclau, Cachín Antezana considera al nacionalismo revolucionario "un arco”  que comunica dos extremos: la derecha y la izquierda, permitiendo que los sujetos vayan de un lado a otro, como hemos visto, pero también que, no importa en qué posición estén en cada momento, sigan comunicados con el resto. 

El nacionalismo revolucionario puede hacer esto, señala Antezana, siguiendo la teorización sobre el populismo de Laclau, porque su núcleo está "vacío”, es decir, porque tiene la capacidad de adquirir significados precisos distintos de acuerdo a las circunstancias. Las medidas económicas que adopta la Revolución Nacional son muy distintas, incluso antagónicas, en 1952 y en 1956, pero están siempre bajo el paraguas del nacionalismo revolucionario.

Dicho de otra manera, el nacionalismo revolucionario se constituye por la mezcla y por la tensión entre dos extremos ideológicos: por un lado la "nación”, que es el aspecto conservador de este constructo, del que se aferra el ala derecha de la política para preconizar la unidad de explotados y explotadores, clases dominantes y dominadas, pobres y ricos, detrás de un mismo "proyecto nacional”; por el otro lado está la "revolución”, que parte de la definición del "enemigo” de la nación, esto es, la "antipatria”, y en esa medida reintroduce la lucha interna en el proceso histórico. 

De acuerdo con sus intereses coyunturales, los partidos pasan de enfatizar uno de los aspectos, "nación” o "revolución”, a enfatizar el otro. Las disputas en torno a la dirección hegemónica que la ideología común debe adquirir generan en ella el "vacío” del que hablábamos. Dicho a la manera de Laclau, el populismo es un "significante vacío” que los distintos grupos movilizados convierten en significados particulares; vacío pero al mismo tiempo útil, porque confiere unidad a los que en esencia resulta disímil.

¿Útil para quién? Por su capacidad de unificar las pulsiones políticas, Antezana afirma que el nacionalismo revolucionario ha sido, en el periodo estudiado, el mecanismo ordenador de la sociedad según los intereses de las clases dominantes. Un mecanismo flexible y complejo, no puramente instrumental, pero finalmente "ajeno”.

Lo que le lleva a sugerir, como veremos con detalle en el recuadro, que una transformación real del país debe necesariamente pasar por "fuera” del nacionalismo revolucionario.

Aquí se nota la influencia del trotskismo (cuya importancia en la teoría política boliviana nunca debe subestimarse) sobre Antezana. Como se sabe, Guillermo Lora insistía en la necesidad que tenía la izquierda de "superar” el nacionalismo revolucionario. Antezana incluso señala que el "espíritu” de éste, su fondo profundo, emerge en la represión de las masas por parte del Estado, como ocurrió durante las dictaduras de Barrientos o de Banzer, mientras que su "letra”, su apariencia, son los momentos progresistas, como 1952. El "espíritu” es la nación; la "letra”, la revolución.

Una revolución siempre inconclusa

 

Se ha llamado a la Revolución Nacional una "revolución inconclusa”. Para Antezana el nacionalismo revolucionario conduce necesariamente a esta falta de acabamiento, a esta imposibilidad de finalizar la transformación, por dos tipos de razones.

Primero, porque en su ambigüedad ideológica (de la que hablamos en la anterior nota), el nacionalismo revolucionario implica "tipos” distintos de revolución: la transformación del país a la manera en que la burguesía europea transformó a los países del Viejo Mundo, o "revolución burguesa”, con la que cumpliría una determinada periodización de la historia; o la transformación de la sociedad por parte del proletariado, en concreto por la clase obrera minera, a la manera soviética, lo que equivaldría a una revolución más "avanzada” (un "salto” en la mencionada periodización). 

Antezana sigue a Zavaleta en la opinión de que la "dualidad” entre estos dos tipos de revolución resulta más "ilusoria” que real, es decir, que la opción socialista nunca ha sido del todo cierta, pero sí es capaz de impedir una finalización "feliz” del proceso: no importa cuánto se avance en el cumplimiento de una revolución, la otra seguirá pendiente, y por tanto suministrará un motivo de protesta social.

Esta narración implica -y éste es uno de los acierto teóricos de Antezana- que el trotskismo y la lucha por la "revolución proletaria” forman también parte del nacionalismo revolucionario, es uno de los aspectos de esta ideología híbrida y en constante combustión interna. Esta intuición teórica de Antezana ha quedado comprobada empíricamente por la investigación sobre el papel del trotskismo en el proceso revolucionario boliviano, por lo menos hasta 1952, realizada por Sándor John, la cual desmiente la historia que a posteriori inventó Lora sobre su participación, a fin de mostrarse a sí mismo como completamente ajeno a esta ideología. Pero si Lora y el POR fueron "salieron” del nacionalismo revolucionario, esto ocurrió con posterioridad a la Revolución Nacional y no antes.

La falta de la burguesía

Un segundo factor que explica la inconclusión del revolución, y que prolongará esta inconclusión por siempre, se halla en la falta en Bolivia de una burguesía que cumpla su papel revolucionario, es decir, que consume la "revolución burguesa”. 

Por esta ausencia, que Antezana menciona pero no justifica, otros deben cumplir la "función” de la burguesía. Es obvia la alusión al MNR y a su rápido intento, después de 1952, de trasladar los excedentes de la economía estatal, es decir, la economía constituida según los requerimientos de la "nación” (véase la nota anterior), a manos de una "burguesía nacional” que resultó siendo "trucha”, es decir, finalmente fingida y hechiza. 

Este es el conducto por el que la teorización de Antezanase conecta con el análisis económico, aunque para hacer esta conexión debamos en este caso poner algunas palabras en su boca: la revolución nacionalista revolucionaria no termina nunca, entonces, porque no logra desarrollar capitalistamente al país. 

Lo que por supuesto pone en el orden del día la posibilidad de una revolución de otro tipo, lo que en 1983, en el momento de publicación del ensayo que estamos divulgando (Sistema y proceso ideológicos en Bolivia), todavía remitía a la revolución socialista. 

Esto requería, ya lo sabemos, "salir” del nacionalismo revolucionario. Pero, ¿cómo salirse del mismo sin abandonar al mismo tiempo el "lenguaje”, por decirlo así, del poder? Tal evasión había sido un lujo que, hasta la oleada neoliberal de los 90, sólo se habían podido permitir la extrema izquierda y la extrema derecha. 

Esta pregunta vuelve a tener plena vigencia. ¿Cómo articular hoy un discurso progresista que tenga posibilidades prácticas por fuera del paradigma que no ha dejado de ser el que ordena los procesos ideológicos bolivianos, esto es, el nacionalismo revolucionario?


 

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