Letra 7

Carta a Iluminación

Tremendo halago a Sebastián Antezana: “Aunque no te conozco en persona (porque soy un paria), debo decirte que me devolviste las ganas de escribir: gracias”. Pero también crítica a la última obra del escritor paceño.
domingo, 10 de septiembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Mauricio Rodríguez Crítico

 

Sí, lo sé, las cartas están en extinción. Así que haré algo revolucionario (no me refiero a esa malísima novela llamada  La guerra del papel): escribo a continuación una crítica-carta sobre  Iluminación.

Sebas (tal vez ni siquiera pueda llamarte así):

Acabé de leer Iluminación en mi plena crisis de los 30 (mejor: 32) y la tarde de domingo es aburrida, lenta y triste, y mi vecino no para de abrazarse con su esposa y de ver Netflix; yo estoy solo (no hay plata para Netflix y no hay plata para una esposa). 

Después de leer el primer cuento (Proteo, cazador) te sentí como un escritor, en mayúsculas, y después de mucho tiempo me dieron ganas de escribir (también con mayúsculas), y te sentí Carver y Hemingway y Fitzgerald. No me malentiendas, eras tú, tu voz (potente, sugerente) que me llevaba de la mano por la historia del niño-hombre. 

Cuando estoy frente a una obra maestra se me retuercen las tripas (¿así lo hacían los agoreros con los restos de animales, frente al futuro?) y siento lo que sentí cuando me besaron por primera vez (aunque ella [que no fue ni mi novia] lo hizo por apuesta, el primer beso es el primer beso) o cuando escribí un cuento por primera vez o cuando vi a la muerte por primera vez (en los ojos de mi abuela que ya no era sus ojos, sino sólo polvo). 

Lo mismo me sucedió con tu segundo cuento (Viejos que miran porno) y tal vez lloré frente a mi soledad y mi catre, que son dos colchones en el suelo; y esta alergia que me mata. Sentí a los ancianos vivos y eso ya es decir mucho de la literatura, que a veces nace muerta y existe esa incapacidad de crear (re-crear). Tus narradores empatizan a sus personajes, y estos vecinos que no dejan de darse amor.

En el tercer cuento te sentí Murakami (en el buen sentido:  Tokio Blues  o  Dance, dance, dance).
 
La herida y el amor (¿se puede amar sin ser herido?: yo creo que no). La herida y el sexo. La herida y la soledad. Aquí debo decir que fuiste algo sádico (como lo es Fabián Casas con sus personajes), pero qué importa, lograste tu cometido: lo leí a eso de las dos de la madrugada, con insomnio y con un dolor en el pecho (los dolores cada día son más frecuentes).

Hasta aquí uno de los mejores libros que leí en estos días (después de los mamarrachos del último premio nacional de novela o del Franz Tamayo que son palabras, sólo palabras, y nada de vida o lo que se asemeja a la vida). Ok, sé que todo está destinado a desaparecer. Ok, sé que nos aferramos a todo esto como con una delgada cuerda frente al vacío. Pero al menos hagamos algo mientras nos toque estar aquí (mis vecinos ahora se abrazan y uno le dice al otro: tú me complementas). 

Tus siguientes cuentos me parecieron prescindibles, de otro calibre. Tal vez una experimentación, algo formal, algo informal. Entonces puedo decir que  Iluminación  se divide en dos: una obra maestra (tus primeros tres cuentos) y una obra que pudo ser mejor (tus siguientes cuentos). Tal vez no te parezca (porque  Ante la ley  fue traducida al inglés) pero te diré que sentí que les faltaba algo, que las palabras se hacían palabras y nada de magia o de dolor o de desidia (debo de dejar de ver  Twin Peaks).

Ahora debo decir que soy un seguidor tuyo (¿un Sebaslieber?) y aunque no te conozco en persona (porque soy un paria), debo decirte que me devolviste las ganas de escribir: gracias. Ahora te dejo porque el arroz se me quema y la vida se me quema, y luego iré a tocar la puerta de mis vecinos, tal vez uno de ellos salga y yo le pueda decir algunas cosas, o llore sobre sus hombros y le diga que haga sus cosas con las cortinas cerradas, porque uno se antoja y, a veces, en la soledad, es difícil sobrellevar la vida.

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