Letra 7

La dualidad perpetua de Fernando Casas

Fernando Rodríguez Casas filosofa pintando, pero sus obras no son especulativas, sino cien por ciento sensoriales.
domingo, 10 de septiembre de 2017 · 12:53:00 a.m.
Óscar Jordán Arandia Escritor

Hace 20 años, en un café llamado Carajillo, Fernando Rodríguez Casas me contaba de su obra, de su hacer, de sus travesuras y sus reflexiones. Es un hombre muy particular. Es filósofo y pintor, y su quehacer artístico está estrechamente vinculado con su obra filosófica. Él filosofa pintando, lo que no significa que sus obras sean filosóficas; de ninguna manera, son visuales, apuntan a las sensaciones y no a la especulación.

Lamentablemente no lo he vuelto a ver. Vive en Houston, Estados Unidos, desde hace aproximadamente 40 años y tiene una maestría y un doctorado en Filosofía; en ambas, se graduó con honores Magna Cum Laudey sus trabajos filosóficos han sido seleccionados para ser publicados en cuatro ocasiones. Como artista, ha realizado más de 30 exposiciones individuales y 35 colectivas en diferentes galerías del mundo y su obra pictórica ha sido comentada en 11 libros.
 
Allí se lo conoce como Fernando Casas.

Aquella noche, en el Carajillo, Casas me desveló dos cosas: la primera, que la escisión de uno mismo con el mundo es un asunto existencial perpetuo; y la segunda, que además de pintor y filósofo, Fernando tiene el alma de un poeta.

En una entrevista que le hizo la historiadora de arte Virgina Billeaud Anderson en 2014, (Nueva Crónica, Nº 149) Casas se declara "ante todo, un artista visual”, pero "el examinar cuidadosamente la historia del arte es una tarea esencialmente filosófica: es una articulación visual, auditiva, etc. del entendimiento de  quiénes somos, o dónde estamos, o por qué somos. Por lo tanto, no establezco una diferencia grande entre el arte y la filosofía, están entrelazados”.

Yo creo que Casas hace filosofía pintando, pero no porque sea Philosophical Doctor ni porque los temas de su obra pictórica sean filosóficos, sino porque él mismo es un filósofo y al pintar se enfrenta con sus inquietudes existenciales. El resultado es una obra de arte, que interpela a un nivel sensorial y no intelectual. El principal motor en sus obras responde a la inquietud por resolver un dilema filosófico: la dualidad y la escisión del estado de existencia. 

Los modos de afrontar el dilema, los miedos y las confusiones de ese proceso se expresan a través de sus obras y de toda su trayectoria artística, incluidos sus últimos periodos en los que experimenta con el cubismo, las instalaciones y las técnicas mixtas (por ejemplo, óleos sobre madera, con espejos, collage y otros objetos incrustados).

El inicio de la dualidad

Casas, en 1976, trae al mundo Perpetual Dilemma, un dibujo en el que se observa la silueta de un hombre sentado, de la cintura para abajo, con el pie izquierdo en una silla y el derecho apoyando su mano, la cual sostiene un lápiz. Al lado hay un cuadro que es el mismo que Casas está pintando en ese momento y que nosotros estamos viendo. 

Este cuadro destaca no sólo por la destreza en el manejo del dibujo, sino por la introducción de dos perspectivas diferentes en un sólo espacio, que corresponden a las percepciones -separadas y distintas- del ojo derecho y del izquierdo.

Estamos acostumbrados a tener dos perspectivas de visualización ya que el mundo también se nos presenta simultáneamente desde dos ángulos distintos y lo miramos de dos maneras diferentes. El hombre está, por tanto, fragmentado, es natural a su condición y nunca dejará de estarlo. Ese es el dilema. Además es perpetuo. Hay dos en uno porque el uno no es uno sino dos. A Casas, esto le generó conflictos.

El haber incorporado en Perpetual dilemma dos perspectivas evidencia una sensación de dualidad, pero en la obra se muestra también una actitud frente a esa doble visión. La mano que sostiene un lápiz -además de la presencia de la representación del mismo cuadro, en pleno proceso de realización- explícitamente está indicando que la actitud ante ese dilema es pintar ¿Y qué es lo que se está pintando? Pues el dilema que el pintor vivió en ese momento, cuando se encontraba sentado formalizando, con lápiz y papel, un instante de vida.

Casas pintó una vivencia y a la vez, quizás sin darse cuenta, se reveló a sí mismo la manera de reunir a la fragmentada y dual conciencia. El lápiz es en este caso, el único instrumento de salvación. Al pintar ese momento se materializa una experiencia y se transforma en un testimonio del hacer del artista.

El perpetuo dilema

A pesar de que en sus últimas producciones Casas refleja una negación total a las clásicas formas de expresión, no ha dejado de estar estrechamente vinculado con la experiencia intensa de la sensualidad y en todos sus cuadros está reflejado aquel primer dilema.

Véase por ejemplo El planeta (1980) y La tormenta (1983), que se caracterizan por la ausencia de uno mismo; o en Génesis, revelación y resurrección (1991), que retratan a la piel, abriéndose en dos; o Extinciones (1995), Díptico con resorte y hueso (1993), Quipus keeping (1993) y Cuerda y silla (1995), que son técnicas mixtas  con elementos incrustados como madera, soga, resortes, huesos, tuercas y hasta una auténtica flecha de guerra.

Casi siempre son obras que están partidas en dos, tres o hasta cuatro partes, fragmentadas de izquierda a derecha o de arriba hacia abajo, o bien, están divididas por heridas, fisuras y rajaduras.
 
Los dípticos y los trípticos  son frecuentes. La dualidad siempre está allí, al acecho.

Incluso en sus últimas instalaciones agrupadas en El límite del mundo visual (1995-2014) o La perfección del tiempo (2012-13) -en las que se incorporan espejos en una especie de cubículos o cámaras de luz y oscuridad- la experiencia de la escisión es evidente, ya no sólo para el autor sino para el espectador, que se fusiona en la misma obra al reflejarse en ella a través de los espejos.

El dilema sigue ahí. Ronroneando a sus pies, como un gato coqueto. Pareciera que el tormento desesperado se redime una y otra vez, en cada cuadro, collage o instalación que haga. Cualquiera se dará cuenta que su visión del mundo es totalmente poética, con su lienzo como escudo y los pinceles, espadas.

Casas no se sirve de las palabras sino de las formas para filosofar. Larga vida y salud a este gran artista.

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