Letra 7

El telón se levanta

Una lectura de la cuarta edición de La guerrilla inmolada, de Gary Prado Salmón.
El telón se levanta
Prado con el cadáver del Che.
domingo, 10 de septiembre de 2017 · 12:55:00 a.m.
Harold Olmos Periodista
 
Esta obra, cuya primera edición data de 1987, es la historia de la derrota de un movimiento guerrillero, comandado por la mayor expresión de esa forma de lucha contra un ejército que menospreciaba, convencido de que era tan fácil vencerlo que Bolivia sería sólo un puente rumbo a Argentina, el destino principal.  

El devenir de los meses en la selva desnudó su engaño para desembocar en el epílogo que todos conocen. Una de las grandes paradojas de la historia de la insurgencia y de las luchas políticas en América Latina aún por desmenuzar es que las izquierdas radicales convirtieron la derrota en un acto heroico que vendieron por todo el mundo. 

Los compradores, huérfanos de esperanzas, recibieron la narración sin espíritu crítico y aceptaron la versión cómoda que les daban sin oponer resistencia, para luego entregarla a masas y generaciones acríticas, impermeables a las observaciones del sentido común sobre los errores garrafales de quienes urdieron la campaña. 

Sin estridencias ni retórica, el general Gary Prado Salmón cuenta la historia de la guerrilla y el comportamiento de las Fuerzas Armadas bolivianas en los siete meses de insurgencia en la selva.
 
Al final de la aventura, la mayor inconsecuencia de Guevara fue el adiós a la arenga de "Patria o muerte”, de la que era un forjador, para entregarse gritando por su vida: "No me maten, soy el Che”.

Crítica a la guerrilla

Una novedad en la obra, especial para la conmemoración de los 50 años de aquel episodio, es la breve presentación de La Guerrilla Inmolada en su cuarta edición. Para el autor, el título escogido lo dice todo. "Esta fue una guerrilla enviada al sacrificio, inmolada en el altar de la necesidad política de Fidel Castro de garantizar su liderazgo local y regional y su permanencia en el poder. Lo logró, sí, pero a costa del sacrificio de su propio pueblo, que aún no consigue recuperar su libertad y está anclado en un modelo político obsoleto y sin perspectivas”.

Muchos de los que hablan de la campaña del Che poco reparan en examinar un hecho que sentenció al movimiento. Lanzadas las operaciones, ningún voluntario se sumó y los campesinos, que el Comandante creyó que se levantarían entusiasmados con su presencia, fueron el mejor auxilio del ejército para ubicar a los guerrilleros y derrotarlos. Con un desdén natural hacia la guerrilla y ante un discurso nebuloso que les ofrecía tierras en una región donde tierra era lo que más sobraba, para los campesinos la música revolucionaria era como ofrecer agua a los peces de un río.

El autor subraya que el escenario para la insurgencia fue escogido sin que nadie lo hubiese recomendado como apto para la tarea. Distaba cientos de kilómetros de las fronteras más próximas e incluso de los centros urbanos bolivianos. No sólo eso. El campamento construido resultó más débil que la casa de los chanchitos de los cuentos infantiles y fue tomado por el ejército sin una sola escaramuza. 

A la pérdida del que debía ser un refugio permanente e inexpugnable, se agregó la división de la columna, ocurrida tras desplazarse a la cabeza de la vanguardia combatiente dejando a la retaguardia ("resaca”) en el campamento, para acompañar hasta Muyupampa  a Regis Debray, Ciro Bustos y George Andrew Roth. Prado Salmón subraya la división como uno de los errores capitales del Comandante.

La pregunta de por qué ocurrió esa división no ha tenido aún una respuesta satisfactoria.  ¿Una improvisación porque estaba muy seguro de que el viaje sería tranquilo? ¿O era que el Comandante ya estaba librado por completo a su suerte y sin esperanzas de recibir algún apoyo? La retaguardia escapó hacia el monte cuando llegó la patrulla del ejército que tomó el lugar y los dos grupos nunca volvieron a encontrarse.

Empecinamiento irracional

El autor recuerda que era tan evidente la situación sin destino en que se encontraban, que algunos insurgentes plantearon al Comandante la disolución del movimiento. El Che los desoyó y la guerrilla continuó deambulando, cada vez más cerca del ejército que la acorralaba. 

Prado Salmón sostiene que "la negativa a disolver la guerrilla tiene una razón de fondo: el Che no tenía dónde ir. Cerrado su retorno a Cuba (cuando Fidel Castro leyó una carta que se suponía que sería secreta hasta su muerte), ¿dónde podía refugiarse? Por eso la marcha hacia el ocaso tiene su justificación final en la continuación del movimiento hacia el enfrentamiento definitivo”.

El autor juega fuerte pero la hipótesis que apunta a la responsabilidad de Fidel Castro en la guerrilla y su destino no es sólo suya. Surge al amparo de las condiciones de la Guerra Fría.
 
Argentino que nada le debía a Fidel sino al revés, Guevara era una espina en el zapato. Cuba sobrevivía gracias a la Unión Soviética y, a pesar de haber sido ignorada en la crisis de los cohetes cuando John Kennedy negoció directamente con Nikita Khurschev su desmantelamiento, el vínculo con los rusos era el único cordón que sostenía a su revolución. Puesta ésta y el Che en la balanza, no había salida.

Compensar la derrota

A partir de ahí, para compensar la derrota, comienza "la construcción del mito del guerrillero heroico, del gran idealista, del conductor militar y exitoso, con poca relación con la realidad”.

Ese capítulo ganó impulso en 2006 cuando llegó al Gobierno Evo Morales e inició su cruzada para revivir al personaje. Prado Salmón anota que esa resurrección, con homenajes y monumentos, se ha llevado a cabo "despreciando y denigrando o pretendiendo denigrar a los oficiales, suboficiales y soldados que defendieron la soberanía nacional bajo un Gobierno constitucional, derrotando al invasor”.

"No han tenido éxito”, afirma en un lacónico diagnóstico. "Los jóvenes soldados de 1967, hoy ciudadanos cercanos a los 70 años, ostentan con orgullo el título de Beneméritos de la Patria”.

Las batallas del general Gary Prado no han acabado. Es el más notable de los "denigrados” pues el gobierno del presidente Morales, con el "Juicio del Siglo”, lo tiene como parte de un plan para descuartizar al país que defendió hace medio siglo. Es una venganza, ha dicho, de los viudos del Che, ahora prominencias en el Gobierno, consecuencia de una de las típicas volteretas de la historia boliviana, que encumbra a algunos por períodos que, al extinguirse, como siempre ocurre, acaban en anécdotas.


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