Política

La mirada del poder o de cómo Pablo, los Kjarkas y Kalamarka ganan contratos

Para Ayo, las autoridades de Gobierno funcionan bajo el modelo de “caras conocidas”. En éste los méritos son los que pesan menos.
La mirada del poder o de cómo Pablo, los Kjarkas y Kalamarka ganan contratos
La mirada del poder o de cómo Pablo, los Kjarkas y Kalamarka ganan contratos
domingo, 13 de mayo de 2018 · 00:00

Diego Ayo Politólogo

Nos cuenta el gran periodista Kapuscinski en su libro Emperador que la gente se aglomeraba a la salida de las puertas del palacio para ver al emperador Haile Selassie. No los embargaba ninguna filia vouyerista. No nada que ver. 

Otra razón los obligaba a estar ahí, en ese preciso lugar y en ese preciso momento, codeándose con otros infelices con similar propósito: lograr que sus miradas se crucen con la de su majestad. Lograr que sus magnas pupilas se clavaran con las pupilas de estos pobres mortales. 

En ese infinitesimal instante residía su única posibilidad de ser favorecidos por el poder. Si su celestial autoridad posaba fortuitamente su lente en algún miserable, quizás éste tuviese la fortuna de acabar sus días de mensajero, chofer o incluso ministro. El armazón estatal pues, personalista in extremis, dependía para su conformación de estos escuetos segundos. Sólo los rayos del sol ocular de este dios terrenal daban vida. Aquellos desventurados que vivían a kilómetros de este calor imperial no existían. Sencillamente no existían. 

¿Por qué recordar esta vida de infortunio generalizado con escasos islotes de felicidad oligárquica (de oligarquías efímeras y ultra-dependientes del favor imperial)? Porque los últimos acontecimientos acaecidos en el país con los Kjarkas, Kalamarka y Pablo Groux a la cabeza nos devuelven, a pesar de la parafernalia triunfalista de nuestros gobernantes, a nuestra condición africanizada: sólo aquellos que pululan alrededor de los diosecillos del poder son favorecidos. 

Las noticias que adornan algunos matutinos, con los Kjarkas y Kalamarka como las figuras del día, serían hermosas y dignas de orgullo si de música en alza se tratasen. Pero no, el asunto es más prosaico y versa sobre contratos amañados a favor de estos bardos del poder. Suman poco más de tres millones de bolivianos. No hay duda que se trata de grupos folklóricos de enorme prestigio. ¿Quién lo podría negar? Pero ese no es el punto.

 Lo verdaderamente relevante es que si hubiésemos procedido a través de convocatorias públicas, se hubiese generado un ambiente propicio para el surgimiento de nuevos grupos folklóricos y no para la consolidación de grupos ya consolidados. Y es que cuando consolidas a los ya consolidados logras una sola cosa: encumbrar una oligarquía o lo que hemos bautizado como capitalismo de caras conocidas. Nunca más certera la denominación. Los “caras conocidas”, blandiendo sus tragos etiqueta azul en alguna farra con el presidente, han logrado mirarlo a los ojos y verse bendecidos por su calor solar. No cuenta el mérito, cuenta el “ojazo”.

Y ya que hablamos de folklore, vámonos a la segundita: nuestro amigo Pablo Groux (y lo de amigo es muy cierto): este politólogo y literato, dado su nexo familiar, ve a las pupilas vicepresidenciales con alguna frecuencia, sin dudas, lo que le evita estar codeándose con la masa anónima, dispuesta a amarrar huatos con tal de recibir el “ojazo divino”. 

Pues no, él no debe buscar la mirada imperial. La mirada le llega por vía consanguínea: las hermanas son esposas de los señores García Linera y Groux, respectivamente. ¿Resultado de este lazo? Un contrato de aproximadamente un millón y medio de dólares. ¿Raro? Para nada, hasta donde sabemos el calor ocular ya llegó en alguna otra circunstancia aérea, aunque en aquel momento el beneficio fue para la cuñada. 

¿Qué significa todo ello? Que sólo quienes no comprenden cómo es que funciona este modelo, pueden seguir sorprendiéndose de que ocurran estos casos. ¿Son la excepción? No, por supuesto que no. La excepción es la convocatoria abierta, meritocrática y plural. Lo excepcional es que ganen los mejores. Lo excepcional es que seamos un Estado en serio y no un conjunto de clanes que no quieren dejar el poder por estas miles de razones pintadas color verde-dólar.

Selassie ha muerto hace algunas décadas pero el tenor africano-boliviano contornea inclaudicable nuestras fronteras. ¿Cuál es el resultado final? Pues el encierro endogámico de los oligárquicos ganadores de convocatorias públicas amañadas: se protegen entre ellos, son amigos, levantan el brazo para cantar el himno pero no por vocación patriótica, sino para identificarse como clan, tienen un discurso que los cohesiona como secta (“la derecha, los fachos, etc.”), entre otros rasgos que, indudablemente, les permite ver al poder directamente a los ojos y, gracias a ello, ganar jugosas convocatorias públicas. 

No seamos más ingenuos. Este modelo funciona así, como un modelo de “caras conocidas”.

 

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