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Significados, contenidos y desafíos del 21-F

12 años después de ese enorme apoyo nacional e internacional y con el manejo de una fortuna que nunca había tenido el país, resulta que no se han resuelto los problemas de la gente.
domingo, 10 de junio de 2018 · 00:02

Juan Del Granado Político y abogado

El 21 de febrero fue percibido como un hecho electoral muy importante, pero solo como un hecho electoral. Así lo percibió el Gobierno cuando consideró que era una derrota episódica absolutamente reversible; pero también por varios liderazgos de la oposición que creyeron que había llegado el momento de sus candidaturas. 

Está claro que siendo el 21-F un hecho electoral muy importante, ha trascendido largamente lo electoral y se sitúa como el hito demarcatorio de los momentos que ha vivido el país en estos 12 años. Tres puntualizaciones son posibles respecto al 21-F; la primera tiene que ver con sus significados trascendentes, la segunda con sus contenidos estructurales y la tercera con sus desafíos y proyecciones.

Los significados del 21-F Agotamiento estatal y nuevo sentido común

Pasado el momento electoral, meditando sobre la significación de la primera victoria electoral de la oposición, quedaba claro y ahora después de dos años mucho más aún  que uno de los significados fundamentales del 21-F ha sido su capacidad política de develar el agotamiento de una fase estatal. Los elementos que hacen a este agotamiento tienen que ver con la historia de estos 12 años. 

Esa formidable acumulación que se transformó en poder estatal y gubernamental el año 2006  fue vaciándose en sus contenidos y sus fundamentos. Pero esto no era perceptible por lo menos hasta el 21 de febrero de 2016 para el gran conjunto de la gente. Ese proceso que se inició después de una larga acumulación se fisuró, se fue paulatinamente fracturando por las propias acciones y visiones gubernamentales:

La corrupción, que se fue reinstalando y expandiendo en la administración pública, fracturó los contenidos éticos de un proceso que debió ser lo contrario al pillerío “neoliberal”; el autoritarismo, la intolerancia y luego la persecución de toda oposición y disidencia fracturó los valores democráticos y las libertades ciudadanas; el hegemonismo fracturó la institucionalidad de los poderes públicos y subordinándolos otra vez partidocráticamente; el despilfarro de los ingentes ingresos públicos malogró las posibilidades de un desarrollo productivo alternativo. Y, finalmente, una fractura central fue la fractura “indígena”, con motivo del extractivismo y el neodesarrollismo que hicieron trizas los contenidos “plurinacionales”, arremetiendo contra la Madre Tierra, reprimiendo violentamente a los pueblos de tierras bajas y por lo mismo echando por la borda los componentes indígenas, portadores centrales de la inclusión y la lucha contra el racismo.

Fueron esas cinco fracturas las que vaciaron los contenidos del proceso. Pero es probable que esas fracturas se hubieran mantenido solo en el nivel abstracto de los análisis políticos distantes de la gente, si es que no se producía, antes y después del 21 de febrero, la fractura de la Constitución con el prorroguismo, planteado y derrotado el 21-F, pero luego impuesto con el fallo infame del Tribunal Constitucional del 28 de noviembre de 2017.

Fue primero ese intento prorroguista y la respuesta masiva del 21-F que lo derrotó, y después fue el fallo infame que lo impuso, las visibles acciones de fractura de la Constitución, de ruptura de la soberanía popular, que hicieron visible el conjunto de las fracturas. 

Fue el prorroguismo el que mostró que no solo se había fracturado la ética, las posibilidades económicas, las libertades y la institucionalidad del país, sino que también se estaba fracturando el orden constitucional y el voto ciudadano. Por ello el 21-F es un momento revelador de estas fracturas, pero sobre todo del vaciamiento de un proceso que debió tener un destino diferente, porque el año 2006 se había iniciado en el país una nueva fase estatal. 

Y cuando hablo de fase estatal, me estoy refiriendo a los momentos largos de la historia del país en los que, para encarar los grandes problemas nacionales, se organiza de una manera específica la forma de gobernar y de producir, la manera cómo se relaciona el Estado con la sociedad y ambos con la economía.

Un nuevo Estado

No voy a extenderme en ello, pero era evidente que el año 2006 se inauguraba una nueva fase estatal, agotada la fase anterior, la fase estatal liberal conservadora, que trató de implementar en el país un modelo que tenía en la libertad de mercado, en la eliminación del Estado como factor central en la economía y en los pactos políticos partidarios los elementos principales de su implementación.

20 años duró el intento estatal liberal conservador que también devino de otro agotamiento, del agotamiento del Estado del 52 que lo sufrimos después de la recuperación democrática en la UDP, con el Dr. Siles que no pudo sobrellevar sus elementos más visibles como fueron la crisis económica, la hiperinflación, el endeudamiento externo y el desmantelamiento del aparato productivo.

Lo que deseo destacar acá es que a los agotamientos estatales les siguieron procesos de transición que permitieron la formulación de nuevas propuestas estatales. Gracias a la actitud patriótica de Don Hernán, que dio un paso al costado acortando su mandato, vivimos una corta transición democrática que culminó en nuevas elecciones. 

En cambio, vivimos una transición compleja una vez agotado el modelo “neoliberal”. Se desató una generalizada crisis y, por ello, fue una transición cruenta, donde solo la movilización popular logró empujar a Sánchez de Lozada a un helicópteroy abrir la transición que también culminó en nuevas elecciones. 

Acá lo destacable es que agotadas dos fases estatales se mantuvo la democracia, porque después de cada agotamiento tuvimos procesos de transición que nos permitieron nuevas acumulaciones, donde se renovaron las energías de la sociedad, donde se formularon nuevos proyectos y paradigmas. 

No es el caso ahora entrar en mayores profundidades sobre las fases estatales, pero unas y otras se agotaron por la sencilla razón que no resolvieron los problemas del país. 

Recordemos la enorme energía y esperanza que acumulamos en esas coyunturas históricas, pero estábamos, sin saberlo, al final de una fase estatal que se la comió la crisis, pero sobre todo que se la comió el agotamiento de una forma de gobernar el país y de manejar la economía nacional.

Y luego viene el período conservador neoliberal que formuló otras matrices de desarrollo que, al cabo de 20 años, también se agotaron, por la sencilla razón de que tampoco resolvieron los problemas del país  y después de esa cruenta transición es que se inaugura esta otra fase estatal denominada “plurinacional”. 

Volviendo al tema, producidas las fracturas el vaciamiento de los contenidos éticos, democráticos, institucionales, económicos e indígenas, lo que se produce es el agotamiento de la fase estatal populista autoritaria, y es esto lo que revela, el 21-F. 

Lo que visualiza la gente es que después de 12 años no se resolvieron los problemas del país. 

Es probable que la percepción nacional no esté necesariamente comprendiendo en toda su dimensión las rupturas, pero lo que le queda claro a la gente es que después de 12 años esta fase estatal se ha agotado, que después de 12 años  tampoco se han resuelto los problemas del país, que no se ha mejorado la vida de la gente, que el destino del país vuelve a ser incierto, porque el empleo sigue siendo precario, que la pobreza y las desigualdades persisten, que la delincuencia y la inseguridad se agravaron, que la salud y la educación no son atendidas, y que los gobernantes están otra vez de espaldas a la gente. 

Pero, además, a diferencia de las fases estatales anteriores, nunca ningún gobierno antes tuvo tantas posibilidades de éxito. Veamos: el MAS contó con el respaldo mayoritario y sostenido de la población expresado en un promedio de votación superior al 60%. 

El gobierno del MAS contó con un respaldo y acompañamiento internacional unánime. Y como nunca antes este gobierno contó con la cantidad de recursos económicos que apareó la elevación de los precios de nuestras materias primas.

 El desgaste

Pero al cabo de 12 años, después de ese enorme apoyo nacional, después de ese extendido respaldo internacional y con el manejo de la fortuna histórica que nunca tuvo el país, resulta que no se habían resuelto los problemas de la gente. Y el 21-F tiene ese especial significado, porque es un momento de revelación colectiva del agotamiento. 

Es lo que denomino el nuevo sentido común, la opinión mayoritaria y sencilla de la gente, no los grandes análisis, ni de las abstracciones que suponen los conceptos; me refiero a la percepción cotidiana que el ciudadano común tiene de su entorno, de su vida diaria y de su suerte. 

Ese sentido común antes del 21-F era aún favorable a la gestión gubernamental, ya había críticas, pero el sentido común mayoritario todavía estaba anclado en una visión positiva y los datos recientes de la elección anterior, de fines del año 2014, daban cuenta de ello; todavía el MAS alcanzó un 62% de respaldo electoral. 

Entonces, la primera significación del 21-F es haber modificado el sentido común; la gente asume que el MAS tuvo la oportunidad de transformar la vida en el país, con el apoyo nacional, con el respaldo internacional y con esa ingente cantidad de recursos, y no lo hizo. Y, por tanto, se modificó el sentido común; un sentido común que se ha ido alimentando y extendiendo en estos dos años, que ahora abarca un abanico muy amplio. Abanico que va desde quienes piensan que han habido cambios positivos, pero que no pueden eternizarse ya está de buen tamaño, que ya tienen que irse; que vengan otros que resuelvan los problemas que no pudieron resolverse. Un abanico que va un poco más allá, que dice que se equivocaron, que ya tuvieron la oportunidad, pero que se aplazaron y por tanto tienen que irse. O una opinión más radical: traicionaron, defraudaron, se pusieron de espaldas al país y tienen que irse. Y en el extremo hay quienes piensan que delinquieron, que robaron, que mataron y que por ello tienen que irse, pero no a su casa, sino a Chonchocoro. 

Ese es el espectro amplio y por eso hablo de sentido común. El sentido común es un sentimiento transversal al gran conjunto de la población en las regiones, en todos los sectores. 

Un sentido común que ha llegado incluso a los núcleos más sólidos del gobierno, a los núcleos indígenas, cocaleros, sindicales  y que ha hecho carne cotidiana en los grandes sectores urbanos, en los jóvenes, en las mujeres, en los grupos ciudadanos. 

Hoy día estamos con esta significación mayor que la solamente electoral del 21-F que revela que ha surgido en el país, un renovado sentido común que además  es algo irreversible porque cuando la realidad política, económica y social del país se convierte en sentido común, en la fácil comprensión de la gente respecto a lo que está viviendo, eso no es reversible, porque en su raíz profunda está el agotamiento de una forma de gobernar,  de producir, de la forma cómo se relacionó el Estado con la economía y con la sociedad. 

Este es el primer significado: el 21-F es un hito que marca el cambio de sentido común y que anuncia un cambio de época, un cambio de tiempo en el país.

 

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