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¿Deben pagar impuestos los robots?

Los impuestos derivados de las externalidades negativas que una actividad genera no es algo nuevo, pero los procedentes de la automatización no deben desincentivar el incremento de la productividad.

¿Deben pagar impuestos los robots?
Carlos Pimienta  / Banco Interamericano de Desarrollo
 
La  irrupción de los robots en sectores cada vez más amplios de la economía puede eliminar miles de empleos en el futuro cercano, así que es justo que paguen una compensación monetaria para que los miles de desempleados puedan reentrenarse y encontrar otras ocupaciones. Esa sugerencia que a muchos pareció descabellada, vino hace unos meses de Bill Gates, uno de los gurús globales del sector tecnológico y de la automatización.

Cobrar impuestos basado en las externalidades negativas que una actividad genera no es algo novedoso en la teoría tributaria. Desde las altas tasas impositivas al consumo de tabaco y de bebidas alcohólicas, por ejemplo, que generan altos gastos de salud al sector público por las enfermedades relacionadas a su consumo, hasta al impuesto sobre los vehículos por el costo de mantenimiento de las vías públicas.

Pero en el caso de los robots, la discusión no es tan simple. Los robots no son un bien de consumo, sino una inversión de capital que incrementa la productividad y la eficiencia económica a través de la automatización, por lo que sería un desincentivo a la inversión, la innovación y la eficiencia. Por eso es un tema complejo. El economista estadounidense Lawrence Summers contestó a Bill Gates diciendo que cobrar impuestos de una actividad que genera riqueza no sería lógico, y lo que habría que hacer para enfrentar la pérdida de empleos es invertir recursos en educación y reentrenamiento.
 
Fuentes de subsanación
 
Los recursos para reentrenar a  los trabajadores que pierden su empleo debido a la automatización provendrían de diversas fuentes. 
 
La primera de ellas sería a través de compensaciones. Grandes obras de infraestructura, como nuevas plantas de energía, desde hace tiempo pagan compensaciones monetarias por los daños ambientales que generan. De la misma forma, si la automatización genera la pérdida de empleos, un daño social, una discusión sería el pago de algunas compensaciones para reentrenar y reubicar a los trabajadores que pierden sus plazas.
 
Una segunda fuente podría venir de los incrementos en la productividad y del impuesto a la renta. Los incrementos en la productividad debido a la robotización o la automatización deberían generar un incremento en las utilidades de las empresas, y así generaría un incremento en la recaudación del impuesto sobre la renta de las mismas, lo que en el largo plazo sería una parte de los recursos necesarios para invertir en educación y reentrenamiento.
 
La tercera opción sería que el sector público asuma este costo, y así toda la sociedad pagaría por las externalidades negativas del avance tecnológico. Ninguna de estas tres opciones pareciera ser suficiente de forma aislada para enfrentar el problema, que es mucho más complejo.

La innovación tecnológica genera oportunidades para nuevas fuentes de crecimiento económico y nuevos tipos de empleos, que afectan a la sociedad, a los mercados laborales y a las instituciones. Los beneficios son tangibles, pero también lo es la realidad de que no todos los grupos demográficos o países puedan adaptarse a las nuevas tecnologías a la misma velocidad. El gran desafío de las políticas públicas es desarrollar mecanismos y consensos que no impidan el avance tecnológico en nuestra sociedad y proveer soluciones donde los perdedores en este proceso encuentren una oportunidad para participar de este nuevo orden económico y social.
 
Una eventual compensación cobrada no debería ser tan alta que desincentive el progreso tecnológico, ni tan baja que no permita una transición razonable. Este monto extendería un poco el tiempo necesario para que la sociedad obtenga el retorno deseado por el avance tecnológico a través de la reducción de los gastos de personal. Esta compensación cobrada haría que la inversión en tecnología siga siendo una inversión económicamente atractiva. Los costos de la compensación podrían ser mayormente incorporados en el precio que los consumidores pagarían por el bien o servicio específico en cuya producción se incorporasen los robots o la automatización.
 
Un  gran desafío para los países
 
El nuevo orden mundial que nace con la revolución tecnológica impone a los países un gran desafío de reformular sus sistemas tributarios, de forma que sean simples, neutrales y transparentes; que favorezcan la competencia e incentiven la eficiencia económica y la equidad para un desarrollo sostenible, con un mínimo de distorsiones y el menor costo posible para la sociedad.
 
Las declaraciones de Bill Gates y Lawrence Summers muestran los dos lados de esta discusión de política pública. Quizá ningún de los dos tiene toda la razón. 
 
Por un lado, la posibilidad de cobrar impuestos de los robots y de la automatización debe tener mucho cuidado para no desincentivar el incremento de la productividad.
 
 Por otro lado, cobrar compensaciones monetarias específicas transitorias para desincentivar el bloqueo político-legal del avance tecnológico podría ser algo razonable, sin llegar a imponer impuestos sobre toda robotización. Al final, quien pagaría estos impuestos no serían los robots, y sí nosotros mismos, los ciudadanos y contribuyentes, que tendríamos estos costos adicionales incorporados en los precios de los bienes y servicios que consumimos.
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