¿Crecimiento a la boliviana o a la española?

El actual régimen cambiario le otorgó al país estabilidad frente a la volatilidad externa de la guerra de divisas, pero a su vez es un método que delata los desajustes de Bolivia, ante los cuales es necesario actuar.
domingo, 30 de julio de 2017 · 00:00
Tengo proximidad con España por varios motivos y en más de un sentido pero, fundamentalmente, por el paralelismo económico estructural y de coyuntura que se puede establecer con Bolivia. No son pocas las veces que por esto he hablado ya en distintos foros y escrito en varios medios, pero esta vez no tiene por qué ser diferente si no fuera por las noticias más recientes de la Madre Patria, que son positivas.

Resulta que luego de que el Banco Central Europeo provocara con su sobreexpansión crediticia una de las burbujas inmobiliarias más grandes de todo Occidente hasta 2007, y luego unos niveles de deuda pública por encima del 100% del PIB, un déficit fiscal del 11% del PIB, un desempleo juvenil de más del 50% anual y uno de los movimientos populistas más importantes entre la Unión Europea e Iberoamérica como consecuencia, hoy, con sus ajustes y reformas orientadas en la buena dirección, aunque todavía muy tímidas, España no solamente  ha mejorado su competitividad subiendo del puesto 45 en 2013 al 34 en 2017, sino que, además, con un 3,5% del PIB lidera el crecimiento del 1,7% del PIB de la eurozona, alcanzando niveles previos a la crisis, y sin burbuja.

El paralelo con Bolivia puede establecerse porque el crecimiento de más del 4% del PIB, que es el más elevado de la región, es lo que también permite presumir pero, ¿la composición del crecimiento de uno es comparable a la del otro? Claramente no. En todo caso, podría decirse que hoy Bolivia es muy peligrosamente la España de momentos previos a 2009, cuando luego de reportar un superávit del presupuesto público del 5% en 2007, registró un déficit del 11%, manifestándose así también la bancarrota estructural de las Comunidades Autónomas, que gastaban irresponsablemente sin generar recursos propios para terminar con inacabables propuestas de "pacto fiscal”.

Aunque gradualmente España lo logró con ajuste interno,  es decir, reduciendo el déficit público estructural con la eliminación de una gran cantidad de empleados supernumerarios de la administración pública y políticas orientadas a la productividad y reformas laborales, que de todas maneras han sido demasiado tímidas (aún no se han reducido los impuestos ni la deuda pública externa decididamente), pero fundamentalmente por un incremento de las exportaciones sin recurrir a devaluaciones.

Lo contrario hubiera sido lo que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero propuso con el Plan E, que ahora se pretende replicar en Bolivia y que comparte la inmensa mayoría de economistas convencionales: tomar el camino fácil de continuar con el hiperestímulo de la demanda agregada ad infinitum es decir, mantener la estructura de burbuja y sobrecapacidad con más represión fiscal y financiera, mayor rigidez laboral y productiva y estimulando sectores de baja productividad a costa de los eficientes y con cargo a endeudamiento público externo.

Zapatero finalmente terminó renunciando y adelantando elecciones en 2011, pero el escenario hubiera sido todavía más complejo si acaso hubiera tenido, además, la prerrogativa de utilizar al Banco de España para autofinanciarse devaluando la peseta, es decir, mediante la depreciación del tipo de cambio para solventar todos los desajustes y desequilibrios posibles, añadiendo a la economía considerables dosis de inflación.

Así pues, lo que el euro es a España, el tipo de cambio fijo es a Bolivia: delata los desajustes e incluso maniata la voracidad fiscal gubernamental; se ataron las manos a sí mismos. Incluso podríamos llamarlo un acierto no intencionado porque, además de que el objetivo de adoptar el actual régimen cambiario fue controlar la inflación sin ser el mecanismo ideal para lograrlo, fue lo que realmente otorgó estabilidad frente a la incertidumbre y volatilidad externa de la guerra de divisas.

Por esto, la discusión no debería ser pues devaluar o no, sino cómo y dónde ajustar más temprano que tarde. O, en otras palabras, cuanto más se demoren los deberes del ajuste y reformas graduales, cuánto mayores serán las consecuencias del reventón de una burbuja por una devaluación, y cuánto más largo y doloroso aún será el camino de la recuperación.

Mauricio Ríos García El autor es economista y founding partner de Genea Wealth Management.
 
"Lo que el euro es a España, el tipo de cambio fijo es a Bolivia: delata los desajustes e incluso maniata la voracidad fiscal gubernamental”.