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Medio siglo de Tres tristes tigres

Sobre la obra cumbre de Guillermo Cabrera Infante, un autor prohibido por Batista por obsceno, por Castro por contrarrevolucionario, y por Franco por marxista.
domingo, 16 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
Ricard Bellveser Escritor y periodista (España)

 

A veces la vida imita a la literatura, y viceversa. Una se monta sobre la otra para producir nuevas obras. Las más de las veces, la vida quiere ser literaria y solo de vez en cuando lo consigue.

Este año se cumple el 50 aniversario de la publicación de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929 - Inglaterra, 2005) novela que la editorial Seix Barral acaba de reeditar en una edición razonablemente pulcra, si se tiene en cuenta el trasiego que estas páginas han sufrido, y la entretenida intrahistoria que las acompaña.

Cabrera la escribió, "en cubano” según explicó en numerosas ocasiones, no sin ironía, en referencia a que tomó calcado el habla de la calle, la puso testimonialmente en boca de los tres protagonistas, amigos de las aventuras, que viven inmersos en la atmósfera de la Cuba de Batista, su desplome y el triunfo, en 1959, de los barbudos cubanos de Fidel, revolución con la que el autor simpatizó, aunque como otros tantos, pasado no demasiado tiempo, se sintió atrapado por el desencanto. 

Inicialmente la llamó Vista del amanecer en el trópico, título que luego cambió por el de Ella cantaba boleros, hasta llegar finalmente a TTT, como le gustaba llamar por acrónimo a Tres tristes tigres; pero los anteriores títulos le gustaban tanto que los aprovechó para otras historias. 

En TTT describe La Habana anterior a la revolución, su vida cotidiana, sus prostitutas, la decadencia, la noche, la golfería, la lucha armada que terminó por cambiar las cosas y el gobierno. En 1964 envió la obra a Barcelona, al prestigioso Premio Biblioteca Breve que convocaba la editorial Seix Barral, que ya lo habían ganado Luis Goytisolo, Caballero Bonald, Mario Vargas Llosa y García Hortelano, y que servía de apoyo al boom latinoamericano que comenzaba a hervir. Hay dos boom en el sentido temporal de la etiqueta. El primero lo conformaron la edición en 1939 de El pozo de Juan Carlos Onetti, Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias de 1946 y El túnel de Ernesto Sábato, que conoció la imprenta dos años después, en 1948. El segundo boom vino marcado por libros tan contundentes como Hijo de hombre de Roa Bastos (1959), La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (1962) y el sublime Rayuela de Cortázar (1963). En esta atmósfera hay que entender la novela de Cabrera Infante que se publicó en 1967 el mismo año que Cien años de soledad de García Márquez. 

Tres tristes tigres ganó el premio, pero no superó las pruebas de la censura. Se editó en 1967, reescrita… más bien amputada, con páginas prohibidas y escenas suprimidas que no se repusieron en el libro hasta una fecha tan tardía como 1990, aunque esta es otra historia que habrá que contar en otro momento.

Ahora tiene interés la "novela” que conformó el trajinar de TTT que por imitación de la vida a la literatura, fue la novela de la vida. A los censores cubanos no les pareció lo suficientemente revolucionaria, e incluso al revés, vieron en ella elementos contrarrevolucionarios, por tanto, la prohibieron. La censura española del gobierno del general Franco  la consideró demasiado marxista, y por ello la prohibió.

No dejemos pasar este aspecto: el censor español, en su informe del 10 de abril de 1965, dijo textualmente: "se trata de una serie de narraciones entrecortadas por alusiones a la lucha castrista, victoriosa, y alabada, contra Batista. Lo entrecortado de la narración se explica por una mala imitación de la escuela francesa del nouveau roman. Ahora bien, el contenido de todas esas narraciones es pornográfico a veces, irrespetuoso otras, procaz siempre. Dada la manera como está concebida la narración, no admite tachaduras y habida cuenta de la tendencia marxista esencial en la intención del autor NO DEBE AUTORIZARSE”. Las mayúsculas son suyas.

Ya bastante antes, el gobierno de Batista prohibió a Cabrera Infante la publicación de un cuento por "obsceno”, y por la misma razón, como hemos leído, se persiguió en España. 

Cabrera, cuando empezó a tensar sus relaciones con el gobierno de Fidel Castro, marchó a Bruselas a un cargo peri diplomático. A la muerte de su madre, regreso a La Habana. Una vez allí, le prohibieron salir de la isla y le tuvieron retenido más de cuatro meses. Cuando se pudo zafar fue a Madrid y a Barcelona y al no hallar acomodo suficiente, marchó a Londres, donde continuó el resto de su vida, hasta incluso obtener la nacionalidad británica. En España se le concedió el Premio Cervantes en 1997 y La Habana puso su nombre a una institución pública, cosa a la que Cabrera se negó, porque nunca quiso regresar allí donde se sentía un infante difunto.

Chocante recorrido, prohibido por todos, los unos y los otros, en un extremo y en el otro, por marxista y por contrarrevolucionario, por obsceno, por excesivamente laico y decididamente antimilitarista como si, en opinión de los censores, no hubiera sitio en la tierra ni en los libros para él.