Memoria nómada

Identidad cultural y fiesta: el altiplano y su “sincretismo” religioso

En las prácticas culturales de origen indígena hay un sustrato que se vincula con la construcción de identidad. Este aspecto se refleja en las fiestas populares.
Identidad cultural y fiesta: el altiplano y su “sincretismo” religioso
Identidad cultural y fiesta: el altiplano y su “sincretismo” religioso
domingo, 15 de abril de 2018 · 00:00

Cleverth Carlos Cárdenas Plaza  Candidato a doctor en estudios culturales latinoame-ricanos

Investigando en el altiplano es posible encontrarse con hechos inesperados como que las capillas más importantes fueron hechas con el apoyo económico de los caciques indígenas de cada región. Un ejemplo claro es la Iglesia de Caquiaviri, la que exhibe algunas de las pinturas religiosas más bellas de la Colonia. En ella se celebran actos devocionales a San Antonio Abad y actos festivos que congregan a una gran cantidad de devotos. En otras ocasiones, los mismos caciques, aparecen representados en las pinturas que sobreviven en esas iglesias, por ejemplo, en el baptisterio de Carabuco está representado el cacique Siñani. Más allá del monumento religioso y más allá de los actos devocionales que se celebran cabe la pregunta: ¿Cuán fuertes debieron ser las ritualidades y sus deidades de esas regiones para que se la reemplace por algo tan elaborado, rico y bello? Advierto que ni siquiera me referí a Copacabana.


Como señala Josep Barnadas (1993), en un bello texto sobre las idolatrías en Charcas, tanto caciques como demás población indígena pusieron de sus propias arcas para la consolidación de actos devocionales. No sólo hicieron los monumentos religiosos, diseñaron las rutas de los calvarios de cada población, también organizaron festividades en honor a los diferentes santos en las que se les rendía devoción con danzas indígenas y bailes populares. Probablemente, la actual festividad de Carabuco, en La Paz, que es dedicada a La Cruz, es un buen ejemplo de una religiosidad ecléctica.


Quizá a consecuencia del pacto de reciprocidad, tanto iglesia como Estado colonial, intervinieron leve y contradictoriamente en los actos devocionales de las poblaciones indígenas. Podríamos advertir que los actores de la dominación se relacionaron de modos diferentes, en muchos sentidos contradictorios con los dominados. Las poblaciones indígenas tampoco tuvieron una actitud pasiva, incluso frente a las condiciones de dominación más explícitas fueron capaces de negociar, resistir para salvar lo esencial de sus prácticas culturales. Como decía uno de mis profesores, Santiago Castro-Gómez, los dispositivos de control colonial y la vigencia de la colonialidad tuvieron modos diferentes de activarse y relacionarse mutuamente en los distintos momentos y contextos geográficos de Latinoamérica.


Lo verdaderamente importante es reconocer que en las prácticas culturales de origen indígena hay un sustrato que se vincula con la construcción de identidad. Por eso, quisiera llamar la atención sobre el sustrato identitario que se vincula a los ritos agrícolas que son el principio motor de las festividades religiosas rurales. Es importante tener presente que alrededor de diferentes festividades está visible, además, la necesidad de sobrevivencia. En el contexto rural es de suma importancia el medioambiente, el cosmos y todo lo que ayude a garantizar las cosechas. Por eso las fiestas rurales se vinculan con los ritos a las deidades locales que ayudan al agricultor. Como dice Hans van Der Berg: es que la tierra no da así nomás. 


Aún hoy el uso de símbolos religiosos, provenientes del catolicismo, es muy recurrente y se volvió en un lugar común cuando se trata de fiestas religiosas e indígenas. Las descripciones siempre argumentan que la suplantación fue usada como estrategia de sobrevivencia, particularmente no creo en esa visión idílica sobre la religiosidad andina, pienso que sus procesos fueron mucho más complejos. Por ahora, sólo referiré que alrededor de las fiestas populares se entreteje un entramado de relaciones sociales que posibilita la generación de adscripción. Fue interesante verificar que la estrategia de las poblaciones indígena-campesinas fue disfrazar de sincretismo sus propias tradiciones. Eso, les permitió seguir reproduciendo sus mitos con un disfraz aceptado por el Estado y por la iglesia, a tiempo, de aceptar las grandes transformaciones que les correspondía atestiguar en su momento. 


Un ejemplo concreto, es la fiesta de la Cruz, que se celebra el 15 de mayo, según Hans Van Der Berg representa el fin de la temporada de la cosecha y la espera de las primeras heladas. De hecho es en ese momento donde las poblaciones comienza la elaboración del chuño. Es innegable el vínculo tan estrecho entre esta festividad católica con el ciclo agrícola de las poblaciones indígenas. La fiesta de la Cruz es una de las festividades más populares el área rural, en toda el área circunlacustre se la acompaña con festivales de danzas y grandes celebraciones. Los grupos de música abundan en composiciones a la fecha, la fiesta y los amores perdidos. 


San Juan, que se celebra el 24 de junio, se trata de otro ejemplo relevante, es la fiesta donde los pobladores rurales realizan observaciones de la naturaleza, Hans Van Der Berg, en La tierra no da así nomás (1989), señala que “Muy temprano en la mañana observan si las piedras están humedecidas con rocío, porque esto significa un buen año, y lo contrario un mal año. En la víspera los aymaras hacen fogatas…” Si al día siguiente el humo queda cerca de la tierra, el año será bueno, pero si se dispersa en el aire, el año será malo. En la actualidad, el 24 de junio todavía las poblaciones indígenas del altiplano cumplen con el rito, mientras los de la población urbana comemos salchichas; sin embargo, es interesante verificar que hay un sustrato de memoria rural en la misma memoria urbana. 


Por otro lado, en el área urbana se realizan grandes celebraciones como las festividades religiosas, cada una con su santo devocional como el Gran Poder y el mismo Carnaval de Oruro que se realiza en honor a la virgen del socavón. Que si bien no parecen tener un vínculo con las celebraciones agrícolas, logran hacer lo que el Estado negó a sus gestores: generar adscripción identitaria.

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