Genio y figura

Pepe Ballón: gestor del arte y cultor de la solidaridad

El fundador de la Galería de Arte, Artesanía y Folklore Naira, luego peña, fue gráfico e imprentero, entre otros oficios. Salazar rememora su calidez humana.
Pepe Ballón: gestor del arte y cultor de la solidaridad
Ilustración: Marcos Loayza
Pepe Ballón: gestor del arte y cultor de la solidaridad
Ilustración: Marcos Loayza
domingo, 15 de abril de 2018 · 00:00

Juan Carlos Salazar del Barrio Periodista

Su imagen era inconfundible. Con su gorrita de cuero tipo Lenin, el chal de vicuña sobre los hombros y el pitillo entre los dedos, atravesaba el atrio de San Andrés, moviéndose a gusto entre los estudiantes, cosechando saludos de gil y mil. Era conocido de todos y por todos. Delgado, casi menudo, caminaba a pasitos cortos y acompasados, siempre con un paquete bajo el brazo, nadie sabe si de libros o documentos. O proyectos. Porque, eso sí, Pepe Ballón siempre se traía algo entre las manos.


Nació en La Paz hace un siglo, el 23 de julio de 1918. Sus padres lo bautizaron con los nombres de Luis Alberto. ¿Luis Alberto? Nadie lo sabía. Su filiación del carnet le servía para pasar desapercibido.

Todos lo conocían por “Pepe” a secas. Si acaso, por “Don Pepe”. Hijo de gráfico, nació gráfico y vivió entre libros y galeras. Pertenecía a la misma estirpe del anarquista tupiceño Liber Forti, el noble linaje de los imprenteros, por cuyas venas, según se dice, en lugar de sangre, corre tinta. 


   Militó en la izquierda desde siempre, primero en el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) y después en el Comunista, que lo contó entre sus fundadores, pero en realidad era un espíritu libre, un militante de la solidaridad, como todo libertario. Bertolt Brecht decía que se sabe que una persona es buena cuando al conocerla resulta mejor de lo que parece. Pepe tenía fama de buena gente, pero era mejor que su propia fama.


Era tierno y sensible. Como dijo Cristina Trigo, la compañera de Marcelo Quiroga Santa Cruz, “resultaba difícil no quererlo”. El pintor Luis Zilveti lo define en dos palabras: generoso y solidario; el periodista Eduardo Ascarrunz, como “el más anónimo de los héroes de la resistencia” en tiempos de dictadura.


 Pepe encontró el amor al oficio y a los libros en el negocio su padre, la Imprenta Amauta, donde adquirió el “espíritu de la tinta y el papel”, en palabras del escritor Alfonso Gumucio. Fundó y administró varias empresas, como la Editorial BuriBall, que formó con el editor Ernesto Burillo, y la que dirigió con la pasión de un amante, la Imprenta Universitaria de San Andrés. Durante su exilio de doce años en Caracas, trabajó en la Galería del Libro.


Fue el oficio el que le dio la oportunidad de convertirse en el primer promotor del arte, la artesanía y el folklore de Bolivia, cuando dirigía la Imprenta de la Papeleta Valorada, ubicada en la calle Sagárnaga.

Pepe aprovechó la mudanza de la empresa a otro barrio para alquilar el local desocupado y hacer realidad un proyecto que acariciaba desde su juventud. Lo hizo en complicidad del pintor Jorge Carrasco Núñez del Prado. 


“Así nació la Galería de Arte, Artesanía y Folklore Naira, una iniciativa personal, sin ningún afán comercial ni de lucro, cuando nadie promovía las artesanías ni el folklore en Bolivia”, recuerda su hija Leni. Una foto de la época muestra a los fundadores el día de la inauguración, el 21 de enero de 1965, rodeados de la crema y nata del arte boliviano, con Luis Zilveti, Enrique Arnal, Alfredo La Placa, María Esther Ballivián, Agnés y Gil Imaná, entre otros. 


Un año después se fundó la peña folklórica, la primera de Bolivia, a sugerencia del quenista suizo Gilbert Favre, el “Gringo bandolero”, quien había llegado a La Paz, procedente de Santiago, donde conoció la experiencia de “La Carpa de la Reina”, la peña de Violeta Parra, su compañera sentimental.

Músico excepcional, enamorado de Bolivia, Gilbert vivía en Naira, en un cuartito ubicado en la parte trasera de la galería. Allí recibió a Violeta cuando vino a “reconquistarlo” desde Chile. 


En Naira nació el grupo “Los Jairas”, con Ernesto Cavour, Julio Godoy, Edgar Yayo Joffré y el propio Favre. La peña también abrió sus puertas al guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez, quien formó un trío con Favre y Cavour.  Con “Los Jairas” y el trío de Domínguez surgió el llamado “neofolklore” boliviano.   


Hay quien sostiene que Violeta compuso Gracias a la vida en Naira. Leni dice que si no la compuso, le dio los últimos retoques, tras su reconciliación con Gilbert. Tampoco Pepe lo sabía a ciencia cierta.

“Violeta era una mujer muy caótica”, me dijo alguna vez. Lo que sí es cierto es que la estrenó en Naira. Gilbert y Violeta vivieron varios meses en la galería, pero nunca lograron recomponer su relación. El suizo le reprochaba su carácter posesivo y autoritario.


Muy pronto Naira se convirtió en el centro cultural más importantes de La Paz. Ganó fama como punto de encuentro de la intelectualidad de izquierda y supuesto foco de todas las conspiraciones revolucionarias de la época. ¿Es cierto que el Che Guevara estuvo una noche en Naira?, le pregunté a Pepe en una ocasión. “Si estuvo, no lo reconocí”, respondió, lacónico. Y si lo reconoció –pensé-, no lo diría, porque si algo caracterizaba a Pepe era su enorme discreción. 


Tampoco existe constancia de su supuesta militancia guerrillera, aunque Leni cree que ayudó de algún modo al movimiento. El nombre de Pepe figuraba en una libreta del Che como colaborador. Lo mencionaba como “José”, por Pepe: “José Ballón, litógrafo, Jefe de Talleres Gráficos de la UMSA”. La anotación le costó a Pepe días de cárcel y tortura.  


El periodista Antonio Miranda recuerda el día que lo encontró en una mazmorra de la policía política, tras la muerte del Che. Aterido de frío, alargó la mano en plena oscuridad hasta dar con un bulto, un preso acurrucado en el piso, quien, en voz baja, le dijo: “Hola, amigo. Apéguese para compartir la manta”. Era Pepe y le ofrecía lo único que tenía.   


Ayudar y compartir era su afán. Y lo hacía silenciosamente, con la discreción de quien teme ofender o importunar al necesitado. Modesto y recatado, huía de los reflectores, incluso cuando su talento le regalaba algún título de ajedrez, su otra pasión. En Naira servía personalmente el vino y la pasankalla al público asistente y dejaba que sus artistas se llevaran los reconocimientos.


Los pintores Gustavo Lara y Agnés Ovando rescataron en sendos retratos toda su calidez humana, la bondad de su mirada clara y la dulzura de la expresión de su rostro. Tal como era, transparente.

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