Música

Joan Baez y el adiós a los escenarios

Pablo Mendieta perfila la carrera de la cantante y activista estadounidense, quien inmortalizó su música en más de 30 álbumes.
Joan Baez y el adiós a los escenarios
Joan Baez y el adiós a los escenarios
domingo, 29 de abril de 2018 · 00:00

Pablo Mendieta Músico

Tras el lanzamiento de su último álbum, Whistle Down the Wind (una producción que combina canciones folk y country en las que, según sus palabras, se evoca todo un compromiso de vida artística); y luego de culminar una extensa gira, Fare The Well (Adiós y pórtense bien), la mítica compositora y cantante de protesta estadunidense Joan Baez, de 77 años, militante, activista e ícono de los derechos civiles y la justicia social, ha decidido alejarse este año de los reflectores y de las multitudes tras conquistar a medio mundo desde su memorable presentación, en 1958, en el festival de Newport.


          Fue en aquel escenario de Rhode Island que, acompañada solo por su guitarra acústica, modalidad que como sello artístico caracterizaría toda su dilatada carrera, interpretó dos piezas del género góspel ataviada con una túnica blanca, “como una vestal de voz cristalina y virginal”, feliz frase de un crítico de la época que retrató así a la entonces joven neoyorkina de 17 años, cuya voz, de aquella “cristalina y virginal” maduraría a una de timbre terso, plena de pureza, color y  potencia en su emisión que, en fin, habría de conquistar a un público de millones.


          Sería aquel el principio de una formidable y fecunda trayectoria artística, abanderada luego, precisamente por ese público de millones, que supo conciliar el canto y la ideología, impulsados ambos por un espíritu de lucha consagrada, como ya se ha mencionado, al respeto de los derechos del hombre y la mujer, y a la igualdad social. Afirmaría un cronista que como convincente prueba de ello, Joan Baez evidenció la íntima firmeza de propósitos marchando al lado de Martin Luther King, o (en cálida metáfora) batiéndose en lucha contra la guerra de Vietnam al esgrimir su guitarra como arma contundente.    


          Y no solo contra la guerra de Vietnam. Su voz de protesta se amplificó en todas direcciones: o bien en dura condena por una  justicia y sistema norteamericanos intolerantes, represivos y aniquiladores, tal como así, con esa oscura óptica condenaron a la muerte en la silla eléctrica a los inmigrantes italianos Sacco y Vanzetti, a raíz de cuyo episodio volaba esa voz sentida, pero timbrada hacia el cambio en Here´s to you, Nicola and Bart (La balada de Sacco y Vanzetti); o bien aumentando el volumen al interpretar Le déserteur (El desertor), de Boris Vian, una ácida, pero conmovedora desaprobación de un hombre en marchar al frente de batalla.


          Aunque la producción de Joan Baez es ubérrima, con títulos sugerentes de intimismo y espiritualidad, juzga ella que “hay solo una canción en lo más alto de su cesta de creaciones: Diamonds and Rust (Diamantes y herrumbre)”, cuya idea tomó forma en la grabación de un disco editado en 1975, luego de la ruptura de una relación de dos años con Bob Dylan. 


Es notorio que en esta balada su voz, naturalmente diáfana y sostenida por un vibrato mesurado, no es la misma; trasciende y se transforma en una de dicción fluida, sensible y entonación reposada, como si por el fin de esa oscilante ligazón sentimental hubiera recobrado una paz antigua. 


En el mundo afectivo de Joan Baez cabe puntualizar, muy a propósito, y deshojando enigmas, el revuelo que originó su vínculo pasional con Steve Jobs, el cofundador de Apple Computer, una relación ciertamente paradojal por la disimilitud de sus inclinaciones ideológicas; pero que, no obstante, cobró extrema repercusión ante un supuesto ofrecimiento de matrimonio de parte del acaudalado empresario.


          Hija de un mexicano oriundo de Puebla, Joan Baez, orgullosa y embebida de la sangre latina que fluye por sus venas, buscó la intelección de sus raíces en la música de la extensa y variada geografía comprendida entre el Río Bravo y Río Grande (Tierra del Fuego). Fue así que grabó álbumes completos con títulos entrañables de diversos autores: Gracias a la vida, Guantanamera, La llorona, El preso número nueve, Te recuerdo Amanda,  Cucurrucucú Paloma, Sube a nacer conmigo, hermano, entre otros. Prendieron en su pecho, como fuego abrazador, el sentimiento e idiosincrasia de los pueblos latinoamericanos, de un propio y universal pueblo que de la mano de Mercedes Sosa, de Los Jaivas y Pablo Neruda, de los Hermanos Cantoral, de Víctor Jara, y otros grandes, se adhirió a Joan Baez en irreductible identidad.


          Tal fue la asimilación de esas raíces, de sus raíces, que difundió el arte latinoamericano en todo escenario posible, sin que hallara impedimento en su propósito de dar a conocer la música de sus venas, como sin duda puede ella conceptuarla. Lo hizo en Woodstock como en Checoslovaquia, en Sarajevo como en Sing Sing. 


En esta prisión estadunidense fue el productor Harry Wiland quien, en 1973, financió un programa recreativo para los internos en el que participaron ella, B.B. King, Jimmy Walker, Voices of East Harlem, y otras estrellas. La canción más aplaudida, según comentaron los propios artistas, fue la que interpretó Joan Baez haciendo dúo con su hermana Mimi Fariña: Viva mi patria Bolivia, del compositor boliviano  Apolinar Camacho.  


          Después de inmortalizar más de 30 álbumes, cerca de 60 años de canciones, y ya anunciada su decisión de retirarse del decorado y atmósfera de su arte, sin duda que Joan Baez, la compositora y cantante de voz sublime, de limpios agudos, interpretará con melancolía la canción del legendario y soberbio Tom Waits, incluida en su último album Whistle Down the Wind,  I can´t stay here and I´m scared to leave (No puedo quedarme aquí y tengo miedo de partir)... Adiós a los escenarios, Joan Baez.

 

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