Sombras nada más

Muñoz Quirós en la transparente herida

El autor reseña La espina de la nieve, una antología personal del poeta castellano José María Muñoz Quirós.
Muñoz Quirós en la transparente herida
Muñoz Quirós en la transparente herida
domingo, 29 de abril de 2018 · 00:02

Gabriel Chávez Casazola Escritor

Hasta hace muy poco tiempo no se publicaba a poetas internacionales en Bolivia, factor determinante para que no se los leyera, considerando al mismo tiempo que a nuestras librerías no llegan los principales sellos que editan poesía en Iberoamérica. 


A lo mucho, los lectores más interesados podíamos descubrir a poetas de distintas latitudes de manera fragmentaria, en la red, o bien en libros comprados en otros países. Es más, a bastantes poetas contemporáneos hoy imprescindibles en nuestra lengua –para no hablar de otros idiomas– ni se los leía ni se los conocía, incluso entre los frecuentadores y cultores del género. 


No es que haya dejado de ser así (tal vez debería escribir en tiempo presente y no en pasado), pero al menos ha comenzado a romperse esa insularidad, editorial y también creativa, como parte de un proceso más amplio de apertura de la literatura boliviana. 


De hecho, impulsar que nuestra poesía forme parte de esa “puesta en diálogo” y se conecte con otras tradiciones y vitalidades poéticas, ha sido desde hace una década, y por supuesto lo sigue siendo, un empeño personal de quien esto firma, junto a otros poetas amigos, que celebramos ahora –aunque aún quede mucho camino por delante– que algunas editoriales nacionales hayan sido sensibles a esta provocación y comenzado a publicar a voces relevantes de la poesía actual de diferentes naciones.

 Ahí están, en esa labor, la colección Agua Ardiente de Plural Editores, la colección de traducciones de La Mariposa Mundial y algunos títulos editados por La Hoguera, Kipus y 3600, sello que ha dado a luz hace algunos meses al poemario que quisiera destacar hoy.


Se trata de La espina de la nieve (La Paz, Ed. 3600, 2017), una antología personal del poeta castellano –abulense, como Teresa, para ser más precisos– José María Muñoz Quirós (1957), quien en esta exquisita selección reúne poemas de sus 17 libros publicados hasta el pasado año, desde Ritual de los espejos (1991) hasta Para volver al sur (2017), pasando por algunos títulos que creo esenciales de su producción como Dibujo de la luz (1998), Celada de piedra (2005), El rostro de la niebla (2009), El temblor de las libélulas (2011), Las palabras distraídas (2014), Femenino singular (2015) o El vendedor de escarcha (2017).


“Sólo quiero la luz: / estar atento / a cada amanecer, vivir / despacio frente a la claridad / que nos deja un destello / inequívoco y frágil. / Beber el fruto / de las cosas primeras, / sólo el fruto. / Despertar y / como un recién nacido / imaginar la vida / estrenada y distinta”, escribe en los primeros versos de un poema, El despertar, que es toda una síntesis de su poética.  Muñoz Quirós es un deslumbrado. Poeta del día, de la claridad y del asombro –hasta su erotismo es diáfano– observa con ojos siempre niños las cosas creadas bajo el sol, que así son siempre nuevas. Sin embargo, la suya no es una mirada ingenua sino contemplativa, en la que el tiempo y la memoria, como prismas que se superponen a la inocencia primordial, añaden densidad reflexiva a las revelaciones iniciales que encuentra, sobre todo, en la naturaleza y el paisaje.  


Pero, además de contemplativo, Muñoz Quirós es un poeta vitalista, una suerte de místico de los sentidos, felizmente preservado de la ascesis, que come y bebe de los frutos de la tierra “para avivar la sed que no se sacia nunca”, sabiendo que son capaces de consolarnos de la desazón, de la soledad y de la finitud inevitables. Así, es capaz de ver en el sarmiento ya reseco que “la vid fue en el mosto dulce brisa / que ha navegado por las primaveras”; o, pensando en Kavafis, reivindicar que el gozo del instante nos distrae de que “la vida es muerte”, que “la prisión de un labio amado” puede llegar a ser la libertad frente a esa certidumbre.  


Mención aparte merece la inusual –por la frecuencia y por los abordajes– presencia de lo femenino en su poesía: la madre que “siempre estaba en el exacto lugar de la ternura”, la abuela “recordando el vivir hondo y perdido”, la amada que tiende la ropa oteada por el sol; pero también Marina Tsvetáieva, Zenobia Camprubí, Ana Ajmátova, Rosalía de Castro, Silvia Plath, Teresa de Jesús, la Venus del espejo y una desnuda Marilyn que vierte “con desdén secreto / dos gotas de Chanel sobre su cuello”. 


Una lectura atenta nos revela, además, la plena y antigua conciencia de la tensión entre inocencia e inteligencia, entre la gravitación de lo recordado y retornado –“vuelve el tiempo /a dormirse en las piedras, quejumbroso, / vuelve el agua del río, vuelve / el musgo pegado en cada roca; vamos hacia el borde de las cosas / heridas”–, y la inquietante fugacidad del presente y de lo real –“la vida no te da su mano dos veces; no atrapo el tiempo porque vuela y huye, / es distante y amargo como el oro”–, con la que se ha ido hilvanando la poesía de este autor a lo largo del cuarto de siglo de escritura recogido en La espina de la nieve.


El título escogido para esta antología es símbolo de esa pureza y ese deslumbramiento, capaces de maravillar y al mismo tiempo herir (con transparente herida), que hacen al poeta ser lo que es: una contradicción viva; o, en palabras de José María Muñoz Quirós, “un ave que se esconde entre las ramas” y a la vez “un cazador furtivo en descampado”; un sabio “vendedor de escarcha” –inusual símil– siempre con un misterio para entregar; un vigilante celador celado, que no debe dejar que la luz, su luz, se le derrame; pero a la par un recién despertado a las cosas primeras, “con el pecho / transparente y desnudo / del cristal, con / el caudal de un río / derramado / en los brazos del tiempo”; alguien capaz de escribir que:


La “sorpresa del ojo encuentra la rutina / de lo que nunca has visto, de la fuerza / interminable del sendero. Soy como tú / un eterno vestigio de la nieve, la enfermedad / del náufrago, el reino de lo frágil, / desnudo corazón de barro y bruma” que no encuentra descanso “en los umbrales donde vive / la insobornable voz” de las palabras.